Sensaciones, ideas y fantasías

jueves, 29 de mayo de 2008

Elogio de las bibliotecas populares

Sólo hay un lugar equiparable en fascinación a las bibliotecas populares, los mercadillos de libros, como este de Buenos Aires.


Termino de leer M/T y la historia de las maravillas del bosque, novela de Kenzaburo Oé escrita hacia 1985, considerando la fecha del copyright.

Es un libro maravilloso, sobre todo en su sentido literario, porque habla de leyendas, de mitos y de la historia de una aldea escondida en las montañas de una isla japonesa. Escrita en primera persona, evoca las historias que el autor escuchó de su abuela y de los ancianos del lugar siendo niño. Lo hace de un modo singular, engarzando sin artificio alguno la realidad doméstica del pueblo y sus habitantes en la época en la que el niño fue almacenando las historias (los años finales de la Segunda Guerra Mundial y los posteriores) con la realidad legendaria. La maestría de la narración (y de la traducción, de Ricardo Ogata) hace que los acontecimientos no pertenezcan a un pasado remoto sino a uno tan reciente que podría haber correspondido a la niñez de los abuelos de Kenzaburo Oé.

Pero la novela no es una recopilación de leyendas. Es el relato de la historia de la aldea sin solución de continuidad (esto es una redundancia, pero la empleo a conciencia), y el propio relato va desvelando el sentido de la vida de aquellas personas, campesinos incultos y algo asilvestrados, pero que emplearon un grancelo en conservar su independencia, y hasta se enfrentaron al ejército imperial japonés con valentía e ingenio. Unos campesinos y apicultores con una filosofía de la vida extraordinariamente sabia e ingeniosa, lúcidos hasta el extremo de que fueron capaces de comerciar con Alemania y Francia (esto es algo que queda flotando entre la realidad real y la realidad inventada o legendaria).

A medida que avanza la narración, el sentido de la existencia de los aldeanos va quedando al descubierto. Y el desenlace afecta al autor y a su familia de un modo sorprendente y, una vez más, maravilloso, ahora en su sentido cualitativo y estético.

Hace años leí de Kenzaburo Oé Arrancad las semillas, fusilad a los niños, una novela tremenda en todos los sentidos. La visión de los japoneses que tiene Kenzaburo Oé es muy distante de la que ofrece Haruki Murakami, y sin embargo hay algo en común entre ellos, una visión del mundo y de la humanidad muy poco occidental. Esto también es una redundancia, pero la subrayo porque la visión que recibimos de Japón de los propios japoneses a través de los dibujos animados, de las películas de monstruos y de catástrofes, y de algunas perspectivas de artistas occidentales aunque refleja una concepción muy propia, no deja de estar fabricada para consumo de no japoneses. Es algo así como las películas de bandoleros y majas con cuchillo en la liga que se produjeron en España, daban una impresión del "alma española", pero adaptada a los tópicos creados por los románticos franceses y los viajeros ingleses del siglo XIX que no se enteraron de mucho de lo que vieron o que miraron a través de sus lentes anglosajonas.

El título de la entrada viene a cuento porque este libro de Kenzaburo Oé lo he sacado de la biblioteca del pueblo.

Las bibliotecas populares no son un tema muy frecuente en los medios de comunicación y en las conversaciones de las personas, pero tienen una vitalidad muy superior a la de otros escenarios y vehículos de cultura. El tráfago de libros, de DVDs de CDs, de revistas y periódicos es enorme. Me figuro que habrá estadísticas sobre el asunto, y seguramente serían sorprendentes y reveladoras.

Las bibliotecas públicas populares son uno de los logros más importantes de la democracia española, aunque no se deben a ella. Sí su proliferación y popularización, pero no su existencia. En mi niñez había un servicio de bibliobús que cada semana aparecía por mi barrio madrileño, y hacía un recorrido por todas las zonas de la ciudad. Creo que pertenecía al ayuntamiento, y proporcionaba lectura a multitud de gentes. También recuerdo en mi barrio de la Concepción una biblioteca sostenida por la Caixa de Barcelona, donde los jovencitos solíamos ir a ligar, pero donde entrábamos en contacto con los libros, a pesar de todo.

Cualquier dinero empleado en bibliotecas es apreciable. Así como el trabajo de los bibliotecarios que las atienden, unos de los pocos funcionarios a los que se puede atribuir el calificativo de abnegados. Las bibliotecas públicas no sólo son un refugio, son una cueva de Aladino, son una puerta abierta al macrocosmos y a cualquiera de los microcosmos en los que pululamos o que nos atraviesan sin que nos enteremos.

Benditas y alabadas sean por siempre las bibliotecas públicas populares.

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