Sensaciones, ideas y fantasías

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El Juego de los Abalorios

Hará cosa de veinte años leí la última novela publicada por Hermann Hesse (creo que en 1946), El Juego de los Abalorios. Fue una experiencia intensa, sobrecogedora, indeleble. La paradoja es que al volverla a leer hoy apenas reconocía las huellas que dejó, es decir, era como si no las hubiera dejado. ¡Pero lo hizo! ¿Entonces? ¡Se habían borrado!

He aquí una explicación plausible: yo he cambiado tanto mi forma de mirar y de ver el mundo, que aquello que aprendí cuando pensaba tan distintamente se ha desencajado.

El Juego de los Abalorios me fue recomendada por un amigo de la infancia que se había hecho cura. Quería compartir conmigo una formidable revelación. Me pregunto qué sentiría hoy mi amigo si releyera la novela, cómo se habrá moldeado El juego de los Abalorios en su memoria.

Cambiar de prisma moral produce unos curiosos efectos. Hay cosas que uno aprendió cuando veía el mundo de otro modo, cosas medulares en el pensamiento que le dominaba a uno, que chocan de frente con el nuevo punto de vista. El segundo se impone sobre el primero, y santas pascuas. Sin embargo también hay cosas importantes que uno aprendió antaño, pero que no tenían nada que ver con el pensamiento dominante. Al cambiar de punto de vista, hogaño, estas cosas no chocan con nada, puede que hasta se amolden mejor. Pero están disueltas, han perdido consistencia debido al roce que han mantenido durante años con un pensamiento muy ajeno a ellas.

Exactamente eso es lo que me ha pasado con El Juego de los Abalorios. La impronta dejada no resistió el efecto disolvente de una forma escéptica, casi cínica de observar y de ver el mundo, y fue diluyéndose.

Creo que he llegado a tiempo de rescatar mucho de aquella impronta.

La primera mitad del siglo XX fue una época folletinesca para el anónimo autor (en la ficción) de El Juego de los Abalorios. Así es como veía su tiempo Hermann Hesse, y lo retrató con precisión implacable.

La “música del ocaso”, dice, vibró durante decenios cual bajo un órgano amenazador, corrió como reguero de corrupción por escuelas, revistas y academias, y fluyó como manía melancólica y epidemia de sensibilidad entre los artistas y críticos de la época e hizo estragos en las artes bajo la forma de un furibundo exceso de producción por parte de los simples aficionados. Si una mente lúcida veía el mundo así en 1940, ¿qué reacción habría tenido de vivir en la presente?

Describe también Hesse la postura cínica que surgía ante la decadencia.

Seguir la danza y declarar anticuada bobería cualquier preocupación por el porvenir, cantar impresionantes folletines acerca del próximo fin del arte, de la ciencia, del idioma, entronizar una total desmoralización del espíritu y una inflación de los conceptos en aquel folletinesco mundo autoedificado de papel, sin otro móvil que una especie de placer suicida y proceder como si se asistiera con descarada indiferencia o desenfreno báquico al hundimiento no sólo del arte del espíritu, de la ética y de la probidad, sino también de Europa y del mundo.

Si cambiamos la referencia al mundo autoedificado de papel por la de un mundo autoedificado por los medios audiovisuales, la descripción de Hesse de 1940 sigue vigente.

Cabe preguntarse cómo es la decadencia tan larga, y sobre todo cuánto dura la conciencia que se tiene de ella, sin haber producido el menor efecto terapéutico.

Será que las interpretaciones de la realidad no se convierten siempre en acción. El mundo de hoy, tecnificado, digitalizado, globalizado y todo eso no reacciona al pensamiento por brillante e imaginativo que sea, y hace como una pantalla flexible y bien tirante en un bastidor: por mucho que la empujemos y queramos darle forma, en cuanto retiramos la mano de ella, regresa a su tensa tersura.

El Juego de los Abalorios comienza como la biografía de un individuo notable del año dos mil y pico, cuando el mundo había dejado de ser folletinesco, según aventuradas previsiones de Hesse. Se guarda mucho éste de describir las circunstancias de ese nuevo mundo, primero porque no es amigo de descripciones innecesarias, así como porque quiere evitarse el riesgo de quedar en ridículo si su novela se leyera en el año 2200, por ejemplo, pero sobre todo porque lo que le importa es la vida interior del protagonista, José Knecht. Algo menos de la mitad de la novela es un relato de la formación de Knecht, desde su ingreso en la Orden Castalia de los intelectualizados jugadores de abalorios, hasta su debido y planificado ingreso en la elite dirigente de esa orden, tras haber sido puesto a prueba.

Y es a partir del encuentro de Knecht con el prior benedictino Jacobo, cuando los conflictos empiezan a emerger. Conflictos apoteósicos.

Lo iremos viendo.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Los amigos del céremin

Estado en el que me quedé tras el concierto

Mi mujer y yo hemos acudido al Parinfo de la Universidad Politécnica de Valencia, atraídos por el reclamo de un Concert de Theremin. Yo me dejo llevar. Pienso que quizá sea un homenaje a las víctimas del campo de concentración de Teresin, en Eslovaquia. En la sala descubro que Theremin es un instrumento musical de diferentes aspectos: una caja negra con una antena vertical y otra horizontal en forma de circunferencia, o un objeto de madera que parece la caja de resonancia de un laúd, con los mismos aditamentos, pero sin asta.
En el programa se anuncian once piezas de diferentes compositores, Gabriel Fauré, Felix Mendelssohn, Maurice Ravel, Chaikovski, Massenet y otros. En el centro del escenario un enorme piano de cola nos recibe. La sala se llena a rebosar, unas doscientas personas, la mayoría estudiantes y familiares de estudiantes. Hay cuatro intérpretes, dos pianistas y dos cereministas.
Una joven ataviada de negro-concierto nos da las gracias por nuestra presencia (es gratis, afortunadamente, enseguida veremos por qué es una suerte no haber pagado) y pronuncia Theremin como céremin. No dice más. Yo me figuro que debe ser un instrumento recién inventado, experimental, porque el concierto lo patrocina la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicaciones. Estos telecos valencianos están locos por la tecnología, así que igual acaban de crear un instrumento nuevo, me digo. Craso error.
Empieza el concierto. El pianista ejerce de tal. El cereminista se sienta en una banqueta frente al instrumento, levanta la mano derecha, junta los dedos, pega la mano al pecho, frunce los labios, pone los ojos en blanco, le hace un gesto con la cabeza a su compañero y empieza a sonar Après un rêve, de Gabriel Fauré. La melodía se reconoce en el piano, pero en el céremin lo que suena es un violín o un chelo mal afinados. Observo las manos del intérprete, y me pasma que no toque ninguna de las dos antenas. Sólo cierra y abre la mano como si sostuviera un asta virtual y presionara con la punta de los dedos cuerdas invisibles.
En la siguiente pieza aparecen un nuevo pianista y un nuevo cereminista. El piano sigue sonando como un piano, y el céremin continua desafinando.
El resto del concert será igual. Cuando las composiciones obligan al virtuosismo del violín para el que fueron escritas, el céremin desafina cada vez más. Aquello es un gato viudo, moribundo o atormentado por causas felinas.
El público, sin embargo, guarda un respetuoso silencio. La única explicación que me doy es que, al ser familiares, amigos y compañeros de los intérpretes, se sienten inclinados a la generosidad más extemporánea. Incluso aplauden, sin entusiasmo, es verdad, al finalizar las piezas. Además, es gratis. Es de mala educación protestar cuando te han invitado a un evento. Mi mujer y yo deseamos levantarnos e irnos, pero nos contiene la idea de llamar la atención, porque nadie se mueve de su butaca, a pesar del concierto gatuno.
Observo de refilón a mi vecino de la izquierda, y le veo mover los dedos de una mano como el intérprete del céremin. Parece saber del tema. Al acabar la pieza, le pregunto si la calidad del sonido se debe a un defecto del instrumento o a la pericia del intérprete. Me dice que, en condiciones óptimas, el céremin tiene que sonar igual que un violín. Me muerdo la lengua para no preguntarle por la necesidad de construir un chisme que suena igual que otro, cuando el primero suena tan bien y tiene siglos y siglos de desarrollo y mejoras.
Desconcertados, nos vamos a casa. Mi mujer enciende el ordenador y busca en la gran enciclopedia internáutica Theremin.
¡Oh, sorpresa! El Theremin lo inventó un ruso en 1919. Quizá para aliviar las tensiones postrevolucionarias, quizá para glorificarlas. Le llamó eterófono, que suena tan mal como los ruidos que emite. Dice Wikipedia sobre el theremin: “su uso frecuentemente es el de un aparato para efectos especiales más que un instrumento musical, al no poder acentuar ni separar las notas producidas.” Y resulta que se ha empleado en el cine, sobre todo en películas de misterio y suspense, por la tenebrosa calidad de los sonidos que emite.
“El céremin lo han usado grupos e intérpretes famosos como son Pink Floyd, Nine Inch Nails, Radiohead, Skunk Anansie, Los Planetas, Jean Michel Jarre, Jon Spencer Blues Explosion, Fangoria, e incluso Estopa. Otros menos conocidos pero que también hacen uso del theremin son The Gathering, Spock's Beard, Lendi Vexer, Project:Pimento, Estirpe, Green Carnation, Messer Chups y ultimamente Sunkfool,” afrima Wikipedia.
Como puede verse, el céremin tiene multitud de amigos.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Zivot je jen náhoda, Casualidades de la vida


Imagino a Miron Smidák en pie, saturado de melancolía. Observa desde su apartamento en el barrio de Hradcanská los árboles legendarios de la plaza de Puskin. Soporta Miron la extrema delgadez de su cuerpo mortal. No ve a los niños que juegan en los columpios de Puskinovo nam. Ni a la joven camarera de la cafetería de la esquina de la calle Uralská, que recoge de la terraza varias botellas de cerveza acabadas de consumir. Sus ojos intentan capturar la extrema ingravidez de la música.
Miron Smidák es pianista. Tiene 28 años, y un currículum escrito con el neón intermitente de los premios. Necesita estar cómodo para interpretar. Por eso viste trajes de etiqueta que le vienen grandes, como salvavidas con pajarita.
Se encarama al podio metálico que hace de escenario, se apoya en el piano y se inclina para agradecer los aplausos del público. Acomoda la banqueta a su gusto, y sin permitirse una pausa, arranca a tocar las Tres Danzas Checas de Bohuslav Martinú.
Estoy en el salón de actos del MuVIM de Valencia. Asisto al concierto especial con ocasión de la exposición Karel Capek, fotógrafo. No es un lugar apropiado para la interpretación musical. Pero las manos de Miron Smidák actúan con tan gran efecto en el teclado, que la melodía fluye del piano y compensa la calidez que falta en la arquitectura.
Atrevido aficionado a la música, las Tres Danzas Checas me evocan a Falla, a Turina, a Granados. Distingo en las notas que ejecuta Miron Smidák un colorido atenuado, un aleteo de ave más nocturna que diurna. Es el eco de Centroeuropa, distante del ibérico, aunque se reconozca en él la época. Los tres autores checos escogidos por Miron Smidák, a saber, Bohuslav Martinú, Erwing Schulhoff y Jaroslav Jézek, crearon sus obras en el primer tercio del siglo XX, como mis referencias españolas, Falla, Turina, Granados. En este parentesco cronológico se reconocen todos, en la descomposición formal y cromática de sus composiciones. Nos recreamos en una época que desmonta, a veces con crueldad, con impertinencia, las tradiciones del arte, que incluso se quiere cargar el arte mismo.
Y lo que consigue es una montaña de creaciones sublimes. Pocas épocas habrá más fecundas estéticamente en la historia de la humanidad que la primera mitad del siglo XX. En paralelo, pocas décadas serán más catastróficas que aquéllas. Catástrofes urdidas por el ser humano, arte insuperable salido de sus dedos, de su imaginación, de su incertidumbre, de su angustia. Guerras y revoluciones sangrientas a capazos.
Quizá por eso la sonrisa del flaco Miron Smidák es melancólica. A sus veintiocho años, lanzado detrás de su eminente nariz hacia el siglo XXI, quizá no se sienta heredero del siglo en el que nació. Pero lo recrea con soberbia calidad.
Termina con Martinú y hace una pausa, abriéndose paso entre los aplausos hasta el fondo de la sala. Reaparece, hace una reverencia al entregado público, se sienta ante el piano y se pone a meditar mientras la gente cuchichea o saca un caramelito y lo desenvuelve con impunidad exasperante (debería bajar una grúa del techo y arrebatar a estos impertinentes de la sala). Luego de musitar lo que parece una oración, empieza con la Sonata Nº 3 de Erwin Schulhoff: Moderato cantábile, Andante, Alegro Molto, Marcia fúnebre y Alegretto moderato. Los fragmentos de la melodía salen disparados o flotando del piano y se arremolinan en el severo espacio a la búsqueda de unas paredes que los abracen afectuosas en lugar de rebotarlos con desdén.
El final del concierto especial con ocasión de la exposición Karel Capek, Fotógrafo son diez canciones de Jaroslav Jezek. Ragtime, jazz, fox trot, charlestón… También surgen las comparaciones en mi cabeza de aficionado atrevido. Pero estas encajan muy poco. Las tonadillas, las zarzuelas, las operetas españolas de los años 20 y 30 tienen poco que ver con las composiciones de los músicos franceses, alemanes, británicos o norteamericanos.
Poco tendrían que ver Tomás Bretón, José Serrano, Amadeo Vives, Pablo Luna o Sorozábal con ese desconocido para mí Jaroslav Jezek. Probablemente lo que les equipare sea su decisión de meter a la vida popular en un pentagrama. España, como Italia, es la gran excepción en la música popular y en la pintura vanguardista europeas (dos extremos, qué curioso) de las primeras décadas del siglo XX. La tradición pesa tanto en el Mediterráneo que, en la música, es impermeable a los ritmos norteamericanos hasta los años 60.
Kurt Tucholsky, Rudolf Nelson, Friedrich Hollaender, y después Kurt Weil, viven en una sociedad urbana, frenética, industrial, politizada, partida en violentos intereses, y lo reflejan con un genio asombroso. Me figuro que Jaroslav Jezek pertenecerá a la misma camada de músicos feroces y feraces.
A parte del talento musical extraído de los genios norteamericanos (Irving Berlin, George Gershwin, Cole Porter), Jezek pone unos títulos embriagadores a sus composiciones: El cielo en la tierra, El mundo azul oscuro, El sombrero en los matorrales, haciendo un ramo de flores…
Pero hay uno que me ha impresionado: Zivot je jen náhoda, La vida es una casualidad.
Una casualidad quiso que yo estuviera presente en este concierto. Una jubilosa casualidad, que acaso también haya atraído a otros espectadores de los casi cien (la mayoría abrumadora, mujeres) que llenaban el salón de actos del MuVIM.
Vivamos y gocemos, incluso bebamos, que mañana moriremos, y cuanto más hayamos bailado, mejor. Sobre todo cuando es gratis. ¡Qué época estupenda vivimos! Cada día a un concierto, una película, una exposición, una brillante conferencia. ¿De qué nos quejamos? Nos dan alimento espiritual gratis o a precio de saldo. He aquí un buen remedio contra la crisis: si se queda usted en paro, reaccione y acuda cada tarde a un evento. Cuando vuelva a trabajar, será un intelectual morrocotudo.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Atisbos progres del Código Da Vinci

Esto es una reseña de un espectáculo teatral que sólo nombraré una vez, y al final de este texto. La razón es evitar uno de los posibles objetivos del autor, dar pábulo al escándalo para que se hable de él y de su obra.

La escenografía (excelente) es de corte austero, de colores apagados con dominio de los ocres y el verde oliva. Montones de ropa, sábanas, túnicas, mantas, etc. yacen en el escenario. Tras una pantalla traslúcida, tres varones y dos mujeres en indumentaria de referencias a la antigüedad clásica esperan hieráticos el inicio de la acción. Uno a uno, se van desplazando al escenario. Al verlos más de cerca, observamos en sus rostros la marca de los maltratos.

De pronto, el varón de más edad empieza a lamentar su suerte, a declamar su desesperación ante la inminente muerte que les espera. Su actitud es casi abyecta. Pronto sabemos que los cuatro que hay en escena (una de las mujeres se ha quedado tras la pantalla) están presos en el piso inferior de un lavadero. El tipo desesperado asegura estar dispuesto a hablar con sus captores para deshacer el malentendido de su detención, porque es inocente. Los otros se lo impiden, alegando que sería todavía peor para su vida.

Poco a poco vamos sabiendo que esas cuatro personas son personajes bíblicos. El desesperado es Simón-Pedro (Keifa, en la obra), los demás Judas Iscariote (Iehudá), Juan (Iohanán), y María Madalena (Marián). Al entrar la que se mantiene fuera de escena, sabremos que es María (llamada Imá en la obra), madre de Iosua, Jesús de Nazaret, que será una referencia constante a lo largo de la representación.

Durante un rato de incertidumbre, el espectador cree que va a ver una revisión del Nuevo Testamento. Le extraña, porque ha entrado al teatro convencido de que iba a ver una obra laica, de carácter político e incluso actual. Esa es la idea que ha sacado de la información obtenida en el folleto, que luego detallaré un poco.

La acción es confusa. Lo que nos cuentan es confuso. No se trata de una revisión ni religiosa ni ideológica, sino de un retorcimiento histórico o mitológico incoherente. De las conversaciones deducimos que esos discípulos de Jesús son más bien un grupo de conspiradores a quienes une el deseo de liberar al pueblo judío de la opresión romana, sin que les mueva el más mínimo motivo religioso. Una proyección de video nos revela la actitud de cada uno de los personajes cuando fueron interrogados. Ante la casta sacerdotal se muestran cobardes, delatores, niegan la naturaleza política de su relación con el líder subversivo Jesús, y aseguran que sólo le siguen por ser un hombre bueno que predica la verdad y el entendimiento. Hay una excepción que enseguida veremos.

Keifa lanza a la palestra la idea de que han sido traicionados por uno de ellos, y se revela ante nosotros su profunda abyección, porque hemos visto como negaba a Jesús una y otra vez. Los demás le llaman loco. Pero el curso de la acción (de los diálogos) nos permite ver que todos temen haber sido traicionados. Estos diálogos expresan la poca estatura moral de los protagonistas, su egoísmo, su incongruencia. Una incongruencia que se traslada a la acción, porque lejos de avanzar, vuelve una y otra vez al tema de la traición, e insiste en la cobardía y el egoísmo de los personajes, pasando por rachas de temeridad que no pegan ni con cola en la acción.

Entonces entra en acción María, la Imá de la obra. Su presencia revela hechos inesperados, incluso para los que ya se han admitido la idea de la excéntrica revisión del Nuevo Testamento. Resulta que Juan es homosexual y María Magdalena la amante ardiente de Jesús. Esta es la razón verdadera del afecto que cada uno de ellos tiene al Mesías, nada de raíz religiosa, nada de admiración política. También conoceremos que Judas Iscariote (candidato lógico por la historia evangélica a ser el traidor) es un zelote sectario, y que la razón de su compromiso con Jesús es el odio que siente hacia los romanos y hacia el Sanedrín por haber incitado a la lapidación de una novia o amante suya. Simón Pedro cuenta que, siendo un miserable pescador viudo y en paro, Jesús hizo renacer su amor propio al darle un puesto de confianza, su segundo de abordo. La ambición de Pedro es la verdadera motivación de su relación con Jesús.

¿Y María?

Antes, observemos a Judas. Es el único que, a pesar de los suplicios del interrogatorio, no traiciona a nadie. Mantiene la integridad, la decencia, el patriotismo. Pero rechaza cualquier visión religiosa de Jesús y de su magisterio.

Volvamos a María. Cuando Juan le confiesa de un modo ambiguo su amor carnal hacia su hijo, arremete con rabia verbal contra él. Al descubrir, siguiendo este camino tortuoso, que María Magdalena se acuesta con Jesús, le suelta una bofetada.

En la parte superior del lavadero, en el secadero, torturan a Jesús. Se oyen los latigazos, los jadeos del martirizado. Entonces le toca el turno de las confesiones a María. Resulta que ha sido ella la que ha traicionado a la secta, la que ha "cantado" a la autoridad el lugar, la hora y el motivo subversivo de la reunión, cosa que ha provocado la “caída” de la célula y el fracaso de la conspiración. Naturalmente, esto lo sabe el espectador, no los personajes. Pero finalmente, tras abandonar el círculo vicioso de cobardía-egoísmo- lujuria-temeridad, los personajes caen en la cuenta de la terrible acción de María. Como ella ha advertido al espectador en su evocación-proyección videográfica, los prisioneros serán liberados, con la excepción de Jesús. La frase final de la obra es de María: “Ahora, por fin eres Dios”.

Al escucharla, sentí un hastío infinito. En los oídos de muchos sonará, con toda justicia, a blasfemia. Pero no estamos en un siglo que persiga las blasfemias. Sólo se persigue a los que reniegan del pensamiento progre. ¿Me crucificarán por haber escrito este comentario? ¿No resulta inaceptable que los personajes de esta revisión evangélica sean todos malas caricaturas?

Esta obra se llama Clandestinos, un título más oportunista que oportuno. Su autor y director es Chema Cardeña. Los actores, que hacen un buen trabajo, son Amparo Vayá, Juan Carlos Garés, Josep Maria Casany , Ruth Lezcano y el propio Cardeña.

Para acabar, una referencia al folleto explicativo. Dice: Un pueblo invade y somete a otro pueblo. Una élite de los vencidos se vende a los invasores y traiciona a su propia gente, para preservar su poder. Unos rebeldes luchan por liberar a este pueblo de los invasores y de los traidores. Surgen facciones y partidos en espera de un líder y el fanatismo convierte la lucha por la supervivencia en una sinrazón. Y volvemos a empezar: un pueblo invade y somete a otro pueblo… esto es Clandestinos. Una fábula sobre unos hechos que vemos todos los días en la prensa: mujeres lapidadas, hombres torturados, masacres, corrupción, integrismo.

Yo no había leído este texto. Así que tenía la mente libre de prejuicios al empezar la representación. Aunque algo sí sabía: en la Agenda de El País había visto que una mujer palestina se enfrenta a los opresores, y tal. De dónde había sacado esta información El País sobre la obra es algo que me causa perplejidad.

Acabada la función, reflexioné sobre las herejías y desviaciones que se han producido en el Cristianismo a lo largo de los siglos. Todas se han hecho en el nombre de Jesús y con una doctrina religiosa detrás, con una raíz básicamente hundida en la trascendencia, en la liberación del ser humano, pero en la liberación de sus cuitas, del pecado, del orgullo, de la miseria moral.

¿Qué mueve a un autor de teatro a poner en cuestión una religión que lleva dos mil años de existencia con argumentos tan peregrinos como los expuestos? ¿Qué es esa historia de que “un pueblo invade y somete a otro pueblo”? ¿No habíamos quedado, como buenos marxistas y materialistas, en que el motor de la historia era la lucha de clases?

Me respondo a estas preguntas con la única explicación posible. Este tipo debe creerse el inventor del Código Da Vinci del pensamiento progre.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Fotografías en el MUVIM de Valencia


MUVIM quiere decir Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad. Está abierto desde hace pocos años, y no es propiamente un museo, sino un centro de exposiciones. Se dedica a la fotografía, el grafismo, incluido el cartelismo, y también hace exposiciones de pintores modernos muertos. A la vez, es un escenario de seminarios, congresos y demás actividades educativas de carácter universitario, y tiene una biblioteca dedicada al tema que predica su nombre.

La sucesión de exposiciones que programa el MUVIM es constante, y son de gran calidad. Es una parada obligada para quien visite Valencia enbusca de consuelo y recreación para el espíritu. La verdad es que la ciudad de Valencia ofrece tantas actividades culturales, que incluso para un intelectual sin empleo remunerado o para un jubilado con pasiones artístico literarias es imposible asistir a la mitad de las que se anuncian cada día.

El MUVIM exhibe ahora varias secciones de Fotográfica 08 Valencia, dedicada a las instantáneas de calidad más o menos profesional. Una tarde en el MUVIM proporciona una información, una formación, un placer estético y una satisfacción espiritual de envergadura. Uno sale de allí repleto de ideas y de emociones, y para asimilarlas debe dejar pasar un par de días de ayuno cultural.

Este goce estético tiene también un aprovechamiento sorprendente. Por ejemplo, la exposición Arequipa en blanco y negro disipa estereotipos acerca del retraso cultural de Hispanoamérica. Resulta que en las primeras décadas del siglo XX había dos fotógrafos en la ciudad peruana que realizaban una obra de una calidad artística y antropológica equivalente a la de los mejores fotógrafos norteamericanos o europeos. Se llamaban Carlos y Miguel Vargas. Yo no tenía ni idea de quienes eran hasta que me he acercado al MUVIM a contemplar sus fotografías. Pero no hace falta ser un experto en este arte para comprender que está uno ante algo formidable.

La misma sensación de sorpresa cultural se obtiene de la exposición Oui-Non de Gérard Castello-Lopes, , fotógrafo portugués todavía vivo. Fuera de los círculos de especialistas, a este señor no le conoce casi nadie. Y sin embargo, su trabajo es excepcional. Es decir, el Portugal del siglo XX tuvo y tiene artistas estupendos. Si no fuera por la falacia del atraso de ese país, esto sería algo perogrullesco, porque la sociedad portuguesa se asienta sobre un pasado lleno de riquezas artísticas y culturales. El problema es que Portugal, como España, como, por recurrir a un ejemplo un tanto excéntrico, Líbano, han quedado ensombrecidas en el escenario intelectual mundial por Francia, Alemania, Reino Unido o los Estados Unidos de Norteamérica, cuyo peso es mayor, pero sólo en magnitud, en capacidad publicitaria, no en calidad.

En la exposición de Castello-Lopes, no sé si para justificar el desconocimiento del artista, se dice una sandez a tono con el prejuicio: “en un Portugal aislado del resto del mundo bajo la dictadura de Salazar, Gérard Castello-Lopes estaba condenado a un trabajo solitario y sin visibilidad”. Se nos da a entender que la culpa de la “falta de visibilidad” de Portugal la tiene el dictador Salazar, cosa del todo falsa. A ver si nos dejamos de estereotipos progres de una vez, doblemente estúpidos porque se supone en los progres una formación materialista que desmiente la atribución personalista al curso de la historia. Es como decir que la culpa de que Picasso se marchara a Francia la tuvo Alfonso XIII o su madre doña María Cristina de Habsburgo-Lorena. O que la culpa de que Joyce se marchara de Irlanda la tuvo el primer ministro británico Sir Arthur Balfour. Vamos a ver si somos un poco serios, por favor.

A pesar de estos estrepitosos defectos, es de reconocer el trabajo de los comisarios de estas exposiciones del MUVIM. Sobre todo porque permiten colocar la cultura en su sitio, y comprobar que la creación de alta calidad está presente en casi todos los rincones del planeta, al margen del color, la ideología y el régimen político dominante en cada sociedad.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Carpe Diem



Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

Esto podría ser una provocación dadaísta, pero es una proposición que muchas personas hacen en serio, como si fuera inexorable. Quienes más la usan son los intelectuales y los cabecillas de los partidos que acaban de perder unas elecciones.

La proposición irrebatible es que cada sociedad tiene el gobierno que ha elegido democráticamente. Pero esto no tiene tanta gracia. Para los pueblos que no disfrutan de un sistema democrático, la proposición modificada podría ser: cada pueblo tiene el gobierno capaz de dirigirlo con mayor eficacia.

Esta reflexión viene a cuenta de la sorpresa que causa el hecho de que el desastroso gobierno de Rodríguez Zapatero no parece haber mermado su popularidad, o parece dejar indiferente al pueblo, es decir, a los ciudadanos.

La sociedad española y todos sus subconjuntos y agregados están viviendo una de las épocas más fantásticas de su historia (nuestra historia, pero voy a hacer como si fuera sueco o portugués). Jamás ha gozado de tanta fortuna material. Incluso hoy, zambulléndose en una crisis que no acaba de materializarse en su extrema dureza, los españoles visten, comen, habitan, trabajan y se entretienen como nunca lo habían hecho. Otra cosa es que su indumentaria sea elegante, su alimento saludable, sus viviendas cómodas, su trabajo liberador y su ocio estimulante.

La sociedad española navega por el proceloso mar de la política, dirigida por un timonel al que le da igual ocho que ochenta. A lado del timonel y frente a él, un coro de lobos aulladores, diversas pandillas de mamones y chupatintas, corifeos de grillos, dinamiteros sin explosivo (sólo con fulminante), artistas de pesebre, filósofos superventas, periodistas turiferarios o ladradores y cohortes de funcionarios de todas las castas corporativas y regionales imaginables.

La sociedad española está compuesta por una mayoría silenciosa que se define por esta combinación de sueños: la posesión de bienes de consumo infinitamente renovables, una salud a prueba de autoagresiones (tabaco, alcohol, comida basura, medicamentos paliativos), una longevidad imperecedera, y una felicidad imperturbable por las contrariedades de la existencia.

Esta sociedad, a pesar de su confusión moral, es consciente de su suerte, de que vive de verdad una época chollo. Lo mismo que la sociedad portuguesa, la sueca o la griega, es decir, lo mismo que casi todas las sociedades del mundo desarrollado. No tiene ni idea de cómo ha sucedido. ¡Pero funciona! Ahora bien, también sabe que el chollo puede acabarse en cualquier momento. Los políticos intentan convencerla de que les debe el chollo. Pero es difícil que estos argumentos hagan mella, incluso en psicologías tan predispuestas al engaño. Los políticos españoles (y los belgas, los húngaros, los daneses, etc.) dedican tantos esfuerzos a falsear, a exagerar, a disparar cañonazos a las nubes, y tan poco a gestionar, que hasta el antiguamente considerado pueblo llano percibe el fiasco.¿Que quién gestiona? Los expertos no elegidos sino designados.

¿Por qué no reacciona el ciudadano? ¿Por miedo? ¿Por comodidad? ¿Por intuición de niño malcriado que conoce perfectamente los límites de su egoísmo?

¿Cada pueblo tiene el gobierno que se merece?

Nada de eso. El pueblo, el ciudadano, conoce bien que el aparato administrativo funciona con una inercia que sólo relativamente tiene que ver con las decisiones de los políticos. Lanzarse a la calle no sirve ya para nada. Porque lanzarse a la calle hoy no es como lanzarse a la calle hace un siglo, cuando la calle era del ministerio de la Gobernación. Echarse al monte, ni de coña. El que se lanza al monte acaba de mendigo sin techo.

Así que, todos calladitos, apretando el esfínter para que el chollo siga durando. ¿Crisis? ¿Dónde está la crisis, a ver, además de en las páginas de los diarios, en las ondas hertzianas y en los canales digitales?

El pueblo aguantará lo que le echen, mientras no le echen de casa y tenga vacaciones en una playa pachanguera.

Y si en lugar de gobernar ahora el señor Rodríguez Zapatero lo hiciera el señor Aznar o el señor Rajoy, el pueblo estaría igual de calladito. No es virtud del malabarista de las cejas, sino defecto de quienes tienen pavor a perder el chollo. De momento, la mayor obsesión del gobierno español actual es que los parados reciban algún subsidio y el auxilio necesario para que las hipotecas y las deudas no les arruinen. Si gobernaran los rivales del cejudo, seguro que harían lo mismo. Y harían bien. Pero, ¿cuánto puede aguantar el orden económico vigente aplicando alivios de urgencia? ¿Será capaz este gobierno o el que le suceda de poner en práctica planes de desarrollo, activación, dinamización económica, o tendremos que esperar a que el amigo americano, el ruso, el chino o el alemán descubran la fórmula milagrosa? ¿Tan poco creen los políticos españoles que vale su trabajo? ¿Son, además de hipócritas y cínicos, una panda de desesperados?

domingo, 16 de noviembre de 2008

Lamentos de Tiranosaurus Rex

Más allá de los bosques y los pantanos, en el crepúsculo resuenan los gritos de los tiranosaurus Rex



La Spirale fue una revista francesa alternativa, mutante, contestataria, durante los años 90. Se editaba en papel, y terminó yéndose a pique. Una de tantas. No puedo ofrecer datos más precisos porque no la conocí. Imagino que sería heredera de Charlie Hebdo, con toques de cyberpunk, fantasía juvenil con mala leche, progresismo corrosivo y cosas así.


Ahora vuelve a la carga, esta vez sólo en el ciberespacio. Traduzco una mezcla de declaración de principios y de resumen programático, colgado por sus editores en el primer número.


Desde su publicación en el otoño de 1996 a su desaparición en 2005, La Spirale fue el testigo involuntario del fin de un mundo. Los últimos quince años han sido el escenario de una deconstrucción casi completa de nuestros cimientos. Frente a un futuro cada vez más imprevisible, un sentimiento general de inquietud ha conquistado todos los estratos de nuestra sociedad. La gente cada vez tiene más miedo del futuro.

Hoy no basta situarse en una dinámica de contestación nihilista y/o de denuncia deprimente. No podemos contentarnos con una estética basada en una deconstrucción que se ha hecho exclusiva de las élites depredadoras, con las consecuencias que se descubren hoy en día. Debemos rechazar las distopías [utopías catastróficas] con las que se nos ceba, volver a encontrar el gusto de creer en los mañanas gloriosos. debemos reapropiarnos de nuestro futuro, porque la suerte de la aventura dependerá sólo de nuestra capacidad de reaccionar.

Cuando el ciber-punk-progre deja de ser joven y se compra una vivienda, cambia de perspectiva. En realidad eso nos ha pasado a todos, fuera cual fuera el punto de partida ideológico y económico de nuestra juventud. En el caso de los franceses, que inventaron el cuño de progre y que todavía conservan la patente, su evolución es todo un trauma lleno de avatares y paradojas.

Esta revista que he encontrado en uno de mis paseos internáuticos está relacionada con un millonario excéntrico que vive en un jardín de desechos industriales, dentro de un búnker dotado de la tecnología más sofisticada. Es el propietario de Artprice, una web que se dedica al negocio del arte a través de la Red. Me da la impresión de que es el padrino de La Spirale. En todo caso, en el primer número dedican un gran despliegue a una iniciativa suya llamada La demeure du chaos, la residencia del caos, en realidad su vivienda-búnker en un idílico rincón en los alrededores de Lión, que él, Thierry Ehrmann, ha transformado en una chatarrería.



El caso es que los chicos ya talludos de La Spirale manifiestan su espíritu de lucha contra el pesimismo medioambiental.

Los periodos de crisis, como el que ahora atravesamos - y que debería, con toda probabilidad empeorar - son también periodos de cuestionamiento. Los cimentos se pulverizan. Se abren grietas. Más que nunca es el momento de atreverse, de proponer, de inventar. Los margenes y las vanguardias deben ahora repensar el mundo en términos constructivos, porque hoy es en este territorio donde se situa la transgresión, la verdadera rebelión.

Como argumento, suena a retórica de la traición. Como lenguaje, sobre todo en francés, suena precioso: Les marges et les avant-gardes doivent maintenant repenser le monde en termes de construction, car c'est aujourd'hui sur ce terrain que se situe la transgression, la vraie rébellion.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Desmontando los últimos tabús sexuales en Francia



Antaño
Tótem: animales sagrados, profetas, santos, místicos, predicadores.
Tabú: no guardar el respeto debido a los tótem.
Hogaño
Tótem: rey, presidente, gobierno, oposición, autodeterminación, democracia, etc.
Tabú: no hay tabús. Se acabó la represión. Somos libres por fin.
“Cliente”, película de Josiane Balasko, 58 años, francesa, sobre una mujer de más de 50 años que contrata a un gigoló para hacer el amor con él (hablando con propiedad, para follar con él). Dice Balasko que su objetivo era doble: hacer añicos un tabú muy poderoso en Francia y enviar un mensaje positivo a las mujeres de mediana edad que se encuentran solas y no pueden satisfacer sus deseos sexuales.
Contratan a un prostituto y Sanseacabó.
Sanseacabó puede ser el nombre metafórico del prostituto.
El tema de las mujeres que recurren a la prostitución masculina dice Balaskó que es un tabú. Se pinta a este tipo de mujeres como hembras desesperadas, el comercio sexual aparece como sórdido, y los personajes dan una impresión patética. Balaskó ha presentado en “Cliente” a una mujer satisfecha consigo misma (alta autoestima o amor propio), de alto poder adquisitivo, bien situada en la escala social, buena presencia, y tal.
Dice Balaskó: “La prostitución es el último territorio sexual dominado por los hombres. Los hombres tienen el control del placer y el derecho de comprarlo. Las mujeres, no. Un montón de amigas mías están solas, son solitarias, divorciadas. No pueden reinventarse con otro hombre y una nueva familia. Así que decidí mostrar a la cliente femenina de un escort masculino. Ella no es una víctima. Es una mujer que controla su vida, sus sentimientos, su placer sexual.”
Me pregunto yo: ¿y qué necesidad tiene de recurrir a un gigoló?
Ignoro si la respuesta está en la película. Me temo que no.
No soy del cupo que condena la prostitución y que la prohibiría. Tampoco creo que la prostitución sea un territorio masculino. Las razones de Balaskó me parecen publicitarias: desmontar el último tabú sexual en Francia. ¡Pero si ya no hay tabúes sexuales en Occidente! Sigue habiendo distorsiones, perversiones, fracasos, fantasías dolorosas, pero no son producto del tabú, sino de los modelos publicitarios de vida y hábitos. Es como decir que el tabaco o el alcohol son hoy tabúes. Una bobada. Un titular de periódico.
Cosas de redactor jefe: oye, fulano, a ti que te gusta el cine, mira qué puedes sacar de esa película de la Balasko, que dicen que es muy provocadora y tal.
Y va el tío (el redactor) y mira al Elíseo y descubre que Sarkozi lleva tres matrimonios, y que el último lo ha hecho con una cantante (no dice que el primero fue un presunto matrimonio de puro interés, y que malas lenguas dicen que enseguida engañó a su mujer con otra tan rica como la primera, con la que acabó casándose, para divorciarte de nuevo por razones parecidas; o sea que Sarkozi es lo que aquí se llama un Pichabrava ambicioso). Los presidentes de repúblicas ya no son tabú. ¿Eso qué quiere decir? ¿Qué ahora sus vicios son públicos? Y antes también. Véanse las obras completas de Shakespeare, véase la Iliada, véase el teatro griego.
Luego va el tío (el redactor) y cita a un intelectual y novelista que ha escrito extensamente sobre sexualidad (¿qué intelectual y novelista de cualquier parte del planeta no ha escrito extensamente sobre sexualidad, si algunos no escriben de otra cosa?). Luego, a un director de un instituto nacional de investigación de la salud. El primero dice que estamos viviendo una revolución sexual más subversiva y silenciosa que la de los 60. El segundo, que las mujeres francesas tienen una sexualidad insatisfactoria, al contrario de lo que suele decirse. Grandes descubrimientos.
Por fin, el tío (el redactor) echa mano de Catherine Millet, la autora de “La vida sexual de Catherine M.”. Todo en apoyo de una falsedad, que Francia ha desmantelado su último tabú sexual.
Me acuerdo de varias películas de Edouard Molinaro en las que toca tabúes como el incesto y la prostitución femenina. Esas sí me parecieron a mí rompedoras, además de muy bien hechas, con personajes llenos de sutilezas, nada patéticos.
El artículo de referencia apareció en la página de Cultura y Moda del Herald Tribune, hace una semana, y lo firma Elaine Sciolino que, ahora que lo pienso, debe ser una mujer. Lo que faltaba.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Torbellinos en Arcadia




Madrid. Torbellino urbano. Macizos de viviendas renqueantes, rincones de selva. Las plantas se mezclan, se retuercen. Racimos de personas. ¡Gente! ¡Gente! Devorada por las bocas del Metro. Viaje a través de los intestinos de la ciudad. Multitudes étnicas, amasijo de edades. Cada hombre, un abismo. Cada mujer, un túnel. Chicos y chicas caídos de una pantalla de multicine. Chalecos, calzas, cinturones, botas y mocasines, capuchas y bufandas, i-phones; ciencia ficción de calendario. Miradas de terciopelo azul. Chuletas siglo XXI, ejecutivos atentos a su ambición, lolitas de todas las edades, envoltorios de miedo, ternura despedazada, despojos de ilusión. El plano de las líneas adosado en las jambas del vagón es un artificio de tubos, de intercambiadores, de desvíos, de zonas, de sistemas emergentes. Emergencia a la superficie. Elegancia arquitectónica en la Gran Vía. Telefónica. Palacio de la Prensa. Oratorio del Caballero de Gracia. Granito sólido, redundancia inasequible, como el Espíritu. Macizos de viviendas-arriates. Gentío en movimiento discontinuo. Semáforos. Ríos de vehículos. Carril bus-taxi-bibicleta. ¡Ni una bicicleta! Kioskos. Escaparates. Gangas. Cerrado por reformas. Tiendas híbridas, mercadillos enjaulados. Cachivaches, monstruos, cojines-te-quiero, camisetas futboleras, árboles de Navidad, Papá Noel meneante, tazones personalizados. Un chino, dos chinos, tres chinos abiertos hasta el derrumbe de la medianoche: ropa, verdura, alimentos enlatados, ferretería, disfraces, artículos de regalo. Naderías.
Torbellino urbano. Madrid entresemana. La gente conducida por la inercia de sus obligaciones. Sirenas de coches de policía camuflados que intentan circular como balas por la calle de Alcalá, pero tienen que frenar en todos los semáforos en rojo por-si-acaso, y se les escapan los maleantes. Cruceros de ambulancias del Samur en ejercicio profesional por el Amazonas matritense. Salas de espera de Urgencias. La gente se mira y se asoma a las puertas como si esperaran la orden de ¡acción! De un realizador de serie televisiva. “A mi me duele mucho el alma”. “Pues haga yoga.”
Milla de oro. O milla y media. Entre Colón y Atocha. Maqueta de modelos urbanos de papel comprados en una librería especializada en miniaturas. Recoletos, Cibeles, turistas fotografiando a la diosa y sus leones-bovinos, Paseo del Prado. Grandes árboles en peligro de extinción. Prensa internacional. Sucesión de autobuses cruzándose, adelantándose, huyéndose, rozándose como toros mansos en un encierro. Visión hiperrealista de la Puerta de Alcalá, flotando delante del Retiro. Fuentes. Estatuas. Bancos. Ministerios. Museos. Torbellino de cultura. Hordas de jubilados, clases de chicos de preu (¡qué anacronismo!), grupos de amigas, parejitas multilaterales, aprendices de progre, señoras con cara de maceta, señores rumiantes. Tú y yo.
El arte a la altura de las narices, a media luz, deslizándose ante tus pupilas y mis pupilas. Nos penetra. Lo absorbemos. ¿Qué mundo hay fuera de mí? Sólo existe lo que veo, huelo, palpo, gusto, oigo. Si no me ven, huelen, palpan, gustan, oyen, no existo. Pero tú existes conmigo. ¿Somos uno? Paseo por salas atestadas de gente hambrienta. ¿El arte da hambre? Buffet libre. Entrada gratuita a partir de las dieciocho horas. Hagan cola, señores, hagan cola. Toritos impresos en banderas, carteles taurinos con la caja en blanco para que pongan sus nombres, postales, camisetas de la selección eurocampeona.
Degas. ¡Cómo se lo curraba el tío! Para pintar una bailarina o un caballo con jockey se tiraba el tío horas y horas modelando figuras de cera, estudiando los movimientos de danseuses y chevaux. ¿Cómo conseguiría que una modelo mantuviera el equilibrio sobre la punta de un pie, la otra pierna extendida en horizontal, el tronco hacia detrás y los brazos agarrándose al aire? ¿Y los caballos? ¿Cómo diablos haría para que congelaran sus saltos, sus zancadas?
La milla de oro, o la milla y media. Pedagogía para todos los niveles sociales y culturales. El arte al alcance de cualquiera. Ya nadie ignora quiénes fueron Picasso y Sorolla. Hay quien se va con una idea imprecisa de Anglada Camarasa, Joaquín Mir, Gutiérrez Solana, Vázquez Díaz: cóctel de estilos, de formas, de estrías, colorines, pegotes de materia, objetos disfrazados de conceptos.
Teatros. Torbellino de sensaciones, de palabras, de malos actores secundados por sus parientes, de bonzos que bucean cubiertos de ceniza blanca insoluble, de chinos encajonados que saltan como langostas.
Torbellino de libros comprados en un kiosko de lance que perdura en la plaza de Alonso Martínez. Eduardo Marquina, “La morisca”: La acción transcurre hacia el año 1490, antes de la rendición de Granada, y cuando ya empezaba a formarse entre las gentes la dolorosa aversión de raza. Antonio Paso, “Contente, Clemente.” Farsa cómica en tres actos, con Agatónica, Clodulfo, Nepomuceno y Sindulfa, entre otros. La libertad guía los pasos de Louis Pauwels: la gran y definitiva transformación del hombre no es inminente; la psicología de los pueblos y la naturaleza humana son más fuertes y duraderos que cualquier sistema.
Torbellino matritense. Efusión de sensaciones. Turismo.
Allá lejos viene la crisis, como un gas tóxico invisible. Aquí nadie se asfixia, al menos aparentemente.
Pero Obama ha llegado para salvarlos.
G-8. G-20. G-8. G-20. G-8. G-20. G-8. G-20. G-8. G-20.
Torbellino invernal. Cae la nieve sobre el ADSL. Levanta el puño con el móvil y telefonea al más allá. Escucha.

viernes, 31 de octubre de 2008

Antonio Bernad en la sala Estudi General de la Universitat de València


Un espadachín del surrealismo


La sala Estudi General-Centre Cultural La Nau de la Universitat de València exhibe una selección de obras estupendas de un artista desconocido, salvo para los amigos, y esta exclusión debe interpretarse de modo literal.
Se trata de Antonio Bernad, que nació en Elche en 1917 y todavía vive en Valencia, a los 91 años, como un abuelito vital. El vitalismo es una cualidad poco común en el ser humano, como lo demuestra el alto consumo de antidepresivos y ansiolíticos.
Vitalidad es lo que salta a la vista en los cuadritos expuestos en la Universidad de Valencia. Vitalidad combinada o sustanciada en sentido del humor, en imaginación, en creatividad. Y también en algo elemental en un artista, el oficio; el dominio de las diferentes técnicas gráficas de Antonio Bernad es admirable.
El comisario de la muestra, el amigo Paco Agramunt, una enciclopedia viviente del arte contemporáneo valenciano, tuvo la ocurrencia de llamar a Antonio Bernad “espadachín del surrealismo”. Me figuro que la denominación es un recurso entre filosófico y retórico, muy bueno, por cierto. Porque si Antonio Bernad no figura en ninguna antología, en ningún estudio, en ninguna recopilación del surrealismo (me refiero a los públicos y más o menos populares, no a los académicos, donde tampoco parece que se le haya dedicado mucha atención, y hablo de oídas, porque hasta que no me puse delante de los cuadros de Bernad no tenía ni idea de su existencia) no puede considerársele ni artista ni surrealista.
En otras palabras, está excluido del mundo del arte, o lo ha estado hasta el uno de octubre del año en curso, en que se colgaron sus obras en la sala Estudi General de la Universitat de València.
Dice Agramunt (que al parecer conoce a Bernad desde hace 20 años) que el artista tuvo relaciones con Breton, con Vela Zanetti y con Eugenio Granell en el exilio dominicano. Como no he leído el catálogo, no puedo ofrecer más datos. Pero he creído entender que Antonio Bernad empezó a ser surrealista en Santo Domingo, donde fue a vivir como exiliado tras la guerra civil española.
Había publicado caricaturas y dibujos en la prensa albaceteña, porque pasó la juventud en aquella ciudad, y luego en la valenciana. En Santo Domingo hizo lo propio, y también en Méjico. Luego regresó a España muy pronto (en relación a otros exiliados), en 1953, el mismo año que Juanino Renau, el hermano de José Renau.
Dice Agramunt: “Ya en su tierra, encuentra dificultades para ejercer su profesión y tiene que trabajar como agente comercial para mantener a su familia. Aun así, esporádicamente continua dando rienda suelta a su creatividad artística.”
Es decir, que nunca expuso, ni aquí ni allá. Está por ver si vendió, es decir, si anduvo metido en el mercado del arte. Las circunstancias y él mismo (es una persona tímida y sin pretensiones, según las notas del catálogo) le excluyeron del complejo del arte. Luego, no fue artista, aunque ahora ya lo sea en virtud de esta exposición. ¡Alto ahí! Nada de malas interpretaciones. Fue (y espero que siga siendo) un creador formidable. Pero para ser artista hay que formar parte de la esfera del arte. Yo tengo escritas cinco novelas, pero ninguna publicada. Así que no soy un novelista, sino un autor de novelas, un escribidor, un grafómano.
Desde luego que no estoy negándole a este hombre estupendo ninguna cualificación. Y mucho menos el derecho a ser considerado artista. Hablo en términos estrictamente definitorios, clasificatorios.
Como Antonio Bernad hay cientos, posiblemente miles de hombres y mujeres en España, que hacen creaciones gráficas maravillosas, incluso geniales, pero que al mantenerse por una variedad de razones fuera de los circuitos del arte, no son artistas, es decir, no son reconocidos como tales.
Yo recomiendo vívidamente una visita a esta explosión de alegría y vitalidad. Niños y mayores se lo pasarán bien, disfrutarán, que es una de los efectos maravillosos de la creación artística.
En algo, no obstante, discrepo del comisario y de los responsables académicos de la exposición. Se le atribuye, como mérito tan preeminente como el de artista, el haber sido republicano y exiliado “injustamente olvidado”. Tengo la impresión de que a Antonio Bernad le han traído a la sala Estudi General de los pelos, y eso que el pobre está ya calvo. Me refiero a la matraqueta esa del republicanismo y el exilio. A partir del 2010 se les va a acabar la excusa, porque ya llevan machacando desde 2001. Primero República, luego Guerra Civil y Exilio… No creo que lo de la memoria histórica dé para otros 40 años más, hasta saldar la deuda de las víctimas del franquismo, entre las cuales me cuento.
Nada, absolutamente nada de lo que hay expuesto y firmado por Antonio Bernad en el Estudi General evoca directamente ni a la República ni a la Guerra Civil ni al Exilio (con mayúscula, como les gusta a los devotos), fuera del aire años 30 de los trabajos fechados entonces y algo después, que es el mismo en artistas de derechas que de izquierdas. Incluso la mayoría de las obras están firmadas en los años setenta, ochenta, noventa y hasta 2007. Es indiscutible que a Antonio Bernad como a tantos republicanos que eligieron y pudieron exiliarse antes de caer en manos de las tropas de Franco, la pérdida de la guerra fue una tragedia personal. Pero no me parece justo trasladar esta tragedia al ámbito de lo artístico. Cabe preguntarse si, caso de haber ganado la guerra la República, Antonio Bernad no habría actuado de modo muy diferente a lo que hizo en el exilio, colaborando con dibujos en periódicos, pero no esforzándose lo más mínimo en exponer sus pequeñas maravillas.
Lo más curioso de esta exposición es la permanencia del surrealismo. Si ese estilo impregna la obra de tantos artistas veteranos, pero ajenos a la época de esplendor de aquella escuela, y de tantos artistas emergentes, ver las realizaciones de un hombre que bebió de sus fuentes, y comprobar que nunca ha perdido su vitalidad, nos enseña que por encima de los estilos y las épocas, por encima de las vanguardias, las neovanguardias y las décadas transcurridas está la imaginación, la creatividad, la técnica y el fuego del artista, que mientras sigue ardiendo produce hermosura, alegría, ironía, fantasía… y así hasta agotar el diccionario de términos relacionados positivamente con la estética.

viernes, 17 de octubre de 2008

Camino

No he visto Camino ni probablemente la vea. Voy poco al cine, por ello o selecciono mucho las películas o me meto en tromba en una sala a pasar el rato. Ir al cine a ver Camino no sería para mí ningún pasatiempo. Posiblemente para muchos de quienes la vean, tampoco. Irán a analizarla con la lupa de sus convicciones, de sus creencias, de sus doctrinas. Javier Fesser ha hecho una película polémica, y él sabrá por qué. No dudo que esté bien hecha. Las críticas que he leído lo manifiestan así.
Pero Camino suscita controversia, no porque nos plantee los dilemas de una familia cuya hija pequeña se muere de cáncer. La controversia viene porque Camino es el título del libro más famoso escrito por el sacerdote Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. No es un título neutral. Contiene una carga emotiva grande y explosiva, que suele acompañar a la religión desde un punto de vista muy estrecho.
Imagino que no serán pocos los que acudan a ver esta película para confirmar sus certidumbres (ni siquiera sospechas) de que el Opus Dei es una institución cavernícola y malintencionada, llena de fanáticos. También me figuro que algunos irán con el ánimo opuesto, observar en Camino sus defectos (cinematográficos e ideológicos) para criticarlos encarnizadcamente. Lo interesante sería averiguar (algo imposible) qué proporción de espectadores acude al cine por el gusto de verla o por curiosidad. Temo que será una película minoritaria.
Sería una pena (que lo diga alguien que casi promete no ir a verla suena a ironía, pero cada uno tiene sus contradicciones).
Yo creo que el fenómeno más interesante de Camino es que se haya rodado y puesto en circulación. Es bueno que una sociedad se enfrente a sus problemas (reales o imaginarios), que polemice (civilizadamente). Una sociedad que produzca buenas películas (no importa que sean partidarias, si están bien hechas) sobre sus dificultades, ambivalencias, enfrentamientos es una sociedad madura.
Otra cosa es la publicidad. A mí me resulta tortuosa la frase "¿Quieres que rece para que tú también te mueras?", porque está sacada de contexto.
Yo tengo compañeros del Opus, y conozco, sin grandes profundidades, a miembros de esa institución. No son en absoluto monstruos o muñecos, sino personas con una convicción, a mi parecer respetable. Lo cual no quiere decir que no se pueda reprochar al Opus determinadas conductas no siempre nítidas. (Qué defectos no podríamos encontrar en los partidos políticos, pongo por caso.) Hay otras muy claras, que yo veo como límites o barreras. Las personas del Opus son de una eficiencia tremenda en sus trabajos, son constantes, puedes confiar en ellos como compañeros y como colegas, son hasta amables y simpáticos. Pero, por lo que yo he experimentado, viven demasiado desapegados del mundo, es como si carecieran de emociones o como si se esforzaran en ocultarlas, me refiero al afecto, que es la base del cristianismo, el amor.
Ignoro si el planteamiento de Fesser es antireligioso. También sería una pena. Porque la religión, la mirada del ser humano hacia su interior o hacia el exterior más remoto, la búsqueda de respuesta a las preguntas elementales es uno de los trabajos más nobles de la Humanidad, que más esperanza, consuelo y efectos benéficos ha generado. Las guerras, las persecuciones, los sectarismos no tienen mucho que ver con la religión y mucho con el ser humano. Supongo que un filósofo argumentaría contra esto que la religión es una construcción del ser humano, y por tanto no se puede situar en una esfera ajena a los desastres de la Humanidad.
Contestar a esto ha dado lugar a sumas teológicas, a infinidad de textos sagrados, a filosofías, a panfletos, a soflamas.
Yo entiendo la religión como un beneficio humano. Todas las religiones, incluidas aquellas que, por desconocimento de quienes no la practican, parecen sangrientas y peligrosas.
La religión, en su esencia, en su sustancia, no tiene nada que ver con los conflictos sociales, aunque pueden servir para avivarlos, mantenerlos, soficarlos.
Bienvenida sea Camino y todas las películas de calidad que se hagan para que nuestra sociedad polemice y acuerde. A pesar de las contaminaciones publicitarias.

sábado, 11 de octubre de 2008

OLIVERROCK Nuevo Blog sobre arte plástico en Valencia


Cruel But Fair

Es el título de la exposición de Marta Serna en la galería Rosa Santos de Valencia. Podéis encontrar una reseña sobre ella en mi nuevo Blog dedicado exclusivamente a manifestaciones artísticas en Valencia

miércoles, 8 de octubre de 2008

MUJERES



Mis viajes en transporte público no suelen coincidir con las horas punta matinales. Es una fortuna para mí. Pero últimamente regreso a casa a última hora de la tarde, que en España suelen ser entre las ocho y las nueve. Es la otra hora punta. El Metro lleva a los ciudadanos y ciudadanas de la zona noroeste de Valencia a sus hogares, de vuelta del trabajo o de obligaciones similares. Es decir, que no vienen de pasar un rato en la ciudad.
En los últimos trayectos que he hecho he preferido no leer, quizá porque estaba cansado o porque no llevaba un libro lo suficientemente interesante como para abstraerme de la multitud. Así que me he dedicado a mirarla. La mayoría son personas jóvenes, de menos de treinta años, españoles e inmigrantes, oficinistas y mano de obra sin cualificar. De estos últimos, muy pocos.
Pero el rasgo que destaca por encima de cualquier otro en la primer observación es que alrededor del noventa por ciento (o más) de los pasajeros del Metro a esa hora punta de la tarde son MUJERES, la mayoría, chicas jóvenes (además, preciosas).
¿Dónde están los hombres?
Estos últimos viajes en Metro a esa hora infrecuente para mí se deben a que asisto a un curso de Pensamiento Positivo en Brahma Kumaris, una asociación espiritual mundial, según su propia definición. Allí seremos una docena de personas. Solo tres somos varones.
Cuando asisto a una conferencia pública sobre un tema cultural, la presencia femenina es abrumadora. En las clases de los estudios humanísticos (y no tan humanísticos) de la universidad, la mayoría son mujeres. Paseo en bicicleta por el cauce arbolado el Turia y me cruzo con más mujeres que hombres haciendo lo mismo que yo.
En los únicos sitios donde predominan los varones son en las canchas de fútbol de los polideportivos. En la práctica de otros deportes, no es así. O hay un equilibrio o las chicas están por encima de los chicos.
Vuelvo a preguntarme: ¿Dónde están los hombres?
La respuesta es patética. Una pequeña fracción de directivos, ejecutivos y profesionales independientes liberales, todavía trabajando. Una fracción mayor de autoempleados (los famosos autónomos) en la misma situación, acabando de trabajar. Unos pocos, no sabría determinar qué porcentaje, haciendo deporte, en especial fútbol y baloncesto, y luego, atletismo (footing). Y una mayoría confusa, difusa, desalentadora, en el bar o arrellanados en el sofá delante de la tele, a la espera de que su madre o su esposa ponga la mesa para cenar. No me lo invento. Es una experiencia personal, en mi camino del Metro a casa, sólo veo hombres en los bares, a veces muchos, sobre todo si televisan un encuentro futbolístico. Y sólo con levantar la vista hacia los balcones y ventanas de las viviendas, ves a un tío tirado en el sofá. (Hay excepciones, por eso utilizo el paréntesis, porque son muy pocas, de hombres que ayudan en casa, o se hacen cargo de los niños o simplemente pasan un rato de asueto en el bar.)
A mí la Ley de Igualdad me deja indiferente. En realidad las leyes concebidas para rectificar desequilibrios sociales no sirven para casi nada. O se incide sobre la naturaleza del problema, o la ley se queda en papel, inaplicable. Lo mismo digo de las afectaciones de paridad que han inventado los políticos (no las políticas, que a ellas no les hace falta, ya están ahí).
Y la verdad es que la naturaleza del problema es peliaguda. El problema es que las mujeres se han puesto a ganarse la vida por su cuenta. A trabajar fuera de casa. Igual que los varones desde lo más remoto de los tiempos. Lo cual no quiere decir que hasta el siglo XX las mujeres no hayan contribuido con su trabajo (no maternal ni doméstico ni familiar, sino por cuenta ajena, ganado un sueldo o algo equivalente). Hay testimonios históricos y presentes de sociedades en las que las mujeres trabajaban en el campo o en oficios al lado de los hombres.
Hoy, en África, la esperanza de salir del marasmo está en las mujeres, y a ellas se dirigen muchos programa eficaces de desarrollo económico (las grandes subvenciones las siguen recibiendo los gobiernos, constituidos casi absolutamente por varones, encima, corruptos hasta la médula). Por poco que nos fijemos en los inmigrantes sudamericanos, veremos que las mujeres están dotadas de algo que, sin deseos de ofender a nadie, yo llamaría mayor integridad (y también una resignación casi enervante). Una amiga rusa, me dijo hace tiempo que el sostén de su país eran las mujeres, porque los hombres perdían los nervios y el amor propio enseguida y recurrían masivamente al alcohol. Yeltsin era la prueba viviente de este diagnóstico. Y el éxito de Putin es posible que tenga que ver con sus costumbres espartanas (eso es lo que dicen los mass media).
Las mujeres trabajan. Pero son las únicas dotadas por la naturaleza para tener hijos, para perpetuar la especie. Y la única fórmula que ha funcionado hasta hoy es la de la familia. ¿Será posible transformar la familia paternalista en otra distinta? Soy incapaz de imaginarlo. Pero nos vemos abocados a ello. La necesidad obligará, porque la extinción no puede ser la alternativa.

domingo, 5 de octubre de 2008

Humanidad

El ABC de hoy contiene dos páginas dignas de mención y de repaso. Por eso las menciono.
La primera es el artículo de la Tercera, firmado por Eugenio Trías y titulado "El Libro de Job".
La segunda son en realidad dos y ocupan las páginas centrales de Los domingos de ABC. En realdad es una foto desgarradora: la multitud de subsaharianos rescatados por un buque español cuando se encontraban a la deriva en el Atlántico, en su huida desesperada hacia Canarias. Hay una columna escrita con energía por Alfonso Armada, que conoce África bien.
Las dos páginas nos hablan de la Humanidad. Y me han hecho pensar en otras épocas del periodismo español, cuando la mención al paro, las desgracias colectivas o las reflexiones morales eran rechazadas por los redactores con mando en plaza porque creaban malas vibraciones en la audiencia. No sé qué habrá mejorado ahora, desde luego no la sensibilidad de los directivos. Quizá sea que esos testimonios de inhumanidad son cada vez más numerosos, más dolorosos, más difíciles de ocultar.
Bueno, ahí dejo los links, para quien desee darse un baño de Humanismo.
He intentado recoger la tremenda foto de los infortunados (¿o son afortunados?) negros apiñados en la cubierta de un buque, pero no he podido.

jueves, 2 de octubre de 2008

No hay cultura elitista, sólo cháchara o inteligencia.


Mi vecina de escalera asegura con pesadumbre que no puede encender la televisión para no deprimirse.
Su marido y su hijo están en paro, y dice que no soporta ni las informaciones ni las tertulias en las que se habla de la crisis como una serie de golpe demoledores y sin visos de remedio.
Esta señora, que nos llama de usted a pesar de tener nuestra edad (medio siglo cumplidito), probablemente no haya leído muchos libros en su vida, porque no lo habrá necesitado. Como mucho, imagino, melodramas. Pertenece a esa masa inconmensurable de la clase media trabajadora sin más aspiraciones que vivir con desahogo. No es una intelectual. Los intelectuales, como debe de pensar que somos mi mujer y yo, le producimos respeto, temor o a lo mejor cierto rechazo, porque nos debe ver flotar en un universo que, siendo el suyo, no comparte en absoluto.
Ella nos ve como seres diferentes, porque los que creemos ser intelectuales queremos y luchamos por ser diferentes. Poseemos una biblioteca más o menos variada, padecemos de grafomanía, escribimos diarios o impresiones, tenemos blogs, nos consume la vanidad de ser originales, le damos vueltas al tarro sobre temas que la mayoría de la población considera superfluos (porque quizá lo sean). Eso es ser intelectual.
Ayer ejercí de intelectual.
Participé como ponente en la primera de una serie de conferencias organizadas por la asociación valenciana DONESenART. Se trata del III Festival Octubre Dones, dedicado este año a Manuela Ballester y otras creadoras olvidadas o minusvaloradas en razón de su matrimonio o de ser hijas o madres de artistas varones de renombre.
Al final de estas líneas está la nota de prensa que yo mismo he redactado, no para autopromocionarme (que también), sino para que los medios se den por enterados de unas actividades que la verdad son de una calidad notable, y perdóneseme la vanidad en lo que a mí me toca.
En la nota de prensa no digo lo fundamental: que en la sala de conferencias cedida por Bancaixa, cómoda, dotada de las últimas tecnologías de vanguardia, etc., no había más que siete asistentes, todos amigos o conocidos, menos una muchacha que nadie sabía cómo se había enterado de la conferencia.
Valencia y su entorno debe de tener un millón de habitantes. Al menos treinta o cuarenta mil de ellos deber ser “intelectuales”, como el que escribe este blog y aquellos que son tan amables de leerlo. Quizá sean más, pero tiro por lo bajo. La cantidad de actos culturales diarios en la ciudad y los pueblos (en realidad pequeñas ciudades) que la rodean debe de pasar de la docena. Todos ellos de interés semejante. Interés minoritario, selectivo, porque no todos los intelectuales tienen los mismos gustos ni las mismas pasiones.
Ayer sólo siete personas escucharon dos intervenciones interesantes, enriquecedoras para los que no conozcan el tema, y entretenidas (vuelvo a pedir disculpas por la inmodestia). ¿Qué significado podemos darla a esto?
Es muy posible que las otras actividades realizadas ayer por la tarde y poco publicitadas no tuvieran mayor éxito de público.
¿Es un problema de publicidad? Sí. Pero no es el mayor.
¿Es un problema de desinterés del público potencial? No. Por lo que se ha dicho antes de la variedad de gustos.
¿Es un problema de dominio de la zafiedad y el escándalo en las actividades intelectuales, que si no se aproximan al espectáculo se diluyen en el mar mediático? Es posible, pero tampoco creo que sea la clave.
¿Entonces?
Entonces sucede que la sociedad tiene una serie de instituciones que producen cultura, sobre todo la universidad y sus egresados, profesores de instituto o funcionarios o sencillos empleados que en sus horas libres se dedican a reunir material cultural o a enriquecerse leyendo o visitando museos y exposiciones. Estas personas producen interesantes ideas y desean transmitirlas.
Los actos culturales públicos, a mi parecer, tienen más sentido en lugares donde no suelen realizarse. En pueblos y en pequeñas ciudades. Mucha pasión debe sentir una persona por un tema, que viva, pongamos por caso en Manises, para acudir a una conferencia sobre el asunto en la Universidad Politécnica.
Yo pienso que hay que llevar la cultura a los barrios, a los pueblos, y que esas instituciones que hoy prestan sus locales y llenan de prestigio a los organizadores (un prestigio artificial, imaginario), y que en otras generaciones eran combatidas como enemigos acérrimos de la cultura y la ilustración popular, deberían abrir instalaciones más modestas allí donde la cultura no está presente. La cultura basada en el estudio, la investigación y la reflexión. Porque la cultura no está ausente de ningún sitio, por bárbaro que parezca. No hay cultura elitista, sólo cháchara o inteligencia.
Finalizo con los detalles del acto. Gracias por leer estas líneas.


Las mujeres artistas están infra-representadas en los museos

“Es materialmente imposible que el cincuenta por ciento de la población haya producido una parte infinitesimal de las creaciones artísticas de la humanidad”, aseguró el profesor Vicent Ibiza ayer, en la primera conferencia del III Festival Octubre Dones (2008).
Vicent Ibiza, profesor de Historia del Arte, es autor de una voluminosa y exhaustiva investigación sobre la presencia femenina en los museos y otras instituciones relacionadas con la creación plástica. En su exposición de ayer afirmó que los almacenes de los museos contienen un número significativo de obras de mujeres que pocas veces o nunca han llegado a exponerse en público.
También explicó que desde la Edad Media, cuando el arte gótico se convierte en un vehículo de expresión de la religión y la ideología en Occidente, numerosas mujeres, esposas e hijas de artistas trabajaron junto a los varones, incluso creando obra propia que luego firmaban ellos. Mostró diversos testimonios documentados en el Renacimiento español y en el Barroco italiano.
Este fenómeno empezó a desvelarse en el siglo XX, cuando hijas de notables pintores, como por ejemplo Sorolla, se convirtieron en artistas, que han pasado desapercibidas. El profesor Ibiza destacó el decisivo papel ejercido por mujeres artistas en la vanguardia española, muchas más de las que suelen darse a conocer en los manuales y en los catálogos.

Manuela Ballester, artista ensombrecida

La segunda intervención de esta primera actividad del III Festival Octubre Dones (2008) corrió a cargo del periodista Fernando Bellón, autor de una monumental biografía de Josep Renau, que saldrá publicada a finales de otoño.
Bellón destacó la calidad artística de Manuela Ballester, como retratista, dibujante y grabadora, que quedó oscurecida por la fama de su marido, y sobre todo por las obligaciones domésticas y familiares de Manuela. Lo cual no impidió que colaborara con Renau en sus creaciones artísticas, en los murales realizados en su exilio mejicano, y también en el trabajo de cartelista y publicista que realizó el valenciano para mantener la economía familiar a lo largo de su vida.

martes, 30 de septiembre de 2008

París, años 50, visto por Octavio Aceves


¿Quién no ha oído hablar de Octavio Aceves?
(La pregunta va dirigida a los enteraos del mundo mediático.)
Mejor aún, ¿quién no ha escuchado esa voz suya amanerada y porteña, de ritmos y tonos irónicos?
Octavio Aceves es doctor en Psicología y Ciencias Humanísticas. Autor de libros, artículos y contertulio de radio y de televisión.
Yo confieso que he leído pocas líneas suyas en periódicos. “¿Qué me va a enseñar a mí ese mariposilla redicho?”, me decía con vana altanería.
Pues bien, el otro día compré por precio de saldo El París de los 50, firmado y sin duda escrito por él (espero).
Lo hice con la misma mueca perdonavidas con la que me he resistido a leer sus artículos. “Vamos a echarle una ojeada a este rollete. Total, por tres euros…”
¡Sorpresa!
Es un libro extraordinario. Primero, bien escrito, con fluidez, sin pedantería. Segundo, lleno de evocaciones, de imágenes, de esa emoción auténtica que se siente por un tema. Se ve que Aceves ha vivido en París, ha vivido París y se ha enamorado de París. Y tercero, está lleno de datos, de referencias, de pequeñas biografías de intelectuales, artistas, modistos, políticos, filtradas por su sensibilidad y su experiencia, y por tanto mejores que las que se encuentran en Wikipedia.
Empieza con una introducción que nos sitúa en el contexto de los años 50, retrotrayéndose hasta el principio de siglo cuando el asunto lo precisa.
Sigue con una estupenda y nítida narración de la atribulada historia política e intelectual de Francia entre 1945 y 1958, año en el que De Gaulle impone la V República.
Luego siguen capítulos dedicados a los cafés de la Rive Gauche, a Saint Germain-des-Prés, a Coco Chaneel, a Juliet Gréco (a la que se ve que adora), a diversos cantautores, fotógrafos, cineastas de la Nouvelle Vague, y referencias casi eruditas, y muy bien traídas a cuento del ambiente literario e intelectual de París en el que navegaron con distintas derivas y fortuna personajes como Joyce, Sartre (de quien da una imagen amable), Camus, Queneau, Vian, etc.
En resumen, si alguien desea enterarse de cómo era París en la primera mitad del siglo XX y obtener una idea suficientemente rica de los personajes famosos de todos los pelajes que la habitaron, que no acudan a ensayos plomizos. Busquen El París de los 50, editado por Espejo de Tinta en 2005, y poseerán una joya. Una joya bien barata, porque se conoce que no se vendió en su día y ahora casi la regalan. Un hurra por Octavio Aceves

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Las Peroratas de Demetrius Wirth (2)


La perorata de aquella figura casi metálica, robot plegado sobre el asiento de eskai del departamento, se sucedía sin tregua, y me causaba somnolencia. Al recordarla ahora, me doy cuenta de que faltan trozos, pero la incoherencia del discurso puede que no sea responsabilidad de Demetrius Wirth, sino de mi atención discontinua.

Hasta los seis años de edad sólo tuve un desengaño serio. Fuera de él, mi infancia fue tan feliz que acabé por olvidarla, aunque su poso quedó almacenado, y cuando se desprende por esos movimientos emotivos de la memoria suaviza algunas contrariedades de mi vida adulta. Ignoro si la herida que produjo en mí el desengaño fue profunda y duradera. Lo cierto es que es el único acontecimiento que conservo grabado en la memoria de niño. Todo lo demás son vaguedades, sensaciones, olores, sueños, pesadillas. El desengaño tenía que ver con la confianza absoluta que se tiene en los progenitores y con el deseo de demostrarles el valor y el ingenio que ha aprendido de ellos. Pero lo tomaron como una temeridad transgresora y la reprimenda que me llevé me sumió en la perplejidad y la desolación.
Entre los seis y los nueve años, mis recuerdos son un tablero de ajedrez visto por un surrealista miope, una sucesión cuadriculada de claroscuros deformes cuyas líneas divisorias están borrosas. Los celos de una prima, a quien favorecían, menoscabándome a mí, que hasta entonces había sido el único y privilegiado vástago de la familia. La bofetada que me propinó una tía mía porque intenté convencer a mi abuelo que se sentara en una silla en cuyo asiento yo sostenía un clavo en punta, algo que a mí me debió parecer una broma formidable. La angustia que me produjo la gruesa enciclopedia que me dieron al iniciar mi primer curso escolar, al temer que debería aprender de memoria toda aquella suma de sabiduría inaccesible, incluidas las sugestivas ilustraciones. Luego, en otro colegio cuyas aulas se encontraban en un sótano, la protectora y benéfica presencia en aquella mazmorra de la señorita Elena, una mujer morena alta, desgarbada, y de buenos sentimientos, tan distinta de la señorita Gretel, rubia, menuda y atildada, una preciosa hija de extranjeros que despertaba la libido de todos los varones, desde los curas de la orden que dirigía el colegio hasta, sorprendentemente, los de sus propios alumnos, niños de cinco o seis años a quienes enseñaba a leer.
Y por último, la maldición de la Matrícula de Honor. Para pasar de primaria al Bachillerato Elemental había que realizar un examen. Y yo lo superé con un éxito inesperado. No recuerdo que la hazaña se me subiera a la cabeza, ni que llegara a considerarme superior al resto de los niños de mi clase. Pero a mis progenitores, el logro les debió parecer precisamente eso, y empezaron a meterme la idea en la cabeza de que, estando yo más capacitado que el resto, debería responder a esas excelsas expectativas.
Aquí empezó mi calvario escolar del que no me libraría hasta matricularme en la Universidad, años después. En ella encontraría otro calvario diferente. Pero también un calvario.

Me llamo Demetrius Wirth, pero quizá sea un alias.
No sé quién soy, ni dónde está mi casa. Fuera de mí existo. Ciega sombra. A tientas. Rodeándome a mí mismo, palpándome la piel en busca de rendijas. Aterrado. Consciente, Desahuciado. Prisionero de la eternidad. Casi rendido al triunfo anonadante de los días marcados en algún calendario de hojas negras, pegadas unas a otras con engrudo, que nunca se suceden, que no pasan, que cuelgan como un bloque de cemento de la pared del tiempo, en un rincón del mundo donde se lee mi nombre grabado con buril en el silencio.
Estoy fuera de todo. Soy una envoltura impenetrable. Soy la sombra que me engaña haciéndose pasar por oxígeno vital. Ciega sombra al acecho, que expulso con el aliento, que envío todo lo lejos que puedo sin saber quién es, quizá yo mismo u otro que continuará ahí hasta que muera o se disipe.
¡Vuelve al lugar del que escapaste! ¡Monstruo!
Mas… No.
Disculpa, Sombra. Espera. No te amohínes. Regresa. Si me abandonas tú, sucumbiría a la Nada.

martes, 16 de septiembre de 2008

Los Cristalibros de los Devoradores de Sueños



Termino de leer The Glass Books of the Dream Eaters, novela de aventuras e intriga fabulosas (en todos los sentidos) de Gordon Dahlquist. Según su propio autor es “literatura de género”; o sea, no es Literatura con Mayúscula; no está concebido por su autor como tal. Y sin embargo su escritura es excelente y se trata de un trabajo elaboradísimo; quizá le haya costado años concebirlo, escribirlo y revisarlo.
The Glass Books desarrolla el combate de tres protagonistas dispares y sin la capacidad necesaria contra los responsables de una tenebrosa y alquímica conspiración internacional, en una Europa vagamente victoriana, y en un escenario ficticio.
Disparidades. Miss Temple: una muchacha hija de un rico colono del Caribe. Cardinal Chang, un matón a sueldo. El Doctor Svenson, oficial de marina de un supuesto ducado germánico.
Ninguno de ellos se habría involucrado, ni solo ni en comandita, en las titánicas tareas de desvelar y destruir una conspiración internacional, y mucho menos con unos componentes de magia negra y mecánica de tornillos, tubos de goma, rarefacción de lodo tóxico y villanos implacables.
Es la condición básica de la aventura: el héroe lo es contra todo pronóstico, y forzado por unos acontecimientos ajenos por completo a él… Pero en cuyo torrente permanece por voluntad propia, una vez que ha descubierto el turbio propósito de los malvados… con la imposible esperanza de convertirse, por una vez en su insípida o indecorosa vida (en el caso de Chang) en un héroe. El héroe que jamás ha deseado convertirse en héroe, pero que una vez puesto en la tesitura lucha contra viento y marea para llegar a serlo; aunque sabe que tiene escasas o nulas probabilidades, algo que es un estímulo más. No saben que son héroes de novela, y que al final llegarán a conseguir su sueño, que su vulnerabilidad está en manos de un experto profesional, que les hará sufrir lo indecible, física y psicológicamente, pero que se cuidará con minuciosidad de no dejarlos completamente desasistidos… por la cuenta que le tiene como autor. Dahlquist responde a este reto literario con una energía, una tenacidad y un oficio extraordinarios.
La construcción de la novela es simple y eficaz. Tiene diez capítulos. En cada uno de ellos seguimos la historia a través de los ojos y la conciencia de uno de los héroes. Puesto que son tres y hay tres tramos, la multiplicación nos da nueve. El capítulo décimo es el desenlace, y el narrador amplía su visión. El total suma 753 páginas de apretado texto.
Nada más empezar la acción se transforma en una vorágine de persecuciones, peleas, tropiezos, apresamientos, escapadas, todo sorprendente e improbable (más bien imposible en términos reales, que no son los de la literatura, y menos todavía los de la literatura de género), pero tan bien engranado que el lector avanza a través del laberinto de peripecias con la pasión de un minero optimista.
Dahlquist se manifiesta escritor minucioso. Detalla las descripciones hasta extremos fotográficos. Quizá esté relatando la película que se ha debido de construir antes en su cabeza. Las indumentarias, las joyas, las armas, las expresiones, los movimientos de los personajes cuando pelean o cuando escapan en un globo por encima del mar helado. Sus sensaciones, sus perplejidades, sus inseguridades.
Dahlquist reserva un par de elementos de intriga para desvelarlos al final del libro. Como lector confieso que no los he acabado de entender, pero no me ha importado lo más mínimo; lo que me interesaba era la sucesión perfectamente encadenada de peripecias (ya digo, inverosímiles, pero muy creíblemente forjadas), en un crescendo magistral de sorpresas.
La atmósfera, el escenario es británico y decimonónico, igual que la redacción. Dahlquist debe de haberse hartado de leer a Dickens, a Wilkie Collins, y también los folletones y folletines de autores anglosajones hoy desconocidos para el gran público. Si fuera francés habría que pensar en Dumas, en Sue o en Verne. El lenguaje es rico, cuidadoso. Esto lo subrayo con admiración, porque cuando estoy escribiendo un relato, no hago gran esfuerzo en ciertos detalles que al final deslucen el resultado final. Dahlquist es una máquina humana en este cometido de no desdeñar lo que al escritor le parece aburrido y tiende a resolver de un plumazo.
La novela es una combinación genial de aventuras, intriga, erotismo y humor. Un humor sutilísimo, porque si el autor se pasa un pelín en su ironía, desmorona la endeble construcción que ha inventado y que mantiene en el aire sobre prácticamente nada que la sostenga.
Traduzco un comentario que he encontrado en Internet sobre la novela, porque me parece definitorio. “Este libro es como un cruce entre Wilkie Collins y Flash Gordon. Es casi imposible de dejar. Un autor que consigue que no se pare de leer, está dotado de un gran oficio y Dahlquist lo es.”
Para los interesados en el libro y en el autor, recomiendo una visita a esta página que contiene una entrevista y una declaración: http://www.meettheauthor.com/bookbites/1360.html

lunes, 8 de septiembre de 2008

Las Peroratas de Demetrius Wirth


Recuerdo
gráficamente (cromo impreso en mi memoria)
que cuando conocí a Demetrius Wirth llovía siempre y era de noche.
Viajábamos en un
lentiiiiiiiiiisimo tren
que paraba en estaciones donde estaba previsto que pasáramos de largo,
y lo desviaban a vías muertas para permitir el paso de trenes más rápidos.
Demetrius Wirth se presentó a sí mismo como un Hombre Conversador.
Además, era un charlatán de tomo y lomo.
Empezó a contarme historias nada más arrancar el convoy de la estación, y ya no paró de hablar en toda la noche.


Mi casa, dijo, está detrás de una iglesia de piedra caliza que se yergue a la orilla del río, separada de éste por una estrecha calle mal asfaltada y una línea de álamos. El río se llama Hudson, no es nada ancho y cruza la ciudad de norte a sur, a la sombra de los árboles y de los rascacielos, por debajo de puentes centenarios, del ferrocarril elevado y de las autopistas que conectan los extremos de la capital.

En mi adolescencia empecé a visitar los cafés y los billares, pero no me dejé ganar por su atmósfera. Encontraba aquellos ambientes chabacanos, sin ninguna particularidad ni rasgo curioso. Las cabezotas vulgares de los tipos flotaban en el pestilente humo del tabaco malo; sus bocas emitían palabras oscuras, nubladas por el alcoholismo, y era evidente que sus cerebros nunca serían capaces de hilvanar el más elemental de los raciocinios.
Toscos, enviciados por una existencia monótona, vagos sin ingenio, parásitos de los señoritos, jóvenes estigmatizados por una infancia pervertida, gentes de tropa, alegres y de paso fugaz.
Tal era el reparto de aquellos teatros de la holgazanería y el vicio.
Yo sentía la extraña injusticia de ser un hombre joven con percepción e inteligencia. Porque cuanto más profundizaba mi entendimiento en una circunstancia dada, más posibilidades observaba y menos sabía qué hacer. Era la claridad más odiosa y frustrante que imaginarse pueda.

Bajo la cuestecita que une mi casa con la calle Mayor, doy un rodeo para evitar los contenedores de basura y me enfrento a un dilema.
Si tuerzo a la izquierda, me adentro en un parque hecho a base de huertas con árboles frutales, ciruelos y cerezos, manzanos y perales, que corre por las dos orillas del Hudson. En los terraplenes que suben hacia el área urbana hay plantados almendros raquíticos, abandonados por los servicios de parques y jardines de la municipalidad. Un caminito de cantos sube entre ellos y algunas matas de espliego e hinojo hasta el viejo cementerio, más allá la iglesia de piedra y por encima de ella. Después del parque se extienden los barrios más sórdidos de la ciudad, agobiados por una red de vías y carreteras elevadas, que parecen tener presos los edificios en una mazmorra inmensa, sin límites ni solución.
Si tuerzo a la derecha, entro en un laberinto de calles comerciales. Las aceras están ocupadas por tenderetes donde se vende casi todo lo innecesario y algunas cosas imprescindibles.
Calle Veintidós. Dados fractales. De colores verde, rojo, azul y amarillo; algunos rectángulos negros, pocos grises, y un par de ellos donde una trama de puntos oscurece el dorado de una cara. Entre septiembre y octubre.
Calle de la Campana. Manos de artista manchadas de pintura. Una mano más grande que la otra. Grifos. Cajitas con seres humanos y escarabajos. Papel de pared de flores anacrústicas. También entre septiembre y octubre.
Altamirano. Series de grabados. Borrones. Ramas secas. Una niña subida a una de ellas y en difícil equilibrio. Sombras chinescas, quizá manos retorcidas, hombrecillos, renos, bisontes.
Calle Moscú. ¡La Fábrica de Chocolate del Octubre Rojo! Huevo barroco forrado de papel de plata verde chillón con lazo de granate todavía más chillón.
Colinas de Béverly. Ojos de Fidel Castro (buenos para el reúma). Pelo y cuello de John McCain (excelentes contra los mosquitos). Nariz, ojo y mandíbula de Henry Kissinger (recomendados para la diarrea). Boca de ministra de Asuntos Exteriores de Israel (Tzipi Livni, el mejor remedio contra las estafas). Piernas de Bashar al-Assad, (presidente de la República Árabe de Siria, duras como los cimientos de cemento armado).
Avenida de París. Steve McQueen pasa Hambre, lleva sin comer desde que le dieron un premio en Cannes, otro en Sydney, y luego en Jerusalén.
Gorrión, gorrión recortado sobre la niebla lejana. Impávido. Vigilante. Indiferente al invierno seco, marrón, pelado.
A diez el kilo.