Sensaciones, ideas y fantasías

viernes, 7 de marzo de 2008

Mi voto


Tumba de Rosa Luxemburgo en el "Ruhestätte der einstigen Sozialisten", lugar de reposo de los primeros socialistas, en el cementerio de Friedrichsfelde, Lichtenberg, Berlín .

Bombardier me quería llevar a una tertulia de caballeros. Una reunión donde los participantes no utilizan sus convicciones como un garrote en la polémica. Un lugar donde los argumentos de los contertulios más débiles no son motivo de rechifla. Un rincón donde se va primero a escuchar y luego a hablar. Un sitio donde se charla en voz baja y se bebe con mesura, donde la regla es la ponderación, y es excepción la estridencia. Un ámbito para el decoro, el juicio, el sentido común.
Una tertulia que sólo existe en la imaginación y en el buen deseo.
Sin poder distraernos en ninguna reunión de conversación amena, hemos hablado a rachas sobre el valor de nuestro voto en las inminentes elecciones generales.
Bombardier siente una gran inclinación hacia el materialismo filosófico del profesor Gustavo Bueno, y con frecuencia me hace resúmenes de ese arduo sistema de pensamiento, si bien encomiable.
La democracia realmente existente, me dice, nos permite a los ciudadanos sólo una cosa: depositar nuestra elección política, de entre las legalmente posibles, en una urna. Ahí empieza y acaba todo. No hay más democracia. No hay gobierno del pueblo. No hay otra participación posible. La “sociedad civil” es una entelequia. No hay otra intervención del ciudadano en el mundo político que echar una papeleta en una urna cada cuatro años.
¿Qué haremos el domingo, nueve de marzo? Participar o abstenernos. Si participamos, sólo podemos hacerlo, en buena lógica racional, con la esperanza de que los que deseamos que nos gobiernen lo harán mejor (o menos mal) que el resto de las opciones. Otra idea es absurda. Todas las promesas de beneficios y prebendas al por mayor (sobre todo las que emite sin la menor vergüenza el actual partido gobernante) de los aspirantes son humo. Hace falta ser un ignorante supino y un ingenuo incorregible para tomarlas en serio.
Si la democracia realmente existente es lo más parecido a una plutocracia, ¿tiene sentido votar?
Bombardier sostiene que sí, aunque es incapaz de razonarlo con consistencia. Es sin duda, una debilidad suya, de cuando militaba en partidos de la izquierda definida y se jugaba de verdad el tipo. Exactamente al contrario que hoy, cuando se puede ser progre, rico, guapo, joven, solidario, antisistema, multisexual, etc. y reventar los actos de los “fachas” y hasta machacarlos porque se lo merecen, pues son los enemigos de la Humanidad, y tal y tal. Todo ello impunemente.
La política no es un territorio reservado a los políticos, dice Bombardier. Igual que el arte o la filosofía o la poesía no son cotos para especialistas o para gentes con título oficial. No todo el mundo puede construir un puente, ni repara un vehículo a motor, ni hacerse una casa. Pero casi todo el mundo es capaz de convertirse en dirigente político, como la evidencia nos demuestra.
¿Qué diferencia a los dirigentes políticos de los arquitectos o de los ingenieros mecánicos o de los científicos?
Siempre han tenido más mérito y más valor los técnicos y los cinetíficos experimentales que los humanistas. Pero los segundos dominaban la palabra y esto les dotaba para dirigir a las masas. Luego dominaron la imagen, y finalmente esa poderosa combinación de ambos que son los medios audiovisuales electrónicos modernos.
“Aunque, en último extremo”, añade Bombardier con ese acento satánico de la izquierda de toda la vida (la de antes, claro), “quienes cortan el bacalao hoy y como ayer son los poseedores reales de la riqueza: los aristócratas, los terratenientes, los grandes industriales, los financieros sin fronteras… A quienes han servido los humanistas y los técnicos hasta que el bolchevismo acabó con la propiedad privada.”
“Pero la propiedad privada ha terminado acabando con el bolchevismo”, le digo a Bombardier.
“Esa es una evidencia que la izquierda ignora con terquedad. Pero no importa. El mercado pletórico ha transformado todo en mercancía. El arte, las ideas… todo. Las ideas más valiosas son las que alcanzan la lista de superventas, como si fueran novelas o libros.”
“Pero, ¿a quién demonios debemos votar el domingo?”, le pregunto con desesperación.
“Al que según tu recto saber y entender atribuyas mayor capacidad para la gobernar con juicio y para todos los gobernados, en el momento presente de España.”
“Entonces me abstengo.”
“No es ese mi consejo. Puedes votar nulo. Puedes votar en blanco. Pero votar. Es la única oportunidad que te deja el sistema para expresarte.”
“Si las ideas son mercancías, ¿es mi voto equivalente a dinero?”, le pregunto pensando en ponerle en un compromiso.
“En cierta forma, amigo”, me dice Bombardier. “El recuento de votos es como la recaudación de calderilla. El que más junte, se encuentra con una pequeña fortuna. Y la administra como le place o sabe, si es que sabe.”
“Pero, ¡cómo puedes hablar con esa indiferencia! España se va al garete.”
“Los progres lo niegan.”
“¡Los progres me tocan las narices!”
“Todavía tienes unas cuantas opciones cohesivas de España.”
Bombardier puede llegar a exasperarme con su imperturbabilidad, porque él sostiene que la neutralidad no existe.
“Pero, ¿tú a quién vas a votar?”, le suelto a bocajarro.
“Estoy pensando en una jugada que resultaría mefistofélica si se le ocurriera a muchos ciudadanos. Es dar todo el poder a los asnos que lo han tenido a medias durante los últimos cuatro años. Una mayoría absoluta votada con las peores intenciones. A ver qué haría el brujo de las zetas con los nacionalismos fraccionarios y con la desestabilización del mercado pletórico que se avecina. Seguro que su fracaso sería tan estrepitoso que hasta el más tonto de sus partidarios desearía su ruina. Pero esto no es más que una fantasía. La realidad es imprevisible.”
“Sí”, confirmo yo como un mono de repetición, “la realidad es imprevisible.”

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