Sensaciones, ideas y fantasías

domingo, 10 de febrero de 2008

LA LINTERNA MÁGICA

o el descrédito de los mass media

La fama de los periodistas en la opinión pública española dicen que es muy mala. La opinión pública, la gente, las personas, no creen casi nada en los periodistas. Esto es para los periodistas una catástrofe, pero para las personas que no creen en ellos es una bendición.

Imaginemos una sociedad o una fracción de una sociedad que creyera de buena fe las noticias que los periodistas sirven en los diversos medios de comunicación. Más tarde o más temprano acabaría idiotizada y se parecería bastante al monstruo social de 1984.

Que “la gente” desconfíe de los periodistas no es malo.

La opinión pública tiene de los periodistas una idea parecida a la que ha ido adquiriendo de los políticos. La palabra de un político es casi, casi, papel mojado. Los políticos, los periodistas y los vendedores de crecepelo forman parte de una misma categoría, a los ojos de la “opinión pública”. ¿Qué tiene de raro? ¿Qué tiene de malo?

¿Por qué es pésima la fama de los periodistas? Sólo hay que mirar un rato uno de esos programas en los que varios periodistas despluman a un gallo o gallina en la televisión. Generalmente el ave pertenece al corral del espectáculo o a ese otro corral construido junto a él, llamado del corazón, y que alberga a personajes difíciles de definir y clasificar, pues los hay aristócratas cultos y los hay analfabetos funcionales que se han metido en el corral a base de organizar escándalos.

Algunos periodistas dirán, ¡Esos no son periodistas! Pero nadie con dos dedos de frente les tomará en serio.

Hoy, periodista audiovisual, por ejemplo, es aquel que prepara para un informativo, sin dar la cara, piezas sobre una inmensa variedad de temas de actualidad (algunas de las cuales pueden llegar a ser información, pero esto es cada vez más raro), o aparece directamente en los medios comentando los temas de actualidad que un equipo de guionistas-periodistas ha preparado.

¡A ver qué hace este tío, mezclando periodistas con guionistas!, reaccionará alguien.

Yo no los mezclo. Se han mezclado ellos solitos.

Luego, están los periodistas de medios escritos, preferentemente en papel, aunque cada vez más en la textura inmaterial del hiperespacio. A primera vista, estos son periodistas “puros”. Pero si leemos con atención cualquier diario impreso, descubriremos enseguida que el famoso polinomio informativo (qué, quién, dónde, cuándo, porqué…) cada vez está más enmarañado con adjetivos, adverbios terminados en mente (sólo terminados), y notas de prensa emitidas por gabinetes de toda laya.

Hoy, cualquier bachiller puede ejercer de periodista, e incluso puede serlo. Recuerdo los tiempos en los que los periodistas defendían a capa y espada el carnet o el título. Poseerlo era equivalente a experiencia, a mérito, a formación. Toda esa polémica se ha reducido a polvo a estas alturas de la edad contemporánea.

Repito, hoy, cualquier bachiller puede ser periodista.

¿Por qué? La respuesta es obvia, porque no se necesita ni mucho talento ni mucha capacidad para hacer lo que hacen los llamados periodistas de los medios de comunicación de nuestro tiempo y de nuestro país.

¿Y cómo hemos llegado a esas simas profesionales?

Pues habrá que preguntárselo a los que han forjado el tinglado de los medios de comunicación de hoy en día, y también a los que han consentido y siguen consintiendo, claro.

Los primeros han empleado lo mejor de su imaginación y de su capacidad directiva para montar un aparato de recogida de datos, deglución y digestión de los mismos, y expulsión del producto resultante por algo que cada vez se parece más a un ano. Los consentidores se han hecho a la idea de ser publicistas, y han aprendido a trabajar según los criterios del cliente.

El periodista de hoy es un escribiente (o parlante o gesticulante) obediente, moldeable, reptante e inasequible al desaliento. Esto último es lo decisivo. Porque por muchos defectos que tenga un periodista es un ser humano con aflicciones, y al descubrirse un ser manipulado y manipulador a la vez, le entra una depresión de categoría magistral (la de los maestros y profesores de instituto). En esa circunstancia, estar inmunizado contra el desaliento es muy importante.

A mí, lo que más me sorprende de esos nuevos programas audiovisuales que se dedican a exhibir las astracanadas ajenas (y a veces, hasta las propias), no salen casi nunca de los corrales del espectáculo y del corazón. En ocasiones entran en el de la política, haciendo justa (pero fácil) burla de la incompetencia o de la imperturbable desvergüenza de los que nos dirigen a todos gracias a nuestro propio voto. Pero tampoco penetran mucho. No sé si por respeto supersticioso, por órdenes superiores o porque la vida política es tan inverosímil que resulta dificilísimo hacer mayor escarnio de ella que la que ella misma se ocasiona cada día ante las cámaras, los micrófonos y los blocs de notas.

¿Por qué esos programas tan divertidos, tan sarcásticos no se cuelan en las entrañas de las redacciones como fantasmas invisibles y empiezan a describir las rutinas de trabajo de los escribientes-parlantes-gesticulantes? Las de verdad, no las que salen en las teleseries impostoras.

Quizá fuera algo de un anacronismo siniestro, como asistir a una sesión de linterna mágica en el fondo de un pozo lleno de reptiles.

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