Sensaciones, ideas y fantasías

domingo, 20 de julio de 2008

Efectos benéficos de la informalidad



El encanto de la Bruni

Imagen tomada del suplemento dominical digital de La Vanguardia







Nunca he podido contestar a la pregunta de si determinados cambios formales que experimenta la gobernación de los países adelantados son algo más que cosméticos.
Por ejemplo, el matrimonio del presidente de la República Francesa con una modelo y cantante de familia rica y de nacionalidad italiana.
Una compañera de trabajo asegura con una rotundidad que hace pensar que conoce el paño, que ese matrimonio es un montaje mediático y que se ha hecho a beneficio de ambas partes.
Yo no me atrevo a tanto. Pero me desconcierta el fenómeno.
¿Es un acto deliberado para acabar con la sacralidad de una institución tan distante y esplendente como el podio del Rey Sol? ¿Se nos quiere hacer creer que porque un príncipe heredero se case con una periodista y un presidente con una chica mona y autosuficiente (aunque de buena familia), es decir, porque esos personajes den muestra de ser ciudadanos corrientes, se ha producido un cambio cualitativo en la gobernación de los occidentales ricos? En otras palabras: ahora sí que no hay diferencias de verdad, ya nadie tiene por qué esconderse tras la hipocresía. La democracia ha desanudado sus últimas ataduras, los políticos y los reyes en la intimidad son como todo el mundo.
Esta última conclusión, de ser cierto el razonamiento de los escépticos, sería una perogrullada.
Pero sea lo que sea, el hecho es que los gobernantes no quieren aparentar ser distintos de los gobernados.
A mí me parece que es una reacción instintiva e inteligente del Sistema, no una estrategia diseñada por un grupo de publicistas a sueldo.
Nada ha cambiado en nuestras vidas porque veamos a nuestros augustos dirigentes ponerse los cuernos, enamorarse de plebeyas, hacer vida de matrimonio progre, sentirse tristes y confesarlo, etc. Ni cambiará.
Cambiará nuestras vidas la carestía de los alimentos o de la energía, el desempleo, la acumulación de beneficios de las grandes empresas financieras mientras las bolsas se derrumban, el incremento desaforado de nuestras hipotecas, la emigración desesperada de subsaharianos...
Pero desde que el mundo es mundo, los gobernantes se han comportado como seres humanos orgullosos o desvalidos, sofocados por su ambición o perdidos en la irresponsabilidad. Tristes y felices. Maleducados o corteses. La literatura de los últimos treinta siglos se ha alimentado de las tribulaciones de los reyes y potentados y nos ha deleitado con ellas.
Hoy la literatura es un espacio reservado para los esteticistas ladrilleros o para las historias de acción e intriga. Así que los grandes hombres y mujeres han perdido cancha, espacio cultural, y han debido de hacerse un hueco en el mar cromático de la desolación, también conocido por "del corazón".

Puértolas y el Fútbol

En el mismo semanal donde he encontrado inspiración para esta entrada, el Magazine de La Vanguardia y otros diarios hay un artículo de Soledad Puértolas titulado "Fútbol sin Muros". La reconocida literata zaragozana evoca sus recuerdos infantiles en relación con ese deporte, que constituía un ámbito cerrado en el que sólo podían entrar varones, como su padre o sus tíos, que se enzarzaban en gritonas discusiones después de la comida de los domingos, y luego se iban al campo de la Romareda, del que volvían tristes o contentos, según el resultado, pero siempre algo borrachos.
Dice Puértolas que a ella le intrigaba el asunto, y que convenció a su padre para que la llevara un día al fútbol. No vio nada, porque era bajita, y se aburrió soberanamente, a pesar del espectáculo de los hinchas dando gritos, levantándose a saltos y agitando los brazos como posesos.
Confiesa Puértolas que, a pesar de todo eso, vibró el día del partido España Alemania, del reciente campeonato Europeo de Fútbol. Anoto esta especie de argumento.

Ya no son las celebraciones de antes, vivimos en una sociedad abierta, porosa, con más mezclas y menos solemnidades. Ha triunfado la informalidad. Han tenido que suceder cambios decisivos para que se derribaran los muros que lo compartimentaban todo. Lo que me mantuvo durante horas frente al televisor el día de la celebración –que seguí casi con más atención de la que, un par de días antes, había seguido el juego del campo– eran las caras felices de los jóvenes futbolistas. ¿Qué celebraban? No sólo haber ganado, sino haber jugado bien.

La informalidad ha convertido en un instrumento liberador de inhibiciones, de menosprecios y de prejuicios. Qué fácil ha resultado descargar nuestro sectarismo y nuestra angustia.
¡Quién lo iba a decir!

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