Sensaciones, ideas y fantasías

viernes, 22 de agosto de 2008

La mirada surafricana

Me envía Bombardier noticias desde Suráfrica.
Resulta ser una de sus bromas, porque me había dicho que pensaba ir de visita a la Expo de Zaragoza. Quizá más que broma debería calificar estas noticias suyas de metáfora antigua, de esas que ya no se encuentran más que en la sección de Referencias de algunas bibliotecas.
Pues sí, Bombardier ha estado en la Expo, se ha agotado en la Expo, ha disfrutado de la Expo y ha abominado de la Expo. Todo esto en menos de 24 horas.
En la Expo de Zaragoza cada país, cada región española (hoy, autonomía e incluso nacionalidad) expone.
En las ediciones de antaño lo que los exhibidores exhibían eran manifestaciones de progreso: máquinas útiles, innovaciones domésticas, planificaciones urbanas. Procedían a la exaltación de lo propio con un aparato de fotografías y carteles o de reportajes cinematográficos. Y a la salida, regalaban folletos propagandísticos con excelentes y tópicas ilustraciones, objetos absurdos como abanicos de cartón, y quizá una degustación local, una raja de salchichón, un vasito de vino.
Hoy, el progreso ya no son máquinas ni utensilios prácticos ni trocitos de morcilla. Hoy, el progreso se reduce al turismo y al consumismo de lo mismo.
Así que la mayoría de las representaciones o artefactos que se ofrecen al visitante (que ha pagado 35 eurazos por entrar, salvo Vips y periodistas acreditados) son folletos turísticos y cachivaches a la venta: collares de ónice o de piedras semipreciosas o de ámbar, pendientes de lo mismo, plata a montones en los países de constitución islámica, productos envasados, ropa regional-global, cosa así. La expo moderna es el mercado moderno a escala regional, para que las cosas parezcan distintas cuando a lo mejor están fabricadas en el mismo sitio por un chinito que aspira a comprar una videograbadora digital.
Vaya usted a la Expo de Zaragoza y recorra en un día o dos o tres, si es que no ha sufrido antes un colapso, el mundo entero. Eso sí, guardando las debidas colas, como cuando se toma un avión en época turística.
Y hablando de aviones. A Bombardier le cogió en la Expo el espantoso accidente de Barajas. Lo daban en todos los monitores de televisión, así que era casi imposible no enterarse, aunque hubo muchas personas que sólo conocieron la catástrofe a última hora de la noche, al reencontrarse con los amigos o parientes con los que había entrado por la mañana, para regresar a casa en el mismo coche.
Lo más alucinantede esa noticia llegó un día después.
Admiróse Bombardier de la zarabanda mediática que se lió con los brazalestes olímpicos y la bandera a media asta. Tormentas de comentarios enfáticos, conexiones en directo y en indirecto, filípicas, entrevistas a unos y a otros con una conclusión preestablecida, que el Comité Olímpico estaba compuesto por seres despiadados, inasequibles al desaliento de los españoles ante el accidente aéreo. ¿Tan mezquina es la imaginación de los editores y redactores jefes que han de recurrir al cruce absurdo de dos acontecimentos opuestos para llenar espacio de planas?
Dice que le pareció tan fuera de lugar, tan retorcido, tan prescindible, que se sintió superado por el efecto, chafada su capacidad de reacción por la apisonadora mediática.
Yo, también.
Hoy he leído en ABC un magnífico artículo de Benigno Pendás sobre el tema. Lo recomiendo vívamente por su elevado sentido moral y filosófico.

domingo, 17 de agosto de 2008

La Guerra del Cáucaso

Todos aquellos que leen periódicos, bucean en Internet y escuchan la radio para informarse (la televisión no informa, repite o sugiere estereotipos noticiosos), se han podido hacer a estas alturas de agosto una idea de lo que pasa en el Cáucaso.
Sorprendentemente, los analistas de los medios más esquinados unos a otros, casi coinciden en los diagnósticos.
Unos diagnósticos imposibles de resumir, porque los intereses en juego en el Cáucaso están muy enredados en las estrategias internacionales de las potencias. Tienen que ver con el conflicto de influencias entre Rusia y los Estados Unidos (la Unión Europea ejerce de nuevo de observadora con las manos atadas), las vías de acceso al petróleo, las viejas pendencias del imperio soviético, el amor propio de los rusos, tumefacto después de la independencia de Kosovo, y la incompetencia y mala voluntad de los políticos en ejercicio en el Cáucaso, en especial de ese sinvergüenza ambicioso que preside Georgia.
Sigo echando en falta yo, no obstante, la reacción de la calle ante un conflicto que algunos analistas califican de ensayo de III Guerra Mundial, a mi juicio con hipérbole mediática, para que se hable de ellos.
La conciencia pública. Las ansias infinitas de paz. La Alianza de Civilizaciones.
¡Ah! ¿Pero existe una conciencia pública?
¿De qué alma o almas procede ese ansia infinita?
¿Qué Civilizaciones? ¿Qué Alianza?
Me refiero en mi sarcasmo, evidentemente, a la izquierda divagante, a los demócratas fundamentalistas. En una palabra, al ejército sin contabilizar de progres, dispuesto siempre a desfilar en las manifas del arcoiris y en esas otras a las que acude con las manitas pintadas de blanco.
No me refiero a los millones de fachas que solían ocupar el pavimento hace un par de años. De todos es sabido que los fachas carecen de conciencia social o pública, que disfrutan con los conflictos armados (las guerras, demonios, seamos claros) y que no quieren aliarse con ninguna civilización que no sea cristiana. Así que no cabe escandalizarse del silencio de estos ocupantes de la calle, entre otras cosas porque la suelen ocupar por razones inmediatas y próximas, no por líos lejanos.
Pero, ¿por qué no protestan los amantes de la paz? ¿Están acaso de vacaciones en los frentes de Osetia, haciendo de intermediarios? ¿Se han apuntado a oenegés filantrópicas y resolutorias de conflictos y dedican sus energías a entrenar a los violentos tercermundistas en la armonía universal?
No. Qué narices. Están de vacaciones. Y no precisamente en Benidorm, sino en sus segundas residencias fresquitas de los sistemas montañosos. Ajenos, ciegos, sordos al Cáucaso. Y con sus manitas limpias metidas en los bolsillos.

miércoles, 13 de agosto de 2008

A propósito de Henning Mankell


La tentación de leer una buena novela de evasión es demasiado fuerte cuando se está de vacaciones, y es lícito entregarse.
Ojeando y hojeando gangas inaccesibles (libros en alemán) en la librería Jokers, de Karolinenstrasse, atrajo mi mirada una novela de Henning Mankell, de quien había oído hablar bien a un amigo conocedor del género. The Withe Lioness. Pague mis 7.99 euros y me la llevé a Karl May Weg, donde vive mi hija con su marido y su bebé. (El título de esa calle de Nuremberga despierta mi antigua y nunca satisfecha curiosidad por leer alguna aventura escrita por aquel Salgari alemán.)
La acabé en tres días, poco antes de aterrizar en Valencia de vuelta. Y estoy muy satisfecho de haber conocido a Hening Mankell y haber disfrutado de su habilidad literaria.
A la claridad explícita del autor sueco (la frase más larga que he encontrado tiene cuatro líneas de texto y se compone de una oración principal y tres subordinadas) se añade su dominio del suspenso, que es la clave de estas novelas de género: tener en suspenso al lector con peripecias sorprendentes, verosímiles y en adecuada secuencia, y arrastrar la intriga hasta la página final.
El secreto de esta técnica es una mecánica creativa muy experimentada, pero dominar el oficio es tan difícil y meritorio como ser un buen lacador o un buen tornero. La leona blanca tiene tres o cuatro momentos de atrevida incoherencia, sobre todo la pedrada final. Pero no constituyen defectos descalificatorios. La novela es una pequeña obra maestra, si se mira con magnanimidad, que es como se han de mirar las creaciones artesanales y artísticas (cometo redundancia, por puro sometimiento a la convención elitista).
El efecto secundario que ha provocado esta novela de Hennig Mankell en mí es evocar Suráfrica. Mankell la conoce bien, porque es (o era) director del Teatro Avenida de Mozambique, algo que debe tenerse en cuenta para entender mejor al sueco.
Mankell saca hablando y pensando a Frederik De Klerk, el último presidente blanco de Suráfrica, que suprimió el apartheid de un plumazo. Pero además se mete en la piel de varios afrikáner y boere (los descendientes de los primeros colonos holandeses), y lo hace con gran competencia.
La aristocracia afrikáner fue la responsable de la segregación, que era idéntica a la que practicaban los británicos en sus colonias americanas, indostánicas y luego africanas. Pero los afrikáner fueron sobre todo consecuentes con su convencimiento de que pertenecían al segmento escogido por Dios para civilizar el continente negro. Los ingleses sabían que los indios, los hindúes y los negros no estarían nunca dispuestos a asumir la cultura europea. Y con una piel de cordero paternalista se aprovecharon de la inferioridad cultural y tecnológica de sus colonizados. La piel de cordero consistía en la invención de historias misericordiosas y altruistas de negritos que descubrían la virtud acuñada por los europeos al cabo de los siglos.
Los afrikáner fueron cualquier cosa menos hipócritas. Los más desalmados de entre ellos fueron cínicos, pero cínicos hay en todas las civilizaciones, incluida la zulú y la xhosa. Para ellos el apartheid era la solución ideal para que cada raza evolucionara a su propio ritmo, aprovechando la inferioridad cultural y teconológica de la mano de obra negra (y su abundancia) para vivir como pachás. El personaje afrikáner principal de La Leona Blanca es un alto cargo de los servicios de seguridad del estado surafricano, que intenta por todos los medios hacer descarrilar el tren que De Klerk puso en marcha para sacar el país del apartheid. El perfil de este ser de ficción es de una moralidad nítida, nada retorcida. Un hombre íntegro, con principios, convencido de su razón hasta la crueldad (hacia sus enemigos, claro). Lo cierto es que muchos afrikáner poderosos eran así. Estaban seguros de que dar el voto a los negros no sólo les arruinaría, sino que transformaría la democracia ateniense surafricana (de los ciudadanos con título de tal) en un caos. Básicamente porque los negros surafricanos carecían de cultura democrática, sus principios eran otros, sus ideales estaban a años luz de los de los blancos.
Esto más que un temor es un hecho irrebatible. El mundo actual está lleno de “democracias” nominales, porque para los despabilados de sus líderes es la mejor forma de que les dejen en paz los demócratas fundamentalistas que dominan la palestra intelectual del Occidente Rico. A saber: Rusia y la mayoría de sus ex-satélites, media Hispanoamérica, casi toda Asia, y algún país africano, como por ejemplo, un-dos-tres, Suráfrica.
Si en Suráfrica el sistema parlamentario se mantiene con menos lacras que en, digamos, Kenya o Zimbabwe, es porque el porcentaje de blancos es mucho más alto y porque la personalidad de Mandela fue clave en todo el proceso.
A Mandela sus perseguidores le acusaban de comunista. En este caso sí se les puede acusar de hipócritas. Sabían perfectamente que Mandela era un demócrata y admirador del sistema de Westminster. Era el que deseaba para su frágil y emergente patria. En realidad, el sistema holandés del siglo XX era (y sigue siendo) equivalente al británico en términos democráticos convencionales. Pero los africanos como Mandela habían sido dominados y humillados por boere, y todo lo que oliera a holandés les debía de parecer apestoso.
Los colonos ingleses de Suráfrica, brutalmente dirigidos por la oficina del Imperio en Londres, primero intentaron apropiarse del territorio y de someter a los afrikáner, llegando a internarlos en los primeros campos de concentración modernos en la guerra de los bóer. Y luego de haber establecido su poderío, se aprovecharon del apartheid para vivir como reyes del mambo a costa de los negritos, a un puñado de los cuales educaron en el idioma del imperio, enseñándoles las bondades de su sistema parlamentario. Mandela fue uno de los del puñado. Y creyó en la educación que le daban.
No es que Mandela fuera un ingenuo, pero sí representó el papel de uno de esos hombres que dirigen el curso de la historia por los caminos menos tortuosos. Por establecer una comparación pertinente, la personalidad y la moralidad de Mandela sería exactamente la opuesta de la de Pujol, Ibarreche, y sus comparsas.
Mandela no era comunista, pero tampoco era un ingenuo, como acabamos de decir. El creía que la democracia a la británica podía llevarse a cabo en Suráfrica, mediante un proceso de educación popular. Pero para ello era preciso que los negros adquirieran conciencia de su poder potencial. Y la única manera de llevar a cabo este programa era aliándose con los comunistas, porque los comunistas aquí y allí han sido siempre la punta de lanza de la revuelta o la revolución contra el orden establecido por la burguesía en Occidente y en sus colonias. Así se fundó el Congreso Nacional Africano, una especie de Frente Popular en el hemisferio sur, que funcionó… gracias a los comunistas.
De este modo hoy vemos una Suráfrica en la que los blancos siguen teniendo influencia y en la que una elite de negros intenta colocarse a su altura o desplazarlos poco a poco, o llegar a un compromiso con ellos. ¿Y qué pasa con el pueblo? No lo sé, he perdido la buena relación que tenía con Suráfrica. Tengo entendido que la condición de los negros ha mejorado algo, pero no tanto como Mandela había deseado. De modo que sigue siendo una democracia ateniense, pero con una mezcla de razas en la cúpula.
Por cierto, esta novela de Mankell me ha permitido evocar un episodio interesante de mi vida profesional. En 1991 entrevisté a Nelson Mandela para Televisión Valenciana. Me costó semanas de gestiones conseguirlo, después de permanecer un mes entre El Cabo, Johannesburgo y Pretoria, regresar a España y tener que volver a toda prisa, porque la fecha concedida era inaplazable.
Elaboré un cuestionario lleno de preguntas tremendas. Al llegar a la sede del ANC, en un pulcro y moderno edificio de una calle céntrica de Johannesburgo, me encontré que tenía que compartir la interviú, de no más de media hora, con un periodista serbio (me habían dicho yugoslavo, aunque él dejó claro que era serbio, pero yo no me enteré del significado de esta precisión hasta pasados unos meses, cuando Yugoslavia estalló como un globo). Entonces se me ocurrió la peor idea de mi vida, y que cuento a continuación por si lee esta bitácora algún periodista en ciernes. Entregué al yugoslavo una copia de mi interrogatorio con el objeto de que él no repitiera las preguntas que yo iba a realizar.
¡Tonto! ¡Tonto!¡Tonto!
Lo que hizo el tipo (yo creo que desde entonces les he cogido una injusta manía a los serbios) fue limitarse a leer las preguntas que iban a continuación de las que yo le hacía a Mandela.
Sin embargo, la impresión más importante que me dejó aquella entrevista a un hombre que formará parte de la historia fue que la historia estuvo ausente de ella. En otras palabras, que mi entrevista no fue histórica en absoluto.
Mis preguntas, lo aseguro, eran una sucesión de disparos para que aquel grande hombre no pudiera evadirse de los temas candentes. ¡Y se escapó con la habilidad de un zorro! Mi entrevista se convirtió en una sucesión de respuestas diplomáticas y evasivas contra las que yo no podía hacer otra cosa sino reconocer la habilidad política de aquel personaje.
Invito al lector/lectora a que haga un sencillo ejercicio. La próxima vez que tenga oportunidad de escuchar, ver o leer una entrevista con un importante político, hágalo como si leyera la declaración de un testigo de cargo.
Descubrirá lo útiles que son las palabras para no decir nada.

lunes, 11 de agosto de 2008

Guerra inexplicable en el Cáucaso

De vacaciones, y muy entretenido y a gusto con mi nieto Jannik, me entero de la guerra del Cáucaso. Rusos contra georgianos por el honor y la causa de los osetios del sur. Esto suena tan inverosímil como que el estado ruso tiene cuentas pendientes con el estado georgiano, que se quiere apropiar del estado (¿) de Osetia. Palabras. Excusas. Tonterías. Leo que la circulación del petróleo tiene que ver con el bélico asunto. No lo creo.
Cual es la razón, entonces, de tamaño disparate atroz?
Echaremos mano del materialismo histórico, del viejo y del nuevo marxismo, de la lógica que rigió en aquellas tierras durante siglos, porque Georgia y Osetia y su santa madre pertenecen al imperio zarista desde hace mucho zares. Indagaremos en los recovecos del nacionalismo. Compararemos con los Balcanes. Miraremos de soslayo a Cataluña y a las Vascongadas.
Ni por asomo buscaremos explicaciones en la biblia de la paz universal y eterna del zapaterismo dominante. El materialismo histórico, el viejo marxismo, el liberalismo yancófilo pueden dar razones más o menos consistentes a este absurdo conflicto. Pero Zapatero o Moratinos, no, por favor! Aunque, la verdad, si no fuera por el dramatismo del evento, me gustaría que aventuraran alguna teoría para reírme del chiste.
Los ejércitos se han puesto en movimiento (si hay ejército, hay estado), han empezado a usar las armas. Decenas de personas están muertas, y decenas más se unirán a esta locura injustificable (porque, aunque al final averigüemos o seamos capaces de diagnosticar las causas del mal, dudo que alguna de ellas valga la pena uno solo de los muertos).
Nacionalismo. Tribalismo larvado. Viejísimas cuentas pendientes. Ambición imperialista. Control de las fuentes de la energía. Ineptitud de unos gobernantes dementes. Negocio armamentístico.
De todo esto habrá. Pensar que aquí no seríamos capaces de perder el juicio hasta ese extremo es una soberana soplapollez. El juicio no vale un pimiento cuando la razón está escondida bajo toneladas de demadogia o de fantasías pacifistas.
No se manifestarán con las manos en alto los creyentes en la paz universal? No valen tanto los muertos osetios, rusos o georgianos como los nuestros? Nadie convocará una protesta ante las embajadas o lo que sea, de los estados implicados, de todos, exigiendo que dejen matar inocentes y de tomarnos el pelo sobre quién ha empezado primero y quién lleva la razón verdadera? Sólo hay que echarse a la calle si son los yanquis y la poderosa OTAN la que intenta resolver viejos conflictos a bombazo limpio? Tenemos que resignarnos a que los hutus, los tutsis, los albano-kosovares, los haitianos, los serbios, los osetios, los abjazos mueran como chinches porque no tenemos ni repajolera idea de quién y por qué les induce a matarse?
Viva la paz. Viva la paz universal del idiota militante que selecciona las guerras entre las que sí entiende, porque tienen por causa la perversidad del mundo rico, y las que merecen olvidarse porque dan mucho trabajo a la inteligencia y no responden a consignas progres.

domingo, 10 de agosto de 2008

Sonntagsmorgen in Nürnberg







Conozco Alemania desde hace 40 años, y desde lejos he seguido sus transfiguraciones. No he dejado de visitarla desde entonces, con diferente frecuencia, pero nunca con tan poca asiduidad como para dejarme sorprender por los cambios. Y sin embargo, cada vez que recalo en estas tierras milagrosas, me siento tan fascinado por ellas como la primera vez.
Cómo es posible esto si Alemania es una de las viejas naciones europeas más fieles a sí misma? Mucho más que Italia, bastante más que Francia y algo más de Gran Bretana. Tan sólo los países nórdicos deben perseverar intuitivamente en su identidad más que Alemania.
Me refiero a lo que se ve, pero también a lo que se siente, a lo que se percibe a través de vaya usted a saber qué terminales nerviosas, quizá más síquicas que físicas. Pero la psicologia de un individuo cambia con el paso de los anos. Y yo reacciono a los estímulos alemanes exactamente igual, siempre: me admiro, me conmuevo, me enamoro. Una única y poderosa novedad: cuando yo tenia 18 anos y conocí Alemania me figuré viviendo en ella, aunque sabía que no era más que un sueño, ni siquiera una aspiración; hoy, sin habérmelo propuesto, una parte de mí se ha instalado en Alemania. Se llama Jannik y es mi nieto. El destino (que no es más que una fantasía) me ha gastado una estupenda broma.
Hoy domingo, como ayer sábado, he colocado a Jannik en el carrito y me he largado a pasear con él por el barrio de Thon, para que sus padres duerman un ratito más. Pasado manana cumplirá seis semanas y todavía da un poco de lata por las noches.
Dos pasatiempos me entretienen en estos paseos matutinos por calles que se parecen más a caminitos de jardines envueltos en un aura de silencio que a calzadas urbanas, si borramos del retrato los vehículos aparcados. Uno es observar con fascinación los gruñidos, los gestos y las muecas de Jannik. En dos minutos puede pasar de la desesperación a la beatitud, a través de una escala de expresiones que abarcan la sonrisa, la ironía (puede tener un bebé este sentimiento?), la rabia, la sorpresa, la decepción, la risa franca (por qué?, qué clase de estímulos interiores, de ensuenos, enviaran mensajes a sus músculos faciales?). Jannik también hace gimnasia sin cesar, salvo cuando esta profundamente dormido, que es algo súbito, transitorio. Estira y encoge los brazos, las piernas, aprieta los intestinos para expulsar los aires, se revuelve de un lado a otro como si le picaran hormigas, bosteza y finalmente arranca a gemir o a llorar como está haciendo ahora mismo, mientras termino este párrafo.
Qué pasa, Jannik, bonito, Delikatessen? (Todo el mundo dice que está para comérselo, y dice bien. Qué significado tendrá este sentimiento? Es el canibalismo la suprema manifestación del amor? Sea. Pero que todo se quede en meras invocaciones.)
Empuja y se retuerce. Si pudiera hablar me diría, que estoy estreñido, abuelo, y necesito hacer caca. O, qué no ves que estoy muerto de hambre? Haz el favor de llamar a mi Mutti para que me enchufe la teta.
El segundo pasatiempo en estos paseos es observar el paisaje, en realidad una sucesión de callejuelas y pasadizos entre hotelitos (y hotelazos), jardines adornados con todo tipo de flores, macetas y maceteros, aditamentos, porches, cenadores, arbolitos decorativos, árboles de siete u ocho metros de envergadura. Son abetos, olmos, tilos, acacias, alerces. Lo digo un poco al azar. Nunca he podido retener en la memoria más allá de seis o siete tipos de árbol. Los árboles de los jardines alemanes pueden llegar a ser majestuosos. Algo que contradice el aire burgués, incluso pequeño burgués, de estos jardincitos doblemente contradictorios. Porque uno puede pensar que aquí habitan médicos, ingenieros, aviadores, profesores de universidad aficionados a plantar calabayas y enanitos. Pero no, a veces, en la valla de uno de estos hotelitos hay un cartel que identifica a su dueño: un fontanero, un jardinero (esto se ve, el hotel tiene al lado un vivero con invernadero de cristal), un solador... Son trabajadores posiblemente autónomos, que han reunido una fortunita a lo largo de su vida y la han convertido en vivienda de cuento.
Esta es la expresión definitoria: de cuento. Estos escenrios son de cuento. El verano alemán es de cuento. Las personas con las que te cruzas en los caminitos húmedos donde el sol se filtra amablemente a través de enredaderas, de hiedra o de arbolitos cargados de manzanas, todo eso es de cuento.
Existe una realidad de cuento? Que realidad es esa? La infantil, la de los Jannik del planeta, sobre todo la de los Jannik a quienes no les falta ni un pañal en Europa.

lunes, 4 de agosto de 2008

Mi azotea es mi jardín




Mi azotea es un jardín. En puridad, mi azotea es nuestro jardín, o más bien la azotea-jardín de Antonia, que le cuida, le riega y le mima. Las filas de macetones con repolludos geranios y selváticos dondiegos forman largos arriates pegados al parapeto que da a la calle. Colgados de él, más geranios multicolores, más dondiegos, petunias…
Varios árboles se asoman al vacío, que en realidad está lleno de casitas bajas, de edificios de pisos más feos que pegar a un padre, de repugnantes vehículos en tránsito con los altavoces zumbando fuerte, y de jóvenes bípedos chillones, sobre todo de madrugada.
Tenemos un mandarino, un olmo, una higuera milagrosa (porque la dábamos por muerta y resucitó), un algarrobo, un manzano, un olivo y varios proyectos de cinamomos y de jacarandás.
Lo demás son rosales, clavelitos chinos y claveles españoles, cactus varios y plantas suculentas que no puedo nombrar, potos, alegrías de la casa, hiedra, pelos de la bruja, coleo, cintas, amor de hombre…
Y algunos experimentos tropicales que de momento han cuajado y se estiran con determinación, como una papaya, un aguacate, una chirimoya.



Desde el jardín veo trozos de huerta, interrumpidos por masas de ladrillo que a veces adquieren perfil de fortaleza, un panorama de urbanizaciones y también el mar: a la derecha, el lejano puerto de Valencia del que sólo se ven las grúas, como una bandada de pájaros metálicos imperturbables; a la izquierda, la línea de la sierra Calderona descendiendo en ondas irregulares hasta la montaña de Sagunto, con su corona de baluartes desdentados, que sólo se distinguen con binoculares y desde un rincón excéntrico de la terraza.


Este panorama que rodea a mi terraza alcanza el instante de máxima hermosura los domingos a eso de las nueve. El sol todavía no pica, el cielo empieza a limpiarse de las brumas matinales, y domina la paz y el silencio de los pajaritos después del ajetreo inhumano de la noche de fiesta.
Por la calle no pasa nadie, salvo algún ciudadano madrugador y virtuoso. La basura noctámbula descansa cada una en su estercolero particular: borrachos y borrachas abatidos en sus piltras, conductores y conductoras mudos y ensordecidos después de una madrugada de batalla antiaérea, perros roncos y agotados por la noche interminable de amenazas y pánicos. Las terrazas aledañas reciben al sol despatarradas, sucias, como rastros saqueados, después de horas de juerga y solaz estrepitoso.

En el horizonte de las urbanizaciones, se mueve con suavidad un tranvía: emerge de un telón de casas, circula con elegancia curva sobre un puente, se mete en un bosquecillo de pinos, reaparece y vuelve a perderse en el laberinto de un barrio lejanísimo.
Un reactor de pasajeros atraviesa el firmamento azul. En línea perpendicular viene otro y forma una cruz que parece marcar el día como si hubiera pasado o como si estuviera maldito.
De la huerta llega el silbido de un convoy de Metro al pasar por un paso sin guarda. Aguzando la vista se puede ver al gusano grisáceo reptando entre naranjos, cruzando acequias, saludando a las alquerías centenarias que se desmoronan sin un gemido.

La vista de la que gozo desde mi jardín evoca imágenes amables de vieja enciclopedia. Unas imágenes de mi infancia que sólo pude ver en el papel amarillento del libro, que no eran reales, sino una representación sintética del mundo moderno.
Se veía una ciudad de hermosos edificios y el campo que la rodeaba, también idealizado. La ciudad era un puerto de mar, donde había atracados trasatlánticos y cargos de líneas aerodinámicas, las mismas líneas aerodinámicas de los automóviles que circulaban por las carreteras que rodeaban la urbe. Un convoy ferroviario se alejaba hacia el horizonte de montañas, y un avión volaba por el cielo hacia un destino remoto. Todas las perspectivas de la ilustración se reunían en una armonía inventada y perfecta: puentes, avenidas campos de labrantío, torres de iglesia.
Aquel retrato de la vida moderna no se correspondía con la realidad. Y no porque fuera demasiado dulce en contraste con una realidad más áspera. Es que la estética de los objetos representados era de los años veinte o treinta, y procedían de una imaginación nórdica e industrial. Pero a pesar de pertenecer al pasado y ser ajenos, o quizá por eso mismo, resultaban todavía más encantadores y hermosos, porque se referían a algo que a los ojos del niño era un paraíso perdido.
Pues bien, exactamente ese paraíso perdido (totalmente) es el que los domingos de buena mañana observo yo desde mi terraza. Vacío mi cabeza de ideas o sensaciones, miro a mi alrededor, degusto el silencio salpicado de trinos, y sobrepongo la imagen que recogen mi ojos con la de aquella enciclopedia infantil.
Y me siento bien y agradezco haber nacido.