Sensaciones, ideas y fantasías

miércoles, 21 de enero de 2009

Los Consuelos de la Vida de Juan Jacobo Rousseau


Ayer asistimos Antonia y yo a un concierto de arias, romances y dúos de Juan Jacobo Rousseau, titulado “Los consuelos a las miserias de mi vida”. Lo habían organizado al alimón la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia y la Fundación Alfons el Magnànim de la Diputación.
Con el concierto se celebraba la edición de las partituras de estas y otras pequeñas composiciones del filósofo ginebrino, al que todo el mundo tiene por francés, porque de hecho lo fue más que suizo.
Precedió a la interpretación una conferencia sobre “El legado musical de Rousseau”, a cargo de Rodrigo Madrid, que ha estudiado y preparado las piezas para su interpretación, pues Rousseau sólo dejó un esbozo de ellas.
La vida de Juan Jacobo Rousseau estuvo llena de miserias, más de las que él mismo confesó. Y también las mismas que afligieron a algunos de sus contemporáneos, también amigos suyos, como Diderot, con quien colaboró en la Enciclopedia.
La generación de los ilustrados dieciochescos franceses es la plantilla sobre la que en lo sucesivo se construirá la esencia del intelectual moderno: personas ávidas de autosuficiencia a la que creen aproximarse por medio del conocimiento y la razón, deseosas de libertad individual que jamás podrán lograr porque la mayoría carecen de medios y deben sobrevivir trabajando para la aristocracia, la Iglesia o el primer atisbo de lo que luego será la burocracia administrativa. Rousseau se ganó la vida copiando partituras musicales. Esto es algo que yo aprendí ayer, gracias al maestro Rodrigo Madrid, que además de contarnos aspectos de la vida del ilustrado, dirigió la interpretación de las piezas desde un clave del siglo dieciocho.
Tampoco supe yo hasta ayer que Rousseau había compuesto música, al menos dos óperas y las arias y romances reeditados ahora.
Rousseau llevó una vida tempestuosa. Huérfano desde niño, abandonado por su padre, condenado a la miseria, una serie de avatares afortunados le llevan a Francia donde es adoptado por una aristócrata que terminará convirtiéndose en su amante. Las miserias de la vida de Rousseau se basan en su ambición de independencia que contrasta con su falta de recursos materiales. Como los que le sobran pertenecen al ámbito de la inteligencia, hizo uso de ella en todas partes hasta crearse una fama que todavía perdura. Hoy, sin embargo, la revisión de las ideas ilustradas ha deteriorado aquel genio que cubrió casi como una máscara a aquellos hombres (porque mujeres hubo muy pocas).
Quince arias y romanzas roussonianas interpretaron ayer en la Academia de San Carlos de Valencia, más una propina que a mí me pareció una repetición, porque las melodías sonaban muy parecidas.
El caso es que todos aquellos aires penetraban en mi cabeza por el filtro del prejuicio, y me privaron del deleite que contenían en potencia. Al escucharlas yo no podía dejar de pensar en la canallada que Rousseau les hizo a sus cinco hijos, que tuvo con Thérèse Le Vasseur, una mujer de tosca formación y villano origen con la que se casó el filósofo ya tarde, circunstancia que nos trae a la memoria a Goethe, que hizo algo semejante con la Vulpius, aunque su vida no es paralela a la de Rousseau.
Estos ilustrados pobres eran hombres astutos, además de inteligentes. Tenían liaisons con todas las mujeres que se ponían a su alcance, sobre todo si eran nobles, ricas y estaban casadas; estos tres requisitos eran los necesarios para que a ellos les saliera bien la jugada, vivir a costa de alguien, cultivar relaciones, criticar a la clase social de la que se servían, redactar sus confesiones y vivir cómodamente.
Rousseau abandonó a sus cinco hijos en orfanatos. El padre del buen rollito fue un padre desnaturalizado.
La interpretación de las arias, romanzas y duetos estuvo a cargo de la Capella Saetabis, cuyo director es Rodrigo Madrid. Intervinieron Carmen Botella y Minerva Moliner, sopranos; Juan José Tornero, flautas; Eduardo Arnau, violín, Rodrigo Madrid, Clave y Raquel Lacruz, violonchelo. Fue una delicia, culminada después en un piscolabis en el que los asistentes intercambiamos recetas sociales, morales y hasta culinarias con alegría y desparpajo.

jueves, 15 de enero de 2009

Un mundo con futuro

Pocas personas conozco tan felices y satisfechas como mi hija Waleska con su maternidad. Mi nieto Jannik cumplirá el 2 de febrero siete meses. Desde su nacimiento ha constituido una fuente de alegrías para todos, pero en Waleska se manifiesta como una plenitud vital que transmite y contagia.

Esto es algo no solo admirable sino asombroso.

De acuerdo con las noticias que inundan de tristeza y pesimismo la sociedad europea, la alegría es un fenómeno extraordinario. Pero más allá de la crisis que lo ensombrece todo, cualquier manifestación vital, cultural o artística está preñada de incertidumbre, cuando no de angustia. La visión que damos de nosotros mismos en los medios de comunicación, en la literatura, el cine, el teatro, el arte plástico, la poesía es descorazonadora. Cuando la revisen nuestros tataranietos se pasmarán y no entenderán como no se produjo un suicidio colectivo o una hecatombe, puesto que tantas personas supuestamente sabias o bien lo predecían o bien lo gestaban.

Yo no creo que el mundo vaya a acabarse, y con él la Humanidad, en los próximos siglos, sino todo lo contrario.

Además, no creo que el pesimismo que atenaza a los creadores de opinión pública y cultura afecte de modo irreparable a la sociedad. Por fortuna, los todos seres humanos, incluidos los corrientes y molientes, que no saben de Historia ni tienen interés en conocerla, poseemos una especie de alarma interior que nos pone sobre aviso frente a la retórica de los políticos, de los publicistas (incluidos los periodistas) y de los intelectuales. Y también frente a nuestra propia retórica.

Me remito a los hechos.

En cierta conversación que mantuve con Waleska hace unos meses me comentó que de los veintipocos compañeros de clase de su colegio (era privado, nada barato y bilingüe, todavía existe y parece que les va muy bien) sólo dos conservaban a sus padres juntos. Los demás se habían divorciado o separado. Es mi caso.

Cuando estaba yo en el proceso de ruptura, largo y tortuoso, sentía que mi ex mujer y yo éramos los seres más desgraciados del universo, que el daño que nos hacíamos el uno al otro era el más gratuito y perverso, y que el futuro que se abría ante nosotros era negro como una mina de carbón.

Waleska era adolescente, y maduró en ese ambiente.

Ni se hizo yonki ni okupa ni se hundió en una depresión irreparable. Es obvio que la procesión la lleva por dentro, pero también es evidente que lucha contra los embates de los malos hábitos y malos ejemplos de sus padres y de la generación de sus padres.

No, Waleska no es ninguna mujer excepcional. El mundo está lleno de seres como ella, con sus preocupaciones ecológicas, sus inquietudes políticas, sus miedos al futuro. Pero con la integridad y la fuerza suficiente como para afrontar con valentía los avatares con los que se vayan encontrando.

¿Dónde se esconden estos millones de personas? Porque a juzgar por lo que vemos en los mass media, en los cines y teatros, y leemos en las novelas que ni son ni aspiran a ser bestseller (las historias que cuentan los bestseller son imposturas aceptadas por el lector), el mundo está a rebosar de seres angustiados, violentos, drogados, asesinos, o víctimas de todo eso.

Bien es verdad que la suma de los hambrientos, de los desplazados por la guerra, de los miserables de la tierra es enorme. Quizá hasta superior a la de quienes no sufrimos esos males. Pero salir de ese círculo vicioso de la pobreza no depende sólo de nosotros, sino también de quienes la padecen. Con frecuencia nuestra ayuda en lugar de favorecerles les priva de voluntad y de fuerza para sacarse ellos mismo del pozo.

La vida del refugiado, del privado de bienes básicos no está sometida a unas leyes fatales que les condenan despiadadamente. Del mismo modo que un hombre o una mujer occidentales nacido y crecido en una razonable abundancia puede degenerar o prosperar debido a sus propias acciones, los desgraciados de la tierra tienen un margen de maniobra para dirigir su existencia hacia la mejora o hacia la rutina del hambre y la sopa boba.

Y quien sostenga lo contrario está negando que los desgraciados sean seres humanos.

Mi nieto Jannik es una de las dichas más grandes que me ha deparado esta etapa de mi vida. A mí y a tantas personas, como a su propia abuela, a mi mujer actual, a los familiares de Hauke, el marido de Waleska.

Es la alegría de la vida, del color, de la esperanza, del futuro.

¿Será esa desesperación que se expande por la superficie del planeta una impostura publicitaria más? En cualquiera de los casos, sus víctimas occidentales son, ellos sí, los más desgraciados de la tierra o los más tontos.

domingo, 4 de enero de 2009

Creadores, apocalípticos y melancólicos


Más de una vez me he escuchado decir a mí mismo ese tópico de que entre los hombres de las cavernas y nosotros no hay más diferencias que la higiene, la comodidad y la tecnología sofisticadas en la vida y el trabajo y la longevidad. Pero ningún progreso moral, cosa lamentable y penosa.
Yo he dicho esto por necia mímesis, porque lo he oído a otras personas que suponía autorizadas.
En realidad es una idea vulgar, algo así como afirmar que si llueve, el suelo se moja, y si hace sol, se seca.
En la segunda parte del enunciado del primer párrafo está la clave. Si yo digo que es lamentable que cuando llueve el suelo se moja, o que cuando hace sol es una pena que el suelo se seque, estoy haciendo una afirmación moral gratuita.
El ser humano es el mismo hoy que hace doscientos mil años. Reacciona igual, se ilusiona igual, se aburre igual, se entristece igual hoy que en la más remota antigüedad. ¿Por qué iba a ser moralmente mejor? ¿Qué elemento o proceso puramente material beneficia la ética de las personas? Desde luego ni el bienestar ni el mercado pletórico han adelantado nada en este sentido.
Reconocer el fracaso moral mueve a muchas personas a la melancolía. A mí por ejemplo. Hasta que me doy cuenta de la tontería de mi reacción. Los hombres estamos todos cortados por el mismo patrón biológico. Pero yo no soy tú ni tú eres tu primo, ni tu primo es su cuñado, ni el sobrino de Napoleón se parecía a su tío en sus ambiciones y en sus costumbres. Y así hasta el infinito.
Me ha costado descubrir que lo esencial de la vida es vivirla. En cada momento, en el presente, suelen decir ahora los llamados guías espirituales. Efectivamente, la vida sólo se puede vivir en el presente, aunque con frecuencia lo hacemos ateniéndonos a un guión que hemos escrito previamente en nuestra fantasía; por ejemplo, el guión de los guías espirituales.
La vida de las personas es muy parecida, muy predecible, incluso sus sobresaltos, sus accidentes. Pero lo que la hace diferente en cada uno de nosotros es que nadie puede vivirla en nuestro lugar. Querámoslo o no, somos los protagonistas de nuestra vida.
Hay dos tipos de actores/actrices: los que convencen al público de la realidad de su personaje y los que no lo consiguen. No es sólo que los primeros sean mejores que los segundos, sino también que gozan de su trabajo y hacen gozar a quien les observa.
¿Qué tipo puede haber más aburrido que Hamlet? Y sin embargo, el actor que lo sabe encarnar, lo convierte en un ser de una intensidad dramática, emotiva, vital formidables.
A estas alturas de mi existencia, me doy cuenta de que me he dejado llevar por una deriva deprimente debido a mi débil resistencia al miedo, al pesimismo, a la vergüenza, al pudor, a la cobardía. Confieso que no he llegado a prodigar el saludable hábito de reaccionar ante la vida poniendo por delante mi propia personalidad. Este hábito me ha conducido a un punto crítico, en el que esa frágil personalidad mía ha estado a punto de disolverse, y no por efecto de un abandono yoguístico en la conciencia universal, sino por puro hastío, por puro aburrimiento.
Pero me he dado cuenta a tiempo del error. Otros, no.
Estoy rodeado de seres humanos con una visión parecida de la existencia: la sensación de que no merece la pena hacer el esfuerzo de vivirla. Bien porque no confían en el futuro, es decir, están convencidos de que no lo habrá, de que la humanidad está a punto de extinguirse, bien porque carece para ellos de estímulos, se consideran unas réplicas incoloras e insípidas de los hombres y las mujeres que les rodean, a quienes ven como seres amorfos, vulgares, ovinos.
En esta sensación tiene mucho que ver la televisión, que ha heredado la responsabilidad de la prensa escrita. Los formadores de opinión uniformizan la visión que presentan de los seres humanos. Lo hacen a su modo y semejanza, autómatas con sangre y músculos, y aquellos que se salen del molde, se quedan en freakies, pasto de los programas sobre personajes estrambóticos.
Pero todo esto es falso, es una gran mentira. No hay seres vulgares por un lado y freakies por otro. Hay multitud de hombres y mujeres con sus propias emociones, perspectivas, aspiraciones, sentimientos. Por muy parecidos que todos estos fenómenos sean, cada individuo reacciona a su manera. Pero como vivimos en un mundo dominado por lo efímero y superficial, nos cuesta trabajo apreciar las diferencias, o algo todavía peor, no nos interesan más que como divertimento u objeto de burla.
En los oficios o profesiones creativas esta plaga es deletérea. Jamás había habido tantas personas creadoras (artistas, se llamaban hasta hace poco) como ahora. Mejor aún, jamás tantas personas se habían ganado la vida con sus creaciones, aunque son muchos más los que crean por gusto, sin esperanza o deseo de obtener lucro de ello.
Esta inflación creativa ha provocado una reacción de condena en determinados ámbitos, en especial en los ámbitos académicos y en los olimpos críticos. El argumento es que hay demasiadas creaciones prescindibles, basura incluso, tonterías, caprichos; pero que sólo una elite realiza arte.
Resulta sorprendente que estos argumentos procedan de aquella misma fuente que hace siglo y medio proclamaba la inminente liberación del ser humano de las cadenas del trabajo y saludaba una nueva era de creatividad. Es decir, es un argumento falaz. Entre otras cosas porque el mercado se encarga de desmentirlo: las obras más banales, menos profesionales, más estúpidas son casi las que más cotizan. En el campo de la plástica, el anti arte se vende mejor que el arte hecho con oficio.
Los seres humanos que constituimos la sociedad moderna vivimos más que nunca, mejor que nunca y gozamos de largas horas para dedicarlas a una actividad gozosa y creativa. Por ejemplo, hacer bitácoras.
No soy de los que se zambullen a diario en la Red. Lo hago de tarde en tarde. Y confieso que encuentro tantas cosas apetecibles que podría pasar horas colgado del ordenador, cosa nada recomendable.
La conclusión que busco con estos razonamientos es que la posibilidad de que casi todo el mundo pueda dar a conocer sus ideas y sus creaciones es beneficiosa. No es cierto que esta avalancha de aportes cree un colapso, atasque la mente, la conciencia o los sentidos. Los seres humanos estamos dotados de unos filtros, de unos instrumentos seleccionadores que funcionan de maravilla. Si uno aprende a usarlos.
Podría alegarse eso del estrés. Pero el estrés no lo produce la cantidad, el volumen descomunal de información, sino un defecto de los filtros mencionados.
La prueba está en que el mercado pletórico, en lugar de satisfacer, de saciar, trastorna. Lo vemos en estos días de rebajas. La población se echa a los grandes y pequeños almacenes a comprar hasta reventar, sin que le haga falta ni a ellos ni a aquellos a quienes se destinan las compras (los regalos) ni al cuarta parte de cuanto se adquiere.
Lo que cabe considerar como problema es el fallo de esos mecanismos selectivos. ¿Qué hábitos hemos introducido en nuestras conciencias para volvernos tan vulnerables?
Uno de los peores es el de la contradicción viviente de tantos y tantos ciudadanos del occidente próspero: nunca habían vivido tan bien, y nunca se habían sentido tan mal. Falso que se trate de una conciencia de culpa. Si fuera eso, el remedio sería tan sencillo como cumplir la penitencia de repartir lo que nos sobra o sólo parte de ello. La razón de este malestar se halla en vivir a la sombra de un Apocalipsis que nos hemos inventado, el miedo a perder lo que disfrutamos, no la vergüenza de que haya tantos seres humanos que vivan en la miseria.
Acabo de enterarme de una campaña promovida por una asociación de ateos. El lema que se han propuesto colocar en los autobuses públicos es: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”.
Semejante afirmación está repleta de contenido revelador de uno de los peores males del humano satisfecho - insatisfecho del siglo XXI. Porque da a entender que si Dios existiera, habría que preocuparse, sin explicar por qué. ¿Cuál es el argumento de que una vida sin Dios ha de ser más gozosa que una vida con Dios?
Si estos son los más valientes y sagaces ateos, Dios les coja confesados.

(Dedicado a Toñi, a Waleska, a Jannik y a Paco)

sábado, 3 de enero de 2009

La primera papilla de Jannik


Jannik ha empezado a tomar papilla. Hasta ahora de zanahoria y de manzana. Pronto, empezarán a darle carne de vaca.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El Juego de los Abalorios

Hará cosa de veinte años leí la última novela publicada por Hermann Hesse (creo que en 1946), El Juego de los Abalorios. Fue una experiencia intensa, sobrecogedora, indeleble. La paradoja es que al volverla a leer hoy apenas reconocía las huellas que dejó, es decir, era como si no las hubiera dejado. ¡Pero lo hizo! ¿Entonces? ¡Se habían borrado!

He aquí una explicación plausible: yo he cambiado tanto mi forma de mirar y de ver el mundo, que aquello que aprendí cuando pensaba tan distintamente se ha desencajado.

El Juego de los Abalorios me fue recomendada por un amigo de la infancia que se había hecho cura. Quería compartir conmigo una formidable revelación. Me pregunto qué sentiría hoy mi amigo si releyera la novela, cómo se habrá moldeado El juego de los Abalorios en su memoria.

Cambiar de prisma moral produce unos curiosos efectos. Hay cosas que uno aprendió cuando veía el mundo de otro modo, cosas medulares en el pensamiento que le dominaba a uno, que chocan de frente con el nuevo punto de vista. El segundo se impone sobre el primero, y santas pascuas. Sin embargo también hay cosas importantes que uno aprendió antaño, pero que no tenían nada que ver con el pensamiento dominante. Al cambiar de punto de vista, hogaño, estas cosas no chocan con nada, puede que hasta se amolden mejor. Pero están disueltas, han perdido consistencia debido al roce que han mantenido durante años con un pensamiento muy ajeno a ellas.

Exactamente eso es lo que me ha pasado con El Juego de los Abalorios. La impronta dejada no resistió el efecto disolvente de una forma escéptica, casi cínica de observar y de ver el mundo, y fue diluyéndose.

Creo que he llegado a tiempo de rescatar mucho de aquella impronta.

La primera mitad del siglo XX fue una época folletinesca para el anónimo autor (en la ficción) de El Juego de los Abalorios. Así es como veía su tiempo Hermann Hesse, y lo retrató con precisión implacable.

La “música del ocaso”, dice, vibró durante decenios cual bajo un órgano amenazador, corrió como reguero de corrupción por escuelas, revistas y academias, y fluyó como manía melancólica y epidemia de sensibilidad entre los artistas y críticos de la época e hizo estragos en las artes bajo la forma de un furibundo exceso de producción por parte de los simples aficionados. Si una mente lúcida veía el mundo así en 1940, ¿qué reacción habría tenido de vivir en la presente?

Describe también Hesse la postura cínica que surgía ante la decadencia.

Seguir la danza y declarar anticuada bobería cualquier preocupación por el porvenir, cantar impresionantes folletines acerca del próximo fin del arte, de la ciencia, del idioma, entronizar una total desmoralización del espíritu y una inflación de los conceptos en aquel folletinesco mundo autoedificado de papel, sin otro móvil que una especie de placer suicida y proceder como si se asistiera con descarada indiferencia o desenfreno báquico al hundimiento no sólo del arte del espíritu, de la ética y de la probidad, sino también de Europa y del mundo.

Si cambiamos la referencia al mundo autoedificado de papel por la de un mundo autoedificado por los medios audiovisuales, la descripción de Hesse de 1940 sigue vigente.

Cabe preguntarse cómo es la decadencia tan larga, y sobre todo cuánto dura la conciencia que se tiene de ella, sin haber producido el menor efecto terapéutico.

Será que las interpretaciones de la realidad no se convierten siempre en acción. El mundo de hoy, tecnificado, digitalizado, globalizado y todo eso no reacciona al pensamiento por brillante e imaginativo que sea, y hace como una pantalla flexible y bien tirante en un bastidor: por mucho que la empujemos y queramos darle forma, en cuanto retiramos la mano de ella, regresa a su tensa tersura.

El Juego de los Abalorios comienza como la biografía de un individuo notable del año dos mil y pico, cuando el mundo había dejado de ser folletinesco, según aventuradas previsiones de Hesse. Se guarda mucho éste de describir las circunstancias de ese nuevo mundo, primero porque no es amigo de descripciones innecesarias, así como porque quiere evitarse el riesgo de quedar en ridículo si su novela se leyera en el año 2200, por ejemplo, pero sobre todo porque lo que le importa es la vida interior del protagonista, José Knecht. Algo menos de la mitad de la novela es un relato de la formación de Knecht, desde su ingreso en la Orden Castalia de los intelectualizados jugadores de abalorios, hasta su debido y planificado ingreso en la elite dirigente de esa orden, tras haber sido puesto a prueba.

Y es a partir del encuentro de Knecht con el prior benedictino Jacobo, cuando los conflictos empiezan a emerger. Conflictos apoteósicos.

Lo iremos viendo.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Los amigos del céremin

Estado en el que me quedé tras el concierto

Mi mujer y yo hemos acudido al Parinfo de la Universidad Politécnica de Valencia, atraídos por el reclamo de un Concert de Theremin. Yo me dejo llevar. Pienso que quizá sea un homenaje a las víctimas del campo de concentración de Teresin, en Eslovaquia. En la sala descubro que Theremin es un instrumento musical de diferentes aspectos: una caja negra con una antena vertical y otra horizontal en forma de circunferencia, o un objeto de madera que parece la caja de resonancia de un laúd, con los mismos aditamentos, pero sin asta.
En el programa se anuncian once piezas de diferentes compositores, Gabriel Fauré, Felix Mendelssohn, Maurice Ravel, Chaikovski, Massenet y otros. En el centro del escenario un enorme piano de cola nos recibe. La sala se llena a rebosar, unas doscientas personas, la mayoría estudiantes y familiares de estudiantes. Hay cuatro intérpretes, dos pianistas y dos cereministas.
Una joven ataviada de negro-concierto nos da las gracias por nuestra presencia (es gratis, afortunadamente, enseguida veremos por qué es una suerte no haber pagado) y pronuncia Theremin como céremin. No dice más. Yo me figuro que debe ser un instrumento recién inventado, experimental, porque el concierto lo patrocina la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicaciones. Estos telecos valencianos están locos por la tecnología, así que igual acaban de crear un instrumento nuevo, me digo. Craso error.
Empieza el concierto. El pianista ejerce de tal. El cereminista se sienta en una banqueta frente al instrumento, levanta la mano derecha, junta los dedos, pega la mano al pecho, frunce los labios, pone los ojos en blanco, le hace un gesto con la cabeza a su compañero y empieza a sonar Après un rêve, de Gabriel Fauré. La melodía se reconoce en el piano, pero en el céremin lo que suena es un violín o un chelo mal afinados. Observo las manos del intérprete, y me pasma que no toque ninguna de las dos antenas. Sólo cierra y abre la mano como si sostuviera un asta virtual y presionara con la punta de los dedos cuerdas invisibles.
En la siguiente pieza aparecen un nuevo pianista y un nuevo cereminista. El piano sigue sonando como un piano, y el céremin continua desafinando.
El resto del concert será igual. Cuando las composiciones obligan al virtuosismo del violín para el que fueron escritas, el céremin desafina cada vez más. Aquello es un gato viudo, moribundo o atormentado por causas felinas.
El público, sin embargo, guarda un respetuoso silencio. La única explicación que me doy es que, al ser familiares, amigos y compañeros de los intérpretes, se sienten inclinados a la generosidad más extemporánea. Incluso aplauden, sin entusiasmo, es verdad, al finalizar las piezas. Además, es gratis. Es de mala educación protestar cuando te han invitado a un evento. Mi mujer y yo deseamos levantarnos e irnos, pero nos contiene la idea de llamar la atención, porque nadie se mueve de su butaca, a pesar del concierto gatuno.
Observo de refilón a mi vecino de la izquierda, y le veo mover los dedos de una mano como el intérprete del céremin. Parece saber del tema. Al acabar la pieza, le pregunto si la calidad del sonido se debe a un defecto del instrumento o a la pericia del intérprete. Me dice que, en condiciones óptimas, el céremin tiene que sonar igual que un violín. Me muerdo la lengua para no preguntarle por la necesidad de construir un chisme que suena igual que otro, cuando el primero suena tan bien y tiene siglos y siglos de desarrollo y mejoras.
Desconcertados, nos vamos a casa. Mi mujer enciende el ordenador y busca en la gran enciclopedia internáutica Theremin.
¡Oh, sorpresa! El Theremin lo inventó un ruso en 1919. Quizá para aliviar las tensiones postrevolucionarias, quizá para glorificarlas. Le llamó eterófono, que suena tan mal como los ruidos que emite. Dice Wikipedia sobre el theremin: “su uso frecuentemente es el de un aparato para efectos especiales más que un instrumento musical, al no poder acentuar ni separar las notas producidas.” Y resulta que se ha empleado en el cine, sobre todo en películas de misterio y suspense, por la tenebrosa calidad de los sonidos que emite.
“El céremin lo han usado grupos e intérpretes famosos como son Pink Floyd, Nine Inch Nails, Radiohead, Skunk Anansie, Los Planetas, Jean Michel Jarre, Jon Spencer Blues Explosion, Fangoria, e incluso Estopa. Otros menos conocidos pero que también hacen uso del theremin son The Gathering, Spock's Beard, Lendi Vexer, Project:Pimento, Estirpe, Green Carnation, Messer Chups y ultimamente Sunkfool,” afrima Wikipedia.
Como puede verse, el céremin tiene multitud de amigos.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Zivot je jen náhoda, Casualidades de la vida


Imagino a Miron Smidák en pie, saturado de melancolía. Observa desde su apartamento en el barrio de Hradcanská los árboles legendarios de la plaza de Puskin. Soporta Miron la extrema delgadez de su cuerpo mortal. No ve a los niños que juegan en los columpios de Puskinovo nam. Ni a la joven camarera de la cafetería de la esquina de la calle Uralská, que recoge de la terraza varias botellas de cerveza acabadas de consumir. Sus ojos intentan capturar la extrema ingravidez de la música.
Miron Smidák es pianista. Tiene 28 años, y un currículum escrito con el neón intermitente de los premios. Necesita estar cómodo para interpretar. Por eso viste trajes de etiqueta que le vienen grandes, como salvavidas con pajarita.
Se encarama al podio metálico que hace de escenario, se apoya en el piano y se inclina para agradecer los aplausos del público. Acomoda la banqueta a su gusto, y sin permitirse una pausa, arranca a tocar las Tres Danzas Checas de Bohuslav Martinú.
Estoy en el salón de actos del MuVIM de Valencia. Asisto al concierto especial con ocasión de la exposición Karel Capek, fotógrafo. No es un lugar apropiado para la interpretación musical. Pero las manos de Miron Smidák actúan con tan gran efecto en el teclado, que la melodía fluye del piano y compensa la calidez que falta en la arquitectura.
Atrevido aficionado a la música, las Tres Danzas Checas me evocan a Falla, a Turina, a Granados. Distingo en las notas que ejecuta Miron Smidák un colorido atenuado, un aleteo de ave más nocturna que diurna. Es el eco de Centroeuropa, distante del ibérico, aunque se reconozca en él la época. Los tres autores checos escogidos por Miron Smidák, a saber, Bohuslav Martinú, Erwing Schulhoff y Jaroslav Jézek, crearon sus obras en el primer tercio del siglo XX, como mis referencias españolas, Falla, Turina, Granados. En este parentesco cronológico se reconocen todos, en la descomposición formal y cromática de sus composiciones. Nos recreamos en una época que desmonta, a veces con crueldad, con impertinencia, las tradiciones del arte, que incluso se quiere cargar el arte mismo.
Y lo que consigue es una montaña de creaciones sublimes. Pocas épocas habrá más fecundas estéticamente en la historia de la humanidad que la primera mitad del siglo XX. En paralelo, pocas décadas serán más catastróficas que aquéllas. Catástrofes urdidas por el ser humano, arte insuperable salido de sus dedos, de su imaginación, de su incertidumbre, de su angustia. Guerras y revoluciones sangrientas a capazos.
Quizá por eso la sonrisa del flaco Miron Smidák es melancólica. A sus veintiocho años, lanzado detrás de su eminente nariz hacia el siglo XXI, quizá no se sienta heredero del siglo en el que nació. Pero lo recrea con soberbia calidad.
Termina con Martinú y hace una pausa, abriéndose paso entre los aplausos hasta el fondo de la sala. Reaparece, hace una reverencia al entregado público, se sienta ante el piano y se pone a meditar mientras la gente cuchichea o saca un caramelito y lo desenvuelve con impunidad exasperante (debería bajar una grúa del techo y arrebatar a estos impertinentes de la sala). Luego de musitar lo que parece una oración, empieza con la Sonata Nº 3 de Erwin Schulhoff: Moderato cantábile, Andante, Alegro Molto, Marcia fúnebre y Alegretto moderato. Los fragmentos de la melodía salen disparados o flotando del piano y se arremolinan en el severo espacio a la búsqueda de unas paredes que los abracen afectuosas en lugar de rebotarlos con desdén.
El final del concierto especial con ocasión de la exposición Karel Capek, Fotógrafo son diez canciones de Jaroslav Jezek. Ragtime, jazz, fox trot, charlestón… También surgen las comparaciones en mi cabeza de aficionado atrevido. Pero estas encajan muy poco. Las tonadillas, las zarzuelas, las operetas españolas de los años 20 y 30 tienen poco que ver con las composiciones de los músicos franceses, alemanes, británicos o norteamericanos.
Poco tendrían que ver Tomás Bretón, José Serrano, Amadeo Vives, Pablo Luna o Sorozábal con ese desconocido para mí Jaroslav Jezek. Probablemente lo que les equipare sea su decisión de meter a la vida popular en un pentagrama. España, como Italia, es la gran excepción en la música popular y en la pintura vanguardista europeas (dos extremos, qué curioso) de las primeras décadas del siglo XX. La tradición pesa tanto en el Mediterráneo que, en la música, es impermeable a los ritmos norteamericanos hasta los años 60.
Kurt Tucholsky, Rudolf Nelson, Friedrich Hollaender, y después Kurt Weil, viven en una sociedad urbana, frenética, industrial, politizada, partida en violentos intereses, y lo reflejan con un genio asombroso. Me figuro que Jaroslav Jezek pertenecerá a la misma camada de músicos feroces y feraces.
A parte del talento musical extraído de los genios norteamericanos (Irving Berlin, George Gershwin, Cole Porter), Jezek pone unos títulos embriagadores a sus composiciones: El cielo en la tierra, El mundo azul oscuro, El sombrero en los matorrales, haciendo un ramo de flores…
Pero hay uno que me ha impresionado: Zivot je jen náhoda, La vida es una casualidad.
Una casualidad quiso que yo estuviera presente en este concierto. Una jubilosa casualidad, que acaso también haya atraído a otros espectadores de los casi cien (la mayoría abrumadora, mujeres) que llenaban el salón de actos del MuVIM.
Vivamos y gocemos, incluso bebamos, que mañana moriremos, y cuanto más hayamos bailado, mejor. Sobre todo cuando es gratis. ¡Qué época estupenda vivimos! Cada día a un concierto, una película, una exposición, una brillante conferencia. ¿De qué nos quejamos? Nos dan alimento espiritual gratis o a precio de saldo. He aquí un buen remedio contra la crisis: si se queda usted en paro, reaccione y acuda cada tarde a un evento. Cuando vuelva a trabajar, será un intelectual morrocotudo.