Sensaciones, ideas y fantasías

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El Juego de los Abalorios

Hará cosa de veinte años leí la última novela publicada por Hermann Hesse (creo que en 1946), El Juego de los Abalorios. Fue una experiencia intensa, sobrecogedora, indeleble. La paradoja es que al volverla a leer hoy apenas reconocía las huellas que dejó, es decir, era como si no las hubiera dejado. ¡Pero lo hizo! ¿Entonces? ¡Se habían borrado!

He aquí una explicación plausible: yo he cambiado tanto mi forma de mirar y de ver el mundo, que aquello que aprendí cuando pensaba tan distintamente se ha desencajado.

El Juego de los Abalorios me fue recomendada por un amigo de la infancia que se había hecho cura. Quería compartir conmigo una formidable revelación. Me pregunto qué sentiría hoy mi amigo si releyera la novela, cómo se habrá moldeado El juego de los Abalorios en su memoria.

Cambiar de prisma moral produce unos curiosos efectos. Hay cosas que uno aprendió cuando veía el mundo de otro modo, cosas medulares en el pensamiento que le dominaba a uno, que chocan de frente con el nuevo punto de vista. El segundo se impone sobre el primero, y santas pascuas. Sin embargo también hay cosas importantes que uno aprendió antaño, pero que no tenían nada que ver con el pensamiento dominante. Al cambiar de punto de vista, hogaño, estas cosas no chocan con nada, puede que hasta se amolden mejor. Pero están disueltas, han perdido consistencia debido al roce que han mantenido durante años con un pensamiento muy ajeno a ellas.

Exactamente eso es lo que me ha pasado con El Juego de los Abalorios. La impronta dejada no resistió el efecto disolvente de una forma escéptica, casi cínica de observar y de ver el mundo, y fue diluyéndose.

Creo que he llegado a tiempo de rescatar mucho de aquella impronta.

La primera mitad del siglo XX fue una época folletinesca para el anónimo autor (en la ficción) de El Juego de los Abalorios. Así es como veía su tiempo Hermann Hesse, y lo retrató con precisión implacable.

La “música del ocaso”, dice, vibró durante decenios cual bajo un órgano amenazador, corrió como reguero de corrupción por escuelas, revistas y academias, y fluyó como manía melancólica y epidemia de sensibilidad entre los artistas y críticos de la época e hizo estragos en las artes bajo la forma de un furibundo exceso de producción por parte de los simples aficionados. Si una mente lúcida veía el mundo así en 1940, ¿qué reacción habría tenido de vivir en la presente?

Describe también Hesse la postura cínica que surgía ante la decadencia.

Seguir la danza y declarar anticuada bobería cualquier preocupación por el porvenir, cantar impresionantes folletines acerca del próximo fin del arte, de la ciencia, del idioma, entronizar una total desmoralización del espíritu y una inflación de los conceptos en aquel folletinesco mundo autoedificado de papel, sin otro móvil que una especie de placer suicida y proceder como si se asistiera con descarada indiferencia o desenfreno báquico al hundimiento no sólo del arte del espíritu, de la ética y de la probidad, sino también de Europa y del mundo.

Si cambiamos la referencia al mundo autoedificado de papel por la de un mundo autoedificado por los medios audiovisuales, la descripción de Hesse de 1940 sigue vigente.

Cabe preguntarse cómo es la decadencia tan larga, y sobre todo cuánto dura la conciencia que se tiene de ella, sin haber producido el menor efecto terapéutico.

Será que las interpretaciones de la realidad no se convierten siempre en acción. El mundo de hoy, tecnificado, digitalizado, globalizado y todo eso no reacciona al pensamiento por brillante e imaginativo que sea, y hace como una pantalla flexible y bien tirante en un bastidor: por mucho que la empujemos y queramos darle forma, en cuanto retiramos la mano de ella, regresa a su tensa tersura.

El Juego de los Abalorios comienza como la biografía de un individuo notable del año dos mil y pico, cuando el mundo había dejado de ser folletinesco, según aventuradas previsiones de Hesse. Se guarda mucho éste de describir las circunstancias de ese nuevo mundo, primero porque no es amigo de descripciones innecesarias, así como porque quiere evitarse el riesgo de quedar en ridículo si su novela se leyera en el año 2200, por ejemplo, pero sobre todo porque lo que le importa es la vida interior del protagonista, José Knecht. Algo menos de la mitad de la novela es un relato de la formación de Knecht, desde su ingreso en la Orden Castalia de los intelectualizados jugadores de abalorios, hasta su debido y planificado ingreso en la elite dirigente de esa orden, tras haber sido puesto a prueba.

Y es a partir del encuentro de Knecht con el prior benedictino Jacobo, cuando los conflictos empiezan a emerger. Conflictos apoteósicos.

Lo iremos viendo.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Los amigos del céremin

Estado en el que me quedé tras el concierto

Mi mujer y yo hemos acudido al Parinfo de la Universidad Politécnica de Valencia, atraídos por el reclamo de un Concert de Theremin. Yo me dejo llevar. Pienso que quizá sea un homenaje a las víctimas del campo de concentración de Teresin, en Eslovaquia. En la sala descubro que Theremin es un instrumento musical de diferentes aspectos: una caja negra con una antena vertical y otra horizontal en forma de circunferencia, o un objeto de madera que parece la caja de resonancia de un laúd, con los mismos aditamentos, pero sin asta.
En el programa se anuncian once piezas de diferentes compositores, Gabriel Fauré, Felix Mendelssohn, Maurice Ravel, Chaikovski, Massenet y otros. En el centro del escenario un enorme piano de cola nos recibe. La sala se llena a rebosar, unas doscientas personas, la mayoría estudiantes y familiares de estudiantes. Hay cuatro intérpretes, dos pianistas y dos cereministas.
Una joven ataviada de negro-concierto nos da las gracias por nuestra presencia (es gratis, afortunadamente, enseguida veremos por qué es una suerte no haber pagado) y pronuncia Theremin como céremin. No dice más. Yo me figuro que debe ser un instrumento recién inventado, experimental, porque el concierto lo patrocina la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicaciones. Estos telecos valencianos están locos por la tecnología, así que igual acaban de crear un instrumento nuevo, me digo. Craso error.
Empieza el concierto. El pianista ejerce de tal. El cereminista se sienta en una banqueta frente al instrumento, levanta la mano derecha, junta los dedos, pega la mano al pecho, frunce los labios, pone los ojos en blanco, le hace un gesto con la cabeza a su compañero y empieza a sonar Après un rêve, de Gabriel Fauré. La melodía se reconoce en el piano, pero en el céremin lo que suena es un violín o un chelo mal afinados. Observo las manos del intérprete, y me pasma que no toque ninguna de las dos antenas. Sólo cierra y abre la mano como si sostuviera un asta virtual y presionara con la punta de los dedos cuerdas invisibles.
En la siguiente pieza aparecen un nuevo pianista y un nuevo cereminista. El piano sigue sonando como un piano, y el céremin continua desafinando.
El resto del concert será igual. Cuando las composiciones obligan al virtuosismo del violín para el que fueron escritas, el céremin desafina cada vez más. Aquello es un gato viudo, moribundo o atormentado por causas felinas.
El público, sin embargo, guarda un respetuoso silencio. La única explicación que me doy es que, al ser familiares, amigos y compañeros de los intérpretes, se sienten inclinados a la generosidad más extemporánea. Incluso aplauden, sin entusiasmo, es verdad, al finalizar las piezas. Además, es gratis. Es de mala educación protestar cuando te han invitado a un evento. Mi mujer y yo deseamos levantarnos e irnos, pero nos contiene la idea de llamar la atención, porque nadie se mueve de su butaca, a pesar del concierto gatuno.
Observo de refilón a mi vecino de la izquierda, y le veo mover los dedos de una mano como el intérprete del céremin. Parece saber del tema. Al acabar la pieza, le pregunto si la calidad del sonido se debe a un defecto del instrumento o a la pericia del intérprete. Me dice que, en condiciones óptimas, el céremin tiene que sonar igual que un violín. Me muerdo la lengua para no preguntarle por la necesidad de construir un chisme que suena igual que otro, cuando el primero suena tan bien y tiene siglos y siglos de desarrollo y mejoras.
Desconcertados, nos vamos a casa. Mi mujer enciende el ordenador y busca en la gran enciclopedia internáutica Theremin.
¡Oh, sorpresa! El Theremin lo inventó un ruso en 1919. Quizá para aliviar las tensiones postrevolucionarias, quizá para glorificarlas. Le llamó eterófono, que suena tan mal como los ruidos que emite. Dice Wikipedia sobre el theremin: “su uso frecuentemente es el de un aparato para efectos especiales más que un instrumento musical, al no poder acentuar ni separar las notas producidas.” Y resulta que se ha empleado en el cine, sobre todo en películas de misterio y suspense, por la tenebrosa calidad de los sonidos que emite.
“El céremin lo han usado grupos e intérpretes famosos como son Pink Floyd, Nine Inch Nails, Radiohead, Skunk Anansie, Los Planetas, Jean Michel Jarre, Jon Spencer Blues Explosion, Fangoria, e incluso Estopa. Otros menos conocidos pero que también hacen uso del theremin son The Gathering, Spock's Beard, Lendi Vexer, Project:Pimento, Estirpe, Green Carnation, Messer Chups y ultimamente Sunkfool,” afrima Wikipedia.
Como puede verse, el céremin tiene multitud de amigos.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Zivot je jen náhoda, Casualidades de la vida


Imagino a Miron Smidák en pie, saturado de melancolía. Observa desde su apartamento en el barrio de Hradcanská los árboles legendarios de la plaza de Puskin. Soporta Miron la extrema delgadez de su cuerpo mortal. No ve a los niños que juegan en los columpios de Puskinovo nam. Ni a la joven camarera de la cafetería de la esquina de la calle Uralská, que recoge de la terraza varias botellas de cerveza acabadas de consumir. Sus ojos intentan capturar la extrema ingravidez de la música.
Miron Smidák es pianista. Tiene 28 años, y un currículum escrito con el neón intermitente de los premios. Necesita estar cómodo para interpretar. Por eso viste trajes de etiqueta que le vienen grandes, como salvavidas con pajarita.
Se encarama al podio metálico que hace de escenario, se apoya en el piano y se inclina para agradecer los aplausos del público. Acomoda la banqueta a su gusto, y sin permitirse una pausa, arranca a tocar las Tres Danzas Checas de Bohuslav Martinú.
Estoy en el salón de actos del MuVIM de Valencia. Asisto al concierto especial con ocasión de la exposición Karel Capek, fotógrafo. No es un lugar apropiado para la interpretación musical. Pero las manos de Miron Smidák actúan con tan gran efecto en el teclado, que la melodía fluye del piano y compensa la calidez que falta en la arquitectura.
Atrevido aficionado a la música, las Tres Danzas Checas me evocan a Falla, a Turina, a Granados. Distingo en las notas que ejecuta Miron Smidák un colorido atenuado, un aleteo de ave más nocturna que diurna. Es el eco de Centroeuropa, distante del ibérico, aunque se reconozca en él la época. Los tres autores checos escogidos por Miron Smidák, a saber, Bohuslav Martinú, Erwing Schulhoff y Jaroslav Jézek, crearon sus obras en el primer tercio del siglo XX, como mis referencias españolas, Falla, Turina, Granados. En este parentesco cronológico se reconocen todos, en la descomposición formal y cromática de sus composiciones. Nos recreamos en una época que desmonta, a veces con crueldad, con impertinencia, las tradiciones del arte, que incluso se quiere cargar el arte mismo.
Y lo que consigue es una montaña de creaciones sublimes. Pocas épocas habrá más fecundas estéticamente en la historia de la humanidad que la primera mitad del siglo XX. En paralelo, pocas décadas serán más catastróficas que aquéllas. Catástrofes urdidas por el ser humano, arte insuperable salido de sus dedos, de su imaginación, de su incertidumbre, de su angustia. Guerras y revoluciones sangrientas a capazos.
Quizá por eso la sonrisa del flaco Miron Smidák es melancólica. A sus veintiocho años, lanzado detrás de su eminente nariz hacia el siglo XXI, quizá no se sienta heredero del siglo en el que nació. Pero lo recrea con soberbia calidad.
Termina con Martinú y hace una pausa, abriéndose paso entre los aplausos hasta el fondo de la sala. Reaparece, hace una reverencia al entregado público, se sienta ante el piano y se pone a meditar mientras la gente cuchichea o saca un caramelito y lo desenvuelve con impunidad exasperante (debería bajar una grúa del techo y arrebatar a estos impertinentes de la sala). Luego de musitar lo que parece una oración, empieza con la Sonata Nº 3 de Erwin Schulhoff: Moderato cantábile, Andante, Alegro Molto, Marcia fúnebre y Alegretto moderato. Los fragmentos de la melodía salen disparados o flotando del piano y se arremolinan en el severo espacio a la búsqueda de unas paredes que los abracen afectuosas en lugar de rebotarlos con desdén.
El final del concierto especial con ocasión de la exposición Karel Capek, Fotógrafo son diez canciones de Jaroslav Jezek. Ragtime, jazz, fox trot, charlestón… También surgen las comparaciones en mi cabeza de aficionado atrevido. Pero estas encajan muy poco. Las tonadillas, las zarzuelas, las operetas españolas de los años 20 y 30 tienen poco que ver con las composiciones de los músicos franceses, alemanes, británicos o norteamericanos.
Poco tendrían que ver Tomás Bretón, José Serrano, Amadeo Vives, Pablo Luna o Sorozábal con ese desconocido para mí Jaroslav Jezek. Probablemente lo que les equipare sea su decisión de meter a la vida popular en un pentagrama. España, como Italia, es la gran excepción en la música popular y en la pintura vanguardista europeas (dos extremos, qué curioso) de las primeras décadas del siglo XX. La tradición pesa tanto en el Mediterráneo que, en la música, es impermeable a los ritmos norteamericanos hasta los años 60.
Kurt Tucholsky, Rudolf Nelson, Friedrich Hollaender, y después Kurt Weil, viven en una sociedad urbana, frenética, industrial, politizada, partida en violentos intereses, y lo reflejan con un genio asombroso. Me figuro que Jaroslav Jezek pertenecerá a la misma camada de músicos feroces y feraces.
A parte del talento musical extraído de los genios norteamericanos (Irving Berlin, George Gershwin, Cole Porter), Jezek pone unos títulos embriagadores a sus composiciones: El cielo en la tierra, El mundo azul oscuro, El sombrero en los matorrales, haciendo un ramo de flores…
Pero hay uno que me ha impresionado: Zivot je jen náhoda, La vida es una casualidad.
Una casualidad quiso que yo estuviera presente en este concierto. Una jubilosa casualidad, que acaso también haya atraído a otros espectadores de los casi cien (la mayoría abrumadora, mujeres) que llenaban el salón de actos del MuVIM.
Vivamos y gocemos, incluso bebamos, que mañana moriremos, y cuanto más hayamos bailado, mejor. Sobre todo cuando es gratis. ¡Qué época estupenda vivimos! Cada día a un concierto, una película, una exposición, una brillante conferencia. ¿De qué nos quejamos? Nos dan alimento espiritual gratis o a precio de saldo. He aquí un buen remedio contra la crisis: si se queda usted en paro, reaccione y acuda cada tarde a un evento. Cuando vuelva a trabajar, será un intelectual morrocotudo.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Atisbos progres del Código Da Vinci

Esto es una reseña de un espectáculo teatral que sólo nombraré una vez, y al final de este texto. La razón es evitar uno de los posibles objetivos del autor, dar pábulo al escándalo para que se hable de él y de su obra.

La escenografía (excelente) es de corte austero, de colores apagados con dominio de los ocres y el verde oliva. Montones de ropa, sábanas, túnicas, mantas, etc. yacen en el escenario. Tras una pantalla traslúcida, tres varones y dos mujeres en indumentaria de referencias a la antigüedad clásica esperan hieráticos el inicio de la acción. Uno a uno, se van desplazando al escenario. Al verlos más de cerca, observamos en sus rostros la marca de los maltratos.

De pronto, el varón de más edad empieza a lamentar su suerte, a declamar su desesperación ante la inminente muerte que les espera. Su actitud es casi abyecta. Pronto sabemos que los cuatro que hay en escena (una de las mujeres se ha quedado tras la pantalla) están presos en el piso inferior de un lavadero. El tipo desesperado asegura estar dispuesto a hablar con sus captores para deshacer el malentendido de su detención, porque es inocente. Los otros se lo impiden, alegando que sería todavía peor para su vida.

Poco a poco vamos sabiendo que esas cuatro personas son personajes bíblicos. El desesperado es Simón-Pedro (Keifa, en la obra), los demás Judas Iscariote (Iehudá), Juan (Iohanán), y María Madalena (Marián). Al entrar la que se mantiene fuera de escena, sabremos que es María (llamada Imá en la obra), madre de Iosua, Jesús de Nazaret, que será una referencia constante a lo largo de la representación.

Durante un rato de incertidumbre, el espectador cree que va a ver una revisión del Nuevo Testamento. Le extraña, porque ha entrado al teatro convencido de que iba a ver una obra laica, de carácter político e incluso actual. Esa es la idea que ha sacado de la información obtenida en el folleto, que luego detallaré un poco.

La acción es confusa. Lo que nos cuentan es confuso. No se trata de una revisión ni religiosa ni ideológica, sino de un retorcimiento histórico o mitológico incoherente. De las conversaciones deducimos que esos discípulos de Jesús son más bien un grupo de conspiradores a quienes une el deseo de liberar al pueblo judío de la opresión romana, sin que les mueva el más mínimo motivo religioso. Una proyección de video nos revela la actitud de cada uno de los personajes cuando fueron interrogados. Ante la casta sacerdotal se muestran cobardes, delatores, niegan la naturaleza política de su relación con el líder subversivo Jesús, y aseguran que sólo le siguen por ser un hombre bueno que predica la verdad y el entendimiento. Hay una excepción que enseguida veremos.

Keifa lanza a la palestra la idea de que han sido traicionados por uno de ellos, y se revela ante nosotros su profunda abyección, porque hemos visto como negaba a Jesús una y otra vez. Los demás le llaman loco. Pero el curso de la acción (de los diálogos) nos permite ver que todos temen haber sido traicionados. Estos diálogos expresan la poca estatura moral de los protagonistas, su egoísmo, su incongruencia. Una incongruencia que se traslada a la acción, porque lejos de avanzar, vuelve una y otra vez al tema de la traición, e insiste en la cobardía y el egoísmo de los personajes, pasando por rachas de temeridad que no pegan ni con cola en la acción.

Entonces entra en acción María, la Imá de la obra. Su presencia revela hechos inesperados, incluso para los que ya se han admitido la idea de la excéntrica revisión del Nuevo Testamento. Resulta que Juan es homosexual y María Magdalena la amante ardiente de Jesús. Esta es la razón verdadera del afecto que cada uno de ellos tiene al Mesías, nada de raíz religiosa, nada de admiración política. También conoceremos que Judas Iscariote (candidato lógico por la historia evangélica a ser el traidor) es un zelote sectario, y que la razón de su compromiso con Jesús es el odio que siente hacia los romanos y hacia el Sanedrín por haber incitado a la lapidación de una novia o amante suya. Simón Pedro cuenta que, siendo un miserable pescador viudo y en paro, Jesús hizo renacer su amor propio al darle un puesto de confianza, su segundo de abordo. La ambición de Pedro es la verdadera motivación de su relación con Jesús.

¿Y María?

Antes, observemos a Judas. Es el único que, a pesar de los suplicios del interrogatorio, no traiciona a nadie. Mantiene la integridad, la decencia, el patriotismo. Pero rechaza cualquier visión religiosa de Jesús y de su magisterio.

Volvamos a María. Cuando Juan le confiesa de un modo ambiguo su amor carnal hacia su hijo, arremete con rabia verbal contra él. Al descubrir, siguiendo este camino tortuoso, que María Magdalena se acuesta con Jesús, le suelta una bofetada.

En la parte superior del lavadero, en el secadero, torturan a Jesús. Se oyen los latigazos, los jadeos del martirizado. Entonces le toca el turno de las confesiones a María. Resulta que ha sido ella la que ha traicionado a la secta, la que ha "cantado" a la autoridad el lugar, la hora y el motivo subversivo de la reunión, cosa que ha provocado la “caída” de la célula y el fracaso de la conspiración. Naturalmente, esto lo sabe el espectador, no los personajes. Pero finalmente, tras abandonar el círculo vicioso de cobardía-egoísmo- lujuria-temeridad, los personajes caen en la cuenta de la terrible acción de María. Como ella ha advertido al espectador en su evocación-proyección videográfica, los prisioneros serán liberados, con la excepción de Jesús. La frase final de la obra es de María: “Ahora, por fin eres Dios”.

Al escucharla, sentí un hastío infinito. En los oídos de muchos sonará, con toda justicia, a blasfemia. Pero no estamos en un siglo que persiga las blasfemias. Sólo se persigue a los que reniegan del pensamiento progre. ¿Me crucificarán por haber escrito este comentario? ¿No resulta inaceptable que los personajes de esta revisión evangélica sean todos malas caricaturas?

Esta obra se llama Clandestinos, un título más oportunista que oportuno. Su autor y director es Chema Cardeña. Los actores, que hacen un buen trabajo, son Amparo Vayá, Juan Carlos Garés, Josep Maria Casany , Ruth Lezcano y el propio Cardeña.

Para acabar, una referencia al folleto explicativo. Dice: Un pueblo invade y somete a otro pueblo. Una élite de los vencidos se vende a los invasores y traiciona a su propia gente, para preservar su poder. Unos rebeldes luchan por liberar a este pueblo de los invasores y de los traidores. Surgen facciones y partidos en espera de un líder y el fanatismo convierte la lucha por la supervivencia en una sinrazón. Y volvemos a empezar: un pueblo invade y somete a otro pueblo… esto es Clandestinos. Una fábula sobre unos hechos que vemos todos los días en la prensa: mujeres lapidadas, hombres torturados, masacres, corrupción, integrismo.

Yo no había leído este texto. Así que tenía la mente libre de prejuicios al empezar la representación. Aunque algo sí sabía: en la Agenda de El País había visto que una mujer palestina se enfrenta a los opresores, y tal. De dónde había sacado esta información El País sobre la obra es algo que me causa perplejidad.

Acabada la función, reflexioné sobre las herejías y desviaciones que se han producido en el Cristianismo a lo largo de los siglos. Todas se han hecho en el nombre de Jesús y con una doctrina religiosa detrás, con una raíz básicamente hundida en la trascendencia, en la liberación del ser humano, pero en la liberación de sus cuitas, del pecado, del orgullo, de la miseria moral.

¿Qué mueve a un autor de teatro a poner en cuestión una religión que lleva dos mil años de existencia con argumentos tan peregrinos como los expuestos? ¿Qué es esa historia de que “un pueblo invade y somete a otro pueblo”? ¿No habíamos quedado, como buenos marxistas y materialistas, en que el motor de la historia era la lucha de clases?

Me respondo a estas preguntas con la única explicación posible. Este tipo debe creerse el inventor del Código Da Vinci del pensamiento progre.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Fotografías en el MUVIM de Valencia


MUVIM quiere decir Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad. Está abierto desde hace pocos años, y no es propiamente un museo, sino un centro de exposiciones. Se dedica a la fotografía, el grafismo, incluido el cartelismo, y también hace exposiciones de pintores modernos muertos. A la vez, es un escenario de seminarios, congresos y demás actividades educativas de carácter universitario, y tiene una biblioteca dedicada al tema que predica su nombre.

La sucesión de exposiciones que programa el MUVIM es constante, y son de gran calidad. Es una parada obligada para quien visite Valencia enbusca de consuelo y recreación para el espíritu. La verdad es que la ciudad de Valencia ofrece tantas actividades culturales, que incluso para un intelectual sin empleo remunerado o para un jubilado con pasiones artístico literarias es imposible asistir a la mitad de las que se anuncian cada día.

El MUVIM exhibe ahora varias secciones de Fotográfica 08 Valencia, dedicada a las instantáneas de calidad más o menos profesional. Una tarde en el MUVIM proporciona una información, una formación, un placer estético y una satisfacción espiritual de envergadura. Uno sale de allí repleto de ideas y de emociones, y para asimilarlas debe dejar pasar un par de días de ayuno cultural.

Este goce estético tiene también un aprovechamiento sorprendente. Por ejemplo, la exposición Arequipa en blanco y negro disipa estereotipos acerca del retraso cultural de Hispanoamérica. Resulta que en las primeras décadas del siglo XX había dos fotógrafos en la ciudad peruana que realizaban una obra de una calidad artística y antropológica equivalente a la de los mejores fotógrafos norteamericanos o europeos. Se llamaban Carlos y Miguel Vargas. Yo no tenía ni idea de quienes eran hasta que me he acercado al MUVIM a contemplar sus fotografías. Pero no hace falta ser un experto en este arte para comprender que está uno ante algo formidable.

La misma sensación de sorpresa cultural se obtiene de la exposición Oui-Non de Gérard Castello-Lopes, , fotógrafo portugués todavía vivo. Fuera de los círculos de especialistas, a este señor no le conoce casi nadie. Y sin embargo, su trabajo es excepcional. Es decir, el Portugal del siglo XX tuvo y tiene artistas estupendos. Si no fuera por la falacia del atraso de ese país, esto sería algo perogrullesco, porque la sociedad portuguesa se asienta sobre un pasado lleno de riquezas artísticas y culturales. El problema es que Portugal, como España, como, por recurrir a un ejemplo un tanto excéntrico, Líbano, han quedado ensombrecidas en el escenario intelectual mundial por Francia, Alemania, Reino Unido o los Estados Unidos de Norteamérica, cuyo peso es mayor, pero sólo en magnitud, en capacidad publicitaria, no en calidad.

En la exposición de Castello-Lopes, no sé si para justificar el desconocimiento del artista, se dice una sandez a tono con el prejuicio: “en un Portugal aislado del resto del mundo bajo la dictadura de Salazar, Gérard Castello-Lopes estaba condenado a un trabajo solitario y sin visibilidad”. Se nos da a entender que la culpa de la “falta de visibilidad” de Portugal la tiene el dictador Salazar, cosa del todo falsa. A ver si nos dejamos de estereotipos progres de una vez, doblemente estúpidos porque se supone en los progres una formación materialista que desmiente la atribución personalista al curso de la historia. Es como decir que la culpa de que Picasso se marchara a Francia la tuvo Alfonso XIII o su madre doña María Cristina de Habsburgo-Lorena. O que la culpa de que Joyce se marchara de Irlanda la tuvo el primer ministro británico Sir Arthur Balfour. Vamos a ver si somos un poco serios, por favor.

A pesar de estos estrepitosos defectos, es de reconocer el trabajo de los comisarios de estas exposiciones del MUVIM. Sobre todo porque permiten colocar la cultura en su sitio, y comprobar que la creación de alta calidad está presente en casi todos los rincones del planeta, al margen del color, la ideología y el régimen político dominante en cada sociedad.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Carpe Diem



Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

Esto podría ser una provocación dadaísta, pero es una proposición que muchas personas hacen en serio, como si fuera inexorable. Quienes más la usan son los intelectuales y los cabecillas de los partidos que acaban de perder unas elecciones.

La proposición irrebatible es que cada sociedad tiene el gobierno que ha elegido democráticamente. Pero esto no tiene tanta gracia. Para los pueblos que no disfrutan de un sistema democrático, la proposición modificada podría ser: cada pueblo tiene el gobierno capaz de dirigirlo con mayor eficacia.

Esta reflexión viene a cuenta de la sorpresa que causa el hecho de que el desastroso gobierno de Rodríguez Zapatero no parece haber mermado su popularidad, o parece dejar indiferente al pueblo, es decir, a los ciudadanos.

La sociedad española y todos sus subconjuntos y agregados están viviendo una de las épocas más fantásticas de su historia (nuestra historia, pero voy a hacer como si fuera sueco o portugués). Jamás ha gozado de tanta fortuna material. Incluso hoy, zambulléndose en una crisis que no acaba de materializarse en su extrema dureza, los españoles visten, comen, habitan, trabajan y se entretienen como nunca lo habían hecho. Otra cosa es que su indumentaria sea elegante, su alimento saludable, sus viviendas cómodas, su trabajo liberador y su ocio estimulante.

La sociedad española navega por el proceloso mar de la política, dirigida por un timonel al que le da igual ocho que ochenta. A lado del timonel y frente a él, un coro de lobos aulladores, diversas pandillas de mamones y chupatintas, corifeos de grillos, dinamiteros sin explosivo (sólo con fulminante), artistas de pesebre, filósofos superventas, periodistas turiferarios o ladradores y cohortes de funcionarios de todas las castas corporativas y regionales imaginables.

La sociedad española está compuesta por una mayoría silenciosa que se define por esta combinación de sueños: la posesión de bienes de consumo infinitamente renovables, una salud a prueba de autoagresiones (tabaco, alcohol, comida basura, medicamentos paliativos), una longevidad imperecedera, y una felicidad imperturbable por las contrariedades de la existencia.

Esta sociedad, a pesar de su confusión moral, es consciente de su suerte, de que vive de verdad una época chollo. Lo mismo que la sociedad portuguesa, la sueca o la griega, es decir, lo mismo que casi todas las sociedades del mundo desarrollado. No tiene ni idea de cómo ha sucedido. ¡Pero funciona! Ahora bien, también sabe que el chollo puede acabarse en cualquier momento. Los políticos intentan convencerla de que les debe el chollo. Pero es difícil que estos argumentos hagan mella, incluso en psicologías tan predispuestas al engaño. Los políticos españoles (y los belgas, los húngaros, los daneses, etc.) dedican tantos esfuerzos a falsear, a exagerar, a disparar cañonazos a las nubes, y tan poco a gestionar, que hasta el antiguamente considerado pueblo llano percibe el fiasco.¿Que quién gestiona? Los expertos no elegidos sino designados.

¿Por qué no reacciona el ciudadano? ¿Por miedo? ¿Por comodidad? ¿Por intuición de niño malcriado que conoce perfectamente los límites de su egoísmo?

¿Cada pueblo tiene el gobierno que se merece?

Nada de eso. El pueblo, el ciudadano, conoce bien que el aparato administrativo funciona con una inercia que sólo relativamente tiene que ver con las decisiones de los políticos. Lanzarse a la calle no sirve ya para nada. Porque lanzarse a la calle hoy no es como lanzarse a la calle hace un siglo, cuando la calle era del ministerio de la Gobernación. Echarse al monte, ni de coña. El que se lanza al monte acaba de mendigo sin techo.

Así que, todos calladitos, apretando el esfínter para que el chollo siga durando. ¿Crisis? ¿Dónde está la crisis, a ver, además de en las páginas de los diarios, en las ondas hertzianas y en los canales digitales?

El pueblo aguantará lo que le echen, mientras no le echen de casa y tenga vacaciones en una playa pachanguera.

Y si en lugar de gobernar ahora el señor Rodríguez Zapatero lo hiciera el señor Aznar o el señor Rajoy, el pueblo estaría igual de calladito. No es virtud del malabarista de las cejas, sino defecto de quienes tienen pavor a perder el chollo. De momento, la mayor obsesión del gobierno español actual es que los parados reciban algún subsidio y el auxilio necesario para que las hipotecas y las deudas no les arruinen. Si gobernaran los rivales del cejudo, seguro que harían lo mismo. Y harían bien. Pero, ¿cuánto puede aguantar el orden económico vigente aplicando alivios de urgencia? ¿Será capaz este gobierno o el que le suceda de poner en práctica planes de desarrollo, activación, dinamización económica, o tendremos que esperar a que el amigo americano, el ruso, el chino o el alemán descubran la fórmula milagrosa? ¿Tan poco creen los políticos españoles que vale su trabajo? ¿Son, además de hipócritas y cínicos, una panda de desesperados?

domingo, 16 de noviembre de 2008

Lamentos de Tiranosaurus Rex

Más allá de los bosques y los pantanos, en el crepúsculo resuenan los gritos de los tiranosaurus Rex



La Spirale fue una revista francesa alternativa, mutante, contestataria, durante los años 90. Se editaba en papel, y terminó yéndose a pique. Una de tantas. No puedo ofrecer datos más precisos porque no la conocí. Imagino que sería heredera de Charlie Hebdo, con toques de cyberpunk, fantasía juvenil con mala leche, progresismo corrosivo y cosas así.


Ahora vuelve a la carga, esta vez sólo en el ciberespacio. Traduzco una mezcla de declaración de principios y de resumen programático, colgado por sus editores en el primer número.


Desde su publicación en el otoño de 1996 a su desaparición en 2005, La Spirale fue el testigo involuntario del fin de un mundo. Los últimos quince años han sido el escenario de una deconstrucción casi completa de nuestros cimientos. Frente a un futuro cada vez más imprevisible, un sentimiento general de inquietud ha conquistado todos los estratos de nuestra sociedad. La gente cada vez tiene más miedo del futuro.

Hoy no basta situarse en una dinámica de contestación nihilista y/o de denuncia deprimente. No podemos contentarnos con una estética basada en una deconstrucción que se ha hecho exclusiva de las élites depredadoras, con las consecuencias que se descubren hoy en día. Debemos rechazar las distopías [utopías catastróficas] con las que se nos ceba, volver a encontrar el gusto de creer en los mañanas gloriosos. debemos reapropiarnos de nuestro futuro, porque la suerte de la aventura dependerá sólo de nuestra capacidad de reaccionar.

Cuando el ciber-punk-progre deja de ser joven y se compra una vivienda, cambia de perspectiva. En realidad eso nos ha pasado a todos, fuera cual fuera el punto de partida ideológico y económico de nuestra juventud. En el caso de los franceses, que inventaron el cuño de progre y que todavía conservan la patente, su evolución es todo un trauma lleno de avatares y paradojas.

Esta revista que he encontrado en uno de mis paseos internáuticos está relacionada con un millonario excéntrico que vive en un jardín de desechos industriales, dentro de un búnker dotado de la tecnología más sofisticada. Es el propietario de Artprice, una web que se dedica al negocio del arte a través de la Red. Me da la impresión de que es el padrino de La Spirale. En todo caso, en el primer número dedican un gran despliegue a una iniciativa suya llamada La demeure du chaos, la residencia del caos, en realidad su vivienda-búnker en un idílico rincón en los alrededores de Lión, que él, Thierry Ehrmann, ha transformado en una chatarrería.



El caso es que los chicos ya talludos de La Spirale manifiestan su espíritu de lucha contra el pesimismo medioambiental.

Los periodos de crisis, como el que ahora atravesamos - y que debería, con toda probabilidad empeorar - son también periodos de cuestionamiento. Los cimentos se pulverizan. Se abren grietas. Más que nunca es el momento de atreverse, de proponer, de inventar. Los margenes y las vanguardias deben ahora repensar el mundo en términos constructivos, porque hoy es en este territorio donde se situa la transgresión, la verdadera rebelión.

Como argumento, suena a retórica de la traición. Como lenguaje, sobre todo en francés, suena precioso: Les marges et les avant-gardes doivent maintenant repenser le monde en termes de construction, car c'est aujourd'hui sur ce terrain que se situe la transgression, la vraie rébellion.