Amigos y amigas, acaba de colgarse en la red el número 73 de El Catoblepas, revista crítica del presente.
A todos aquellos interesados en las ideas argumentadas y auténticas (en el sentido de que no son derivadas de ningún discurso ni doctrina adocenada o dominante), les recomiendo vivamente la lectura de estas páginas. En ellas encontrará de todo, desde reflexiones sobre el cine hasta una debatible (pero interesante) visión sobre lo que está pasando en el Tíbet.
Pero por encima de todo, lo que recomiendo, pues es lo primero que yo leo cuando entro en la revista, es la sección Rasguños, escrita por el profesor Gustavo Bueno.
El de este número de marzo se titula "La Ley Electoral, ¿un déficit de la democracia española de 1978?"
El título parece referirse a un aspecto técnico de relativo interés, aunque se ha convertido en polémico como consecuencia de las dispares o disparatadas atribuciones de escaños en relación con los votos obtenidos por depende qué formación política. Sin embargo, el desarrollo de don Gustavo, además de hacer referencia a los aspectos técnicos, ilumina de un modo casi deslumbrante un panorama que la mayoría de los votantes españoles ha construido deliberada y voluntariamente, y que a algunos nos parece inquietante.
Son en particular estremecedores los dos últimos párrafos del ensayo de don Gustavo, en el que aventura el triste futuro que nos espera a los españoles demócratas, en especial a los que viven en Cataluña y en las Vascongadas. Me permito reproducir el primero de los dos párrafos por si sirve de anzuelo y estimula la lectura a quien lo lea aquí.
Si, por ejemplo, el partido victorioso, en coalición con partidos nacionalistas, logra avanzar pasos significativos en el proyecto del mantenimiento de la unidad de España entendida como unidad propia de un estado federal, compuesto de 17, 12 o 7 Estados; si estos pasos nos llevan a una situación tal en la que algunos de los Estados federados, como puedan serlo Cataluña o el País Vasco, deciden, en virtud de su derecho de autodeterminación, confederarse con Francia o con Inglaterra y consumar la fractura real de la unidad de España, no podrá decirse que ellos habrán atentado contra la democracia, puesto que tan demócratas serán los futuros Estado vasco confederado con Irlanda, como lo será el Estado catalán confederado con Francia. Atentarán no contra la democracia, sino contra España y contra la democracia española (como también atentarían contra la aristocracia española). Y si la situación se consolida, ella se hará irreversible durante décadas o siglos.
Sensaciones, ideas y fantasías
lunes, 31 de marzo de 2008
sábado, 29 de marzo de 2008
Beatus ille


En Burjassot huele a azahar por todas partes. Los huertos de naranjas de la contornada de Valencia acaban de florecer, y la fragancia dulce de la primavera penetra al anochecer incluso hasta los rincones más céntricos de la capital. Es el primer día del año en que se percibe este fenómeno inefable y exclusivo de campos fértiles como estos del Mediterráneo.
Felizmente, coincide este romper sensual de la primavera con una escursión al Cabriel en compañía de unos amigos y sus hijos.
Alejandro, Daniel y Antonio, el mayor de los cuales no pasa de los seis años, se han lanzado como bestezuelas por los caminos escoltados de cañaverales, transformando las cañas en instrumentos de guerra, o de pesca, explorando con inquietud de abejorros huertos y rincones, casetas vacías y ribazos. Nos hemos despedido de la noria de Casas del Río, colgando las piernas en la corriente del Cabriel, retenida en una represa, y dejando que la frescura del agua nos penetrara hasta la coronilla desde los pies, sumergidos como anclas.
Hacía tiempo que no salía al campo con niños. Como no eran míos, he podido observar con despreocupación sus diabluras, sus fantasías, sus trucos y mentiras. Las horas han transcurrido con feliz indiferencia de beatitud aldeana, que es algo más que una expresión literaria..
Para más información sobre la espléndidas rutas de los parques naturales valencianos, pinchar aquí. También hay una excursión en barco por el Cabriel, desde la presa de Confrentes, y posibilidad de alquilar canoas.
jueves, 27 de marzo de 2008
Insomnio
Bombardier, que es un insomne crónico, me envía esta poesía, que ha encontrado en una página anónima. Como me gusta, la publico.
Ni papá ni mamá están ya aquí
para acompañar mis noches febriles,
dormitando en una mecedora
al borde de mi cama infantil.
Se han consumido los dos
ante mis ojos aterrorizados de niño,
y me he quedado solo en la habitación a oscuras,
bordando con el hilo áspero del insomnio
en el bastidor inmenso de las horas más negras.
Y ahora, resulta que me van a hacer abuelo,
y tengo que aprender a serlo
sin haber conseguido ser adulto.
Bombardier, que es un insomne crónico, me envía esta poesía, que ha encontrado en una página anónima. Como me gusta, la publico.
Ni papá ni mamá están ya aquí
para acompañar mis noches febriles,
dormitando en una mecedora
al borde de mi cama infantil.
Se han consumido los dos
ante mis ojos aterrorizados de niño,
y me he quedado solo en la habitación a oscuras,
bordando con el hilo áspero del insomnio
en el bastidor inmenso de las horas más negras.
Y ahora, resulta que me van a hacer abuelo,
y tengo que aprender a serlo
sin haber conseguido ser adulto.
Todo igual, despues de medio siglo
La frescura del minimalismo
Regresa Bombardier de Madrid y me agradece la matraca que le di para que visitara la capital y sus atracciones culturales. Para el forastero, una ciudad desconocida (o poco frecuentada) es una feria. Visitarla equivale a meterse en ella y tomarse una manzanilla aquí, una cañita allá, acompañadas siempre de tapas, que en Madrid forman parte del servicio.
Las tapas culturales de la capital de España son tan variadas como las de París o Berlín, pero con sabor ibérico que, como el auténtico jamón, sólo se produce al sur de los Pirineos.
Bombardier ha dedicado su atención a dos exposiciones concebidas para instruir. Una, dedicada a Modigliani. La otra, al arte minimalista, que tuvo una variante más conocida por Op-Art, arte óptico.
"La exposición sobre minimalismo en la Fundación Juan March", subraya Bombardier, "me ha fascinado, porque ha sido un antídoto a cierto prejuicio estético mío. El arte minimalista es uno de los que menos interés han despertado en mí. Me dejaba tan indiferente que ni siquiera estimulaba mi imaginación crítica."
"Y después de ver la exposición de la Fundación March, te ha cautivado..."
"No. Sigue sin atraerme. Pero gracias a esa exposición he llegado a comprenderlo y he encontrado su valor estético. Sea lo que sea eso del valor estético."
La exposición tiene por título MAXImini. Tendencias de máxima minimalización en el arte contemporáneo, abierta en la FJM hasta el 25 de mayo.
"¿Tan buena es la exposición?", le pregunto.
"Excelente. Aunque, a decir verdad, no sé si será buena o mala. No conozco ese movimiento artístico, y no puedo juzgar el trabajo de los organizadores con conocimiento de causa. Pero la selección de obras, el orden de la muestra, y el folleto-catálogo que regalan a la entrada tienen un valor instructivo altísimo. Uno sale con la sensación de haber aprendido algo interesante e importante."
"¿Fue importante el Op-Art? Yo lo tenía por un estilo menor, formalista, propio del pragmatismo norteamericano, sin posibilidades de evolución."
"Algo de fundamento hay en esos prejuicios. Pero si visitas la exposición observarás en ella una dimensión intercontinental que, al menos en el organigrama del folleto-catálogo, parece impresionante. La exposición es en realidad una colección de arte recopilada por una serie de académicos a sueldo de la empresa pionera del automovilismo Daimler de Sttutgart."
"El complejo del arte."
"Exacto. La creación sin las grandes empresas multinacionales como sustento, patrocinio y refugio de artistas sería hoy algo diferente. Me gusta pensar que sería mejor, pero eso es un enigma insoluble... A lo que iba. Esta exposición de MAXIminim asegura que el minismalismo está presente en el arte moderno desde la aparicición de las vanguardias hasta hace nada. Dura un siglo, y a lo largo de esos cien años atraviesa los anillos estelares del abstracto originario (según los organizadores, el inventor del minismalismo fue Adolf Hölzel, un académico de Stuttgart converso tempranamente al abstracto, aunque a mí me suena un poco a concesión localista y empresarial), el dadá y el cubismo. Y luego deriva en una serie de círculos artísticos en Zurich, Washington DC, Sydney, Londres, Düsseldorf y también París, claro."
Bombardier asegura que lo que más le ha llamado la atención de la exposición ha sido el Movimiento Zero, un grupo de rebeldes muy educados (en todos los sentidos) que se formó en Düsseldorf. Un estupendo documental de la televisión alemana, realizado en 1960, lo explica muy bien en uno de los monitores instalados en MAXImini.Se titula Kunst Maler ohne Farbe und Pinsel, Pintores artistas sin color ni pinceles, de un tal Gerd Winkler. Bombardier califica a ese documental de "fresco y fragante".
"Y lo más curioso es que esa frescura no es sólo original, se ha multiplicado con el tiempo. El documental describe las técnicas creativas de los artista del grupo Zero, que nacio en la RFA a finales de los años cincuenta, y tuvo una réplica en Holanda (grupo Nul) y versiones y tendencias en otras ciudades europeas, entre las que se encuentra, invitablemente, París. Ante la cámara actúan una serie de jóvenes dinamiteros de la estética tradicional entonces, que era fundamentalmente vanguardista. Unas actuaciones desenfadadas e ingenuas. Estos jóvenes me recordaban a la precedente generación de existencialistas, con la visible diferencia de que los pintores estaban rasurados, vestían con aseo y compostura y no fumaban en pipa, sino cigarrillos. Además, no hacían ostentación de promiscuidad, sino de lo contrario, de sus familias, porque en varias secuencias los protagonistas de la creación son los hijos de los propios pintores. Aparece una especie de performance callejero en Düsseldorf, en el que un grupo de atildados artistas reparte panfletos a una multitud muy civilizada, proclamando la vigencia de su arte anticonvencional, anticromático y antirreflexivo. Y en otra secuencia, un grupo de chicos y chicas sonrientes exhiben unas pancartas con afirmaciones antiartísticas de fragancia dadá. Y la escena más fresca es la de una pareja, él, pintor, ella, cómplice de la acción ilegal de su marido o compañero, porque vigila la aparición de la policía, mientras su chico arranca cartelones pegados en las paredes de una calle parisina, para utilizarlos como material de trabajo en su estudio."
"Sí. Eso parece muy fresco."
"Y lo es, en sí mismo. Pero más todavía desde nuestra sofisticada perspectiva actual, en la que predomina la osadía agresiva y vulgar, el montaje publicitario diseñado en Nueva York y la pedantería intelectual. Comparado con todo esto de hoy, aquellas actividades de hace más de medio siglo eran de una ingenuidad conmovedora. Y eso que en su época eran de un radicalismo sospechoso, en un escenario de guerra fría inquietante."
Los alquimistas bohemios
"Bueno, ¿y qué me dices de la exposición sobre Modigliani?"
"También estupenda. En ella he visto la desolación psicológica de la vanguardia original. Las vidas de perro y las muertes románticas de aquellos individuos singulares que, al lado de los artistas emergentes de hoy, eran alquimistas bohemios, porque trasnformaron la escoria en oro, aunque casi ninguno lo pudo aprovechar. El pobre Modigliani murio tísico en plena juventud. Y su mujer se suicidó una semana después, embarazada de su segundo hijo. La exposición merece la pena en todos los sentidos, en especial en el didáctico. Aunque yo creo que la mayoría de los visitantes, personas mayores que hace una década no habrían osado entrar en un salón de pintura, tenían una actitud de veneración ante aquellos paisajes, aquellos desnudos, aquellos retratos. Es como las iglesias de hace siglos, donde las personas acudían en busca de consuelo espiritual y a instruirse en las vidas de los santos, pintados en paisajes, retratados y algunos de ellos y ellas decentemente desnudos. Es cierto eso de que la religión de los paganos del siglo XX es el arte."
"Vuelve a serlo."
"¡Ah, sí! ¿Por qué?"
"Porque el clasicismo griego y romano se refería a la religión de los paganos de entonces."
"Vaya. Tienes razón. No había caído en eso. Será que regresamos al paganismo."
"O al clasicismo."
Regresa Bombardier de Madrid y me agradece la matraca que le di para que visitara la capital y sus atracciones culturales. Para el forastero, una ciudad desconocida (o poco frecuentada) es una feria. Visitarla equivale a meterse en ella y tomarse una manzanilla aquí, una cañita allá, acompañadas siempre de tapas, que en Madrid forman parte del servicio.
Las tapas culturales de la capital de España son tan variadas como las de París o Berlín, pero con sabor ibérico que, como el auténtico jamón, sólo se produce al sur de los Pirineos.
Bombardier ha dedicado su atención a dos exposiciones concebidas para instruir. Una, dedicada a Modigliani. La otra, al arte minimalista, que tuvo una variante más conocida por Op-Art, arte óptico.
"La exposición sobre minimalismo en la Fundación Juan March", subraya Bombardier, "me ha fascinado, porque ha sido un antídoto a cierto prejuicio estético mío. El arte minimalista es uno de los que menos interés han despertado en mí. Me dejaba tan indiferente que ni siquiera estimulaba mi imaginación crítica."
"Y después de ver la exposición de la Fundación March, te ha cautivado..."
"No. Sigue sin atraerme. Pero gracias a esa exposición he llegado a comprenderlo y he encontrado su valor estético. Sea lo que sea eso del valor estético."
La exposición tiene por título MAXImini. Tendencias de máxima minimalización en el arte contemporáneo, abierta en la FJM hasta el 25 de mayo.
"¿Tan buena es la exposición?", le pregunto.
"Excelente. Aunque, a decir verdad, no sé si será buena o mala. No conozco ese movimiento artístico, y no puedo juzgar el trabajo de los organizadores con conocimiento de causa. Pero la selección de obras, el orden de la muestra, y el folleto-catálogo que regalan a la entrada tienen un valor instructivo altísimo. Uno sale con la sensación de haber aprendido algo interesante e importante."
"¿Fue importante el Op-Art? Yo lo tenía por un estilo menor, formalista, propio del pragmatismo norteamericano, sin posibilidades de evolución."
"Algo de fundamento hay en esos prejuicios. Pero si visitas la exposición observarás en ella una dimensión intercontinental que, al menos en el organigrama del folleto-catálogo, parece impresionante. La exposición es en realidad una colección de arte recopilada por una serie de académicos a sueldo de la empresa pionera del automovilismo Daimler de Sttutgart."
"El complejo del arte."
"Exacto. La creación sin las grandes empresas multinacionales como sustento, patrocinio y refugio de artistas sería hoy algo diferente. Me gusta pensar que sería mejor, pero eso es un enigma insoluble... A lo que iba. Esta exposición de MAXIminim asegura que el minismalismo está presente en el arte moderno desde la aparicición de las vanguardias hasta hace nada. Dura un siglo, y a lo largo de esos cien años atraviesa los anillos estelares del abstracto originario (según los organizadores, el inventor del minismalismo fue Adolf Hölzel, un académico de Stuttgart converso tempranamente al abstracto, aunque a mí me suena un poco a concesión localista y empresarial), el dadá y el cubismo. Y luego deriva en una serie de círculos artísticos en Zurich, Washington DC, Sydney, Londres, Düsseldorf y también París, claro."
Bombardier asegura que lo que más le ha llamado la atención de la exposición ha sido el Movimiento Zero, un grupo de rebeldes muy educados (en todos los sentidos) que se formó en Düsseldorf. Un estupendo documental de la televisión alemana, realizado en 1960, lo explica muy bien en uno de los monitores instalados en MAXImini.Se titula Kunst Maler ohne Farbe und Pinsel, Pintores artistas sin color ni pinceles, de un tal Gerd Winkler. Bombardier califica a ese documental de "fresco y fragante".
"Y lo más curioso es que esa frescura no es sólo original, se ha multiplicado con el tiempo. El documental describe las técnicas creativas de los artista del grupo Zero, que nacio en la RFA a finales de los años cincuenta, y tuvo una réplica en Holanda (grupo Nul) y versiones y tendencias en otras ciudades europeas, entre las que se encuentra, invitablemente, París. Ante la cámara actúan una serie de jóvenes dinamiteros de la estética tradicional entonces, que era fundamentalmente vanguardista. Unas actuaciones desenfadadas e ingenuas. Estos jóvenes me recordaban a la precedente generación de existencialistas, con la visible diferencia de que los pintores estaban rasurados, vestían con aseo y compostura y no fumaban en pipa, sino cigarrillos. Además, no hacían ostentación de promiscuidad, sino de lo contrario, de sus familias, porque en varias secuencias los protagonistas de la creación son los hijos de los propios pintores. Aparece una especie de performance callejero en Düsseldorf, en el que un grupo de atildados artistas reparte panfletos a una multitud muy civilizada, proclamando la vigencia de su arte anticonvencional, anticromático y antirreflexivo. Y en otra secuencia, un grupo de chicos y chicas sonrientes exhiben unas pancartas con afirmaciones antiartísticas de fragancia dadá. Y la escena más fresca es la de una pareja, él, pintor, ella, cómplice de la acción ilegal de su marido o compañero, porque vigila la aparición de la policía, mientras su chico arranca cartelones pegados en las paredes de una calle parisina, para utilizarlos como material de trabajo en su estudio."
"Sí. Eso parece muy fresco."
"Y lo es, en sí mismo. Pero más todavía desde nuestra sofisticada perspectiva actual, en la que predomina la osadía agresiva y vulgar, el montaje publicitario diseñado en Nueva York y la pedantería intelectual. Comparado con todo esto de hoy, aquellas actividades de hace más de medio siglo eran de una ingenuidad conmovedora. Y eso que en su época eran de un radicalismo sospechoso, en un escenario de guerra fría inquietante."
Los alquimistas bohemios
"Bueno, ¿y qué me dices de la exposición sobre Modigliani?"
"También estupenda. En ella he visto la desolación psicológica de la vanguardia original. Las vidas de perro y las muertes románticas de aquellos individuos singulares que, al lado de los artistas emergentes de hoy, eran alquimistas bohemios, porque trasnformaron la escoria en oro, aunque casi ninguno lo pudo aprovechar. El pobre Modigliani murio tísico en plena juventud. Y su mujer se suicidó una semana después, embarazada de su segundo hijo. La exposición merece la pena en todos los sentidos, en especial en el didáctico. Aunque yo creo que la mayoría de los visitantes, personas mayores que hace una década no habrían osado entrar en un salón de pintura, tenían una actitud de veneración ante aquellos paisajes, aquellos desnudos, aquellos retratos. Es como las iglesias de hace siglos, donde las personas acudían en busca de consuelo espiritual y a instruirse en las vidas de los santos, pintados en paisajes, retratados y algunos de ellos y ellas decentemente desnudos. Es cierto eso de que la religión de los paganos del siglo XX es el arte."
"Vuelve a serlo."
"¡Ah, sí! ¿Por qué?"
"Porque el clasicismo griego y romano se refería a la religión de los paganos de entonces."
"Vaya. Tienes razón. No había caído en eso. Será que regresamos al paganismo."
"O al clasicismo."
jueves, 20 de marzo de 2008
LA CIUDAD QUEMADA
Me recomienda Bombardier que lea La ciudad que fue Barcelona, años 70, un libro de Federico Jiménez Losantos.
“Le he escuchado durante meses, y lo he dejado porque me altera los nervios. Ese hombre es un agitador”, arguyo.
“Pues si puedes aguantar su retórica un poquito más, aprenderás muchas cosas con su libro. Está escrito en los mismos términos en los que habla, con fluidez y contundencia.”
“¿Así que me aportará información e ideas?”, le pregunto amostazado.
“Completará el cuadro que conoces. Lo que tú y yo vivimos en Madrid, él lo pasó en Barcelona.”
“Yo frecuenté Barcelona en el año 1973. Iba muchos fines de semana desde Lérida, donde trabajaba”, le recuerdo a Bombardier. “La ciudad me fascinaba. Y algunas gentes, también. Menos los comunistas, que, sin embargo, deberían ser mis camaradas habituales. Recuerdo haber acudido a una cita, montada por el Partido desde Madrid, a un café de las Ramblas, para entrar en contacto con el PSUC, y contribuir allí a mi militancia. Me recibió un tipo muy circunspecto. Noté en seguida una gran desconfianza. Pensé que no se fiaba, que temía que yo fuera un infiltrado o algo así. Pasados los años, me di cuenta de que lo que le desagradaba de mí es que ni fuera catalán ni hablara su lengua. No era de los suyos.”
“Exactamente es la misma experiencia de Jiménez Losantos.”
“Pero no sé si aguantaré su discurso. Estoy saturado de él. Tiene una certeza tan grande en sus convicciones y sus opiniones, que impone miedo. Para él el liberalismo es una doctrina inflexible, en lugar de una manera de hacer las cosas o de verlas. Desconfío de los liberales ricos. Son tan poco de fiar como los progres que viven en una urbanización de lujo. No conozco a ningún liberal asalariado.”
“La mayoría de los asalariados no son ni liberales ni socialistas ni nada. No les interesan las disquisiciones ideológicas. Y no me digas que tú tienes trato y relación con asalariados, porque no me lo creo. Tu medio natural son las personas letradas, como tú y como yo, los intelectuales.”
“Oye, que yo no soy un intelectual. Le reservo el título a Jiménez Losantos y a los creadores de opinión vocacionales como él, sea cual sea su ideología.”
“Si lees La ciudad que fue Barcelona, años 70, conocerás mejor a Federico Jiménez Losantos y también a ti mismo.”
“¿Cómo puede ser eso?”, replico.
“Porque todos los intelectuales somos semejantes.”
“Menos mal que no has dicho iguales.”
Bombardier se encoge de hombros.
“Necesitamos fundamentar nuestras convicciones. Un intelectual sin principios no es un intelectual. Puede ser un pillo ingenioso, un erudito hueco, un cínico.”
“O un político.”
“Exactamente. Ser hoy político y tener convicciones es tan poco frecuente como los eclipses de sol. Un político es un individuo que tiene todos los derechos, pero ninguna obligación. Los ingleses le llaman a eso accountability, es una de las bases de su sistema democrático. El político debe responder de sus compromisos y de sus actos. Si no lo hace, se tiene que ir. Aquí es casi lo contrario, cuanto más inconsecuente, falso o arrogante sea un político, más se mantiene.”
“Así que Jiménez Losantos no es un político, sino un intelectual. Pues da la impresión de ser un agitador profesional.”
“Porque lo es. Pero por convencimiento. Y no se casa con nadie, si has podido observar. En su libro se ve por qué es como es. Se formó intelectualmente en la caldera en ebullición de la Transición, con todos los ingredientes hirviendo al mismo tiempo e intentando imponer sus sabores y potencias al caldo resultante.”
“Como nosotros.”
“Como nosotros. Pero en Barcelona, ese caldo no era natural. El sabor más fuerte se lo daban las pastillas de glutamato nacionalista. Eso es lo que describe con pelos y señales Losantos. A través de su experiencia personal.”
“Desde luego, a alguien a quien los nacionalistas fraccionarios han dejado cojo, no se le puede pedir objetividad hacia sus agresores.”
“Te equivocas. Losantos la tiene. Aporta materiales, textos propios y ajenos. Y sobre todo, descubre al lector la gran jugada de los nacionalistas, haciendo creer a los izquierdosos e izquierdistas no nacionalistas que la esencia de la razón progre la poseían ellos.”
“Pero debe ser un rollo, leer tanto material indigesto.”
“Te lo puedes saltar, o leer a trancos. Como ya te lo sabes… Lo interesante del libro son las maniobras que describe minuciosamente Losantos. En ese sentido es un libro inapreciable. Y difícilmente rebatible con argumentos sólidos. Lo más que se puede decir contra sus reflexiones es que no son nacionalistas o que son antinacionalistas. Pero eso, que yo sepa, es algo tan lícito como lo contrario.”
“No sé qué hacer... Empezaré a leerlo.”
“Enseguida verás que Losantos siempre ha sido una persona con opiniones propias, que no se dejaba influir mucho tiempo por un molde impuesto.”
“Eso ya se nota. Pero él tiene el suyo. El liberalismo militante.”
“Te lo he dicho. Es un intelectual. Necesita creer en algo.”
“Está bien. Leeré La ciudad que fue Barcelona, años 70 para ver lo que encuentro en ella de mí mismo.”
“Será una estación más en nuestro viaje terapéutico hacia lo desconocido”, sentencia Bombardier.
“Le he escuchado durante meses, y lo he dejado porque me altera los nervios. Ese hombre es un agitador”, arguyo.
“Pues si puedes aguantar su retórica un poquito más, aprenderás muchas cosas con su libro. Está escrito en los mismos términos en los que habla, con fluidez y contundencia.”
“¿Así que me aportará información e ideas?”, le pregunto amostazado.
“Completará el cuadro que conoces. Lo que tú y yo vivimos en Madrid, él lo pasó en Barcelona.”
“Yo frecuenté Barcelona en el año 1973. Iba muchos fines de semana desde Lérida, donde trabajaba”, le recuerdo a Bombardier. “La ciudad me fascinaba. Y algunas gentes, también. Menos los comunistas, que, sin embargo, deberían ser mis camaradas habituales. Recuerdo haber acudido a una cita, montada por el Partido desde Madrid, a un café de las Ramblas, para entrar en contacto con el PSUC, y contribuir allí a mi militancia. Me recibió un tipo muy circunspecto. Noté en seguida una gran desconfianza. Pensé que no se fiaba, que temía que yo fuera un infiltrado o algo así. Pasados los años, me di cuenta de que lo que le desagradaba de mí es que ni fuera catalán ni hablara su lengua. No era de los suyos.”
“Exactamente es la misma experiencia de Jiménez Losantos.”
“Pero no sé si aguantaré su discurso. Estoy saturado de él. Tiene una certeza tan grande en sus convicciones y sus opiniones, que impone miedo. Para él el liberalismo es una doctrina inflexible, en lugar de una manera de hacer las cosas o de verlas. Desconfío de los liberales ricos. Son tan poco de fiar como los progres que viven en una urbanización de lujo. No conozco a ningún liberal asalariado.”
“La mayoría de los asalariados no son ni liberales ni socialistas ni nada. No les interesan las disquisiciones ideológicas. Y no me digas que tú tienes trato y relación con asalariados, porque no me lo creo. Tu medio natural son las personas letradas, como tú y como yo, los intelectuales.”
“Oye, que yo no soy un intelectual. Le reservo el título a Jiménez Losantos y a los creadores de opinión vocacionales como él, sea cual sea su ideología.”
“Si lees La ciudad que fue Barcelona, años 70, conocerás mejor a Federico Jiménez Losantos y también a ti mismo.”
“¿Cómo puede ser eso?”, replico.
“Porque todos los intelectuales somos semejantes.”
“Menos mal que no has dicho iguales.”
Bombardier se encoge de hombros.
“Necesitamos fundamentar nuestras convicciones. Un intelectual sin principios no es un intelectual. Puede ser un pillo ingenioso, un erudito hueco, un cínico.”
“O un político.”
“Exactamente. Ser hoy político y tener convicciones es tan poco frecuente como los eclipses de sol. Un político es un individuo que tiene todos los derechos, pero ninguna obligación. Los ingleses le llaman a eso accountability, es una de las bases de su sistema democrático. El político debe responder de sus compromisos y de sus actos. Si no lo hace, se tiene que ir. Aquí es casi lo contrario, cuanto más inconsecuente, falso o arrogante sea un político, más se mantiene.”
“Así que Jiménez Losantos no es un político, sino un intelectual. Pues da la impresión de ser un agitador profesional.”
“Porque lo es. Pero por convencimiento. Y no se casa con nadie, si has podido observar. En su libro se ve por qué es como es. Se formó intelectualmente en la caldera en ebullición de la Transición, con todos los ingredientes hirviendo al mismo tiempo e intentando imponer sus sabores y potencias al caldo resultante.”
“Como nosotros.”
“Como nosotros. Pero en Barcelona, ese caldo no era natural. El sabor más fuerte se lo daban las pastillas de glutamato nacionalista. Eso es lo que describe con pelos y señales Losantos. A través de su experiencia personal.”
“Desde luego, a alguien a quien los nacionalistas fraccionarios han dejado cojo, no se le puede pedir objetividad hacia sus agresores.”
“Te equivocas. Losantos la tiene. Aporta materiales, textos propios y ajenos. Y sobre todo, descubre al lector la gran jugada de los nacionalistas, haciendo creer a los izquierdosos e izquierdistas no nacionalistas que la esencia de la razón progre la poseían ellos.”
“Pero debe ser un rollo, leer tanto material indigesto.”
“Te lo puedes saltar, o leer a trancos. Como ya te lo sabes… Lo interesante del libro son las maniobras que describe minuciosamente Losantos. En ese sentido es un libro inapreciable. Y difícilmente rebatible con argumentos sólidos. Lo más que se puede decir contra sus reflexiones es que no son nacionalistas o que son antinacionalistas. Pero eso, que yo sepa, es algo tan lícito como lo contrario.”
“No sé qué hacer... Empezaré a leerlo.”
“Enseguida verás que Losantos siempre ha sido una persona con opiniones propias, que no se dejaba influir mucho tiempo por un molde impuesto.”
“Eso ya se nota. Pero él tiene el suyo. El liberalismo militante.”
“Te lo he dicho. Es un intelectual. Necesita creer en algo.”
“Está bien. Leeré La ciudad que fue Barcelona, años 70 para ver lo que encuentro en ella de mí mismo.”
“Será una estación más en nuestro viaje terapéutico hacia lo desconocido”, sentencia Bombardier.
miércoles, 19 de marzo de 2008
Guerra incruenta
Sant Jordi, Beethoven y Mozart
El auténtico espíritu de las Fallas.
Unas cañitas antes de la paella
Conocí a algunos yugoslavos refugiados durante la primera fase de la violenta descomposición de aquel país, de esto hace más de diez años. A los asistentes sociales que les ayudaban les había sorprendido la reacción de aquellas personas ante las mascletás de las fiestas valencianas. Les producían un pánico incontenible, y a los niños les volvía histéricos. La razón era la huella que había dejado en ellos la guerra de la que habían escapado. No identificaban las explosiones con algo lúdico, sino con algo terrible y peligroso.
Por fortuna, yo no he estado en ninguna guerra. Lo más parecido que he vivido son unas maniobras de artillería en las que participé durante mi servicio militar. Pero como no había ningún riesgo en ellas, me resultaron lo más parecido a las Fallas.
Pues bien, esta tarde, día de San José, entre las dos y las tres de la tarde, desde mi terraza en lo más alto de Burjassot, con toda la huerta y la ciudad de Valencia extendiéndose hasta el mar, un marciano habría deducido que había estallado una guerra indiscriminada en todos los barrios a la vez. Disparos de fusil, cañonazos, ráfagas de ametralladora, explosiones antiaéreas... Pero ni una sola víctima... gracias a Dios.
martes, 18 de marzo de 2008
No hay mejor "instalación" que una falla
He aquí uno de los excesos más hirientes de las fallas. El que tiene más dinero, puede hacer mejores monumentos y mejores fiestas. Por eso hay una división de fallas en categorías por orden económico. Pero si al cabo de los años una falla monopoliza los grandes premios, la fiesta se desnaturaliza, y desdibuja los aspectos positivos de este carnaval popular.
Las fallas han sido y son un medio de cohesión social. En los casales falleros se integran muchas pesonas que buscan y encuentran relaciones personales y familiares.
Además, las fallas son un vehículo de mofa social, muy útil en tiempos como los presentes, en los que toda la ironía se limita a las telecomedias o a las actuaciones personales de cómicos que recitan un guión escrito por otro. En las fallas, el artista fallero intenta reflejar aquello que la comisión le indica.
Por último, las fallas cumplen una función de desahogo, como he dicho en la entrada anterior.
Y, aparte de todo esto, las fallas son un espectáculo maravilloso. Transforman la ciudad en un verdadero museo de instalaciones que todo el mundo comprende y goza. La llenan de miles de personas disfrazadas de trajes suntuosos (a veces, demasiado suntuosos), de desfiles, de bandas de música. Todo esto hace de ellas una de las fiestas más vistosas de España para la población ajena a ellas y para el turista.
Esto de las instalaciones me hace pensar en la pedantería de los artistas que viven de ellas, de los comisarios que las promueven y de los críticos que las ponderan. Me refiero a las instalaciones del complejo del arte institucionalizado, que luego acaban en las puertas de los museos o en los propias salas de estos, si son lo suficientemente grandes.
Ninguna instalación artística supera a una falla, por humilde que sea. Pero los intereses creados y la estupidez intelectual han montado un tinglado en torno a estas fórmulas de creación artística, que las fallas ponen cada año en evidencia.
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