Sensaciones, ideas y fantasías

martes, 20 de mayo de 2008

Dos anuncios seductores como la mirada de un súcubo

¿En qué cantidad y con cuánta calidad contribuye una empresa al bien común? Esta es una pregunta de naturaleza filosófica, pero la ha provocado un hecho observable: dos anuncios que emiten las televisiones españolas, en los que una empresa petrolera y otra que produce electricidad se proclaman pilares de los beneficios acumulados por la humanidad gracias a la ciencia, al progreso y al buen rollito.
No cabe duda de que la mayoría de las empresas de servicios y productos básicos contribuyen mucho al bien común, tanto como el que añaden con su trabajo las personas que las gestionan y las que las hacen funcionar (antes trabajadores o proletarios). Pero centro la pregunta en la medida, porque ahí es donde se halla la trampa, la confusión el engaño, el cachondeo.
En primer lugar, ¿es una coincidencia que estos magníficos y seductores anuncios se hagan en los momentos en los que el precio de la energía está subiendo como los cohetes espaciales? Sólo este hecho nos pone en guardia, levanta una barrera de suspicacias.
Y luego está el viejo, debatido, polémico e incuestionable hecho de que en un mercado de economía libre, toda actividad empresarial se realiza con el objetivo de obtener beneficios en el negocio de compraventa que se deriva de ella. Es decir, si el progreso humano y los bienes que distribuye entre nuestra especie no son un fenómeno básicamente altruista, intuitivo, natural o como quiera llamarse, la empresa petrolera u la eléctrica de marras nos están contando un cuento inaceptable, y debemos de estar alerta, porque debajo del disfraz de cordero inofensivo puede aparecer en cualquier momento el lobo feroz.
Yo creo que las empresas, en especial las grandes empresas multinacionales relacionadas con el tráfico de las materias primas, tienen una filosofía moral por completo acomodaticia a las circunstancias. En otras palabras, que los principios morales les sirven tanto como una canción de cuna a un caracol hambriento. Una estrategia de ventas, de producción, de ahorro, de créditos, todo esto forma parte de la filosofía de la empresa, y también la que oriente a las propias relaciones laborales internas.
Pero de ahí a hacernos creer que si no fuera por ellas la Humanidad viviría en las cavernas, hay un abismo. Un abismo que conviene que rellenemos los por lo general pasivos televidentes. No hace falta recurrir a un libro de filosofía para resistirse al engaño, aunque viene bien hacerlo. Sólo basta con hacerse las preguntas pertinentes. ¿Qué pasará si yo me quedo sin trabajo y no puedo pagar la factura de la luz? ¿Qué ocurrirá si no tengo suficiente dinero para comprar gasolina y preciso hacer un viaje decisivo? ¿Estarán las empresas a la altura de la historia que cuentan en sus anuncios?
Hace poco escuché un anuncio radiofónico de la cadena alemana Saturn, famosa por la agresividad de su propaganda. La conclusión de una parrafada en la que vendían todo tipo de electrodomésticos era “¡Porque es tu derecho!”
Imaginé a un grupo de okupas aburridos que, incitados por el llamamiento, acudiera a una tienda Saturn, arramblaran con neveras, televisores, lavavajillas, teléfonos móviles, iPods, ordenadores, etc., y salieran con ellos sin dejar ni un céntimo en caja, alegando que los necesitaban y estaban en su derecho de llevárselos.
Pensé, si yo fuera más joven, buscaría a un grupo de amigos e intentaría el happening.
La poca vergüenza de estas empresas merece esto y cosas mucho peores. Yo desde luego, no compraré ni en Saturn ni en Media Markt porque no me gusta que me traten como a un tonto. Y si pago la factura de la luz y sigo comprando gasolina es porque no quiero quedarme a oscuras ni paralizado.

domingo, 18 de mayo de 2008

Noticias desde el Tíbet

Bombardier se ha marchado al Tíbet.

Eso dice él. Pero la verdad es que, si yo interpreto bien su mente criptológica, está en algún lugar de los Pirineos catalanes.

Me ha enviado un texto en respuesta a mi demanda de auxilio, que me ha dejado perplejo y ha hecho recorrer escalofríos por mi espalda. Tanto, que necesito algún tiempo para asimilarlo. En su debido momento lo publicaré. Es un sueño que dice haber tenido.

De momento me limito a colocar algunas sugerencias que me hace.

Por ejemplo, el blog de Héctor García, un español que vive en Japón. Su página está llena de valiosa y seleccionada información sobre ese país para mí inaccesible (salvo a través de Murakami y de Kenzaburo Oe). Consejos para turistas, explicaciones sobre comida, costumbres y curiosidades. Útil y clarito. Un ejemplo de las utilidades de la red, en a que encuentras lo que necesitas, si te orientan. Al fin y al cabo, los blogs son en gran medida eso, orientadores.

Otra página que me recomienda Bombardier es la de un grupo de amigos de genio integrador que se dedica a estudiar y escenificar las batallas que tuvieron lugar durante la Guerra Civil española en Madrid y sus alrededores. Se llama Frente de Madrid. esta es la explicación que ellos mismos dan de sus actividades.

La idea de desarrollar actividades de recreación histórica de la Guerra Civil puede suscitar ciertas suspicacias ante el temor a que una puesta en escena evocadora de un conflicto que mantiene abiertas heridas en algunos, produzca consecuencias no queridas. Entendemos que existen otros espacios en los que puede expresarse la disidencia y el rechazo a un determinado orden político y que, por tanto, debe reservarse a la recreación histórica el recuerdo de las personas que participaron en la Guerra Civil, al margen de sus ideas.Frente de Madrid no nace para atacar a nadie ni para transmitir una visión partidista de la Guerra Civil sino como un instrumento educacional que quiere contribuir a contar aquella época haciendo visibles a las personas que la protagonizaron. En este sentido, la exhibición de signos distintivos y banderas de la época, de cualquier clase, no tendrá otra finalidad que la representación histórica, y el uso indebido de los mismos que pueda hacer algún participante será de su exclusiva responsabilidad, si bien la participación en este tipo de eventos implicará asumir la obligación de respetar escrupulosamente las reglas que a este efecto se señalen.

Por último, me pide que recomiende un libro, de esos que se leen de un tirón. El Oficial Polaco, de Alan Furst, editado por Seix Barral en 2007, aunque Furst lo escribió en 1995.

Alan Furst es norteamericano, ha sido profesor en varias universidades y ha ejercido el periodismo. Dice el refugiado en el Tíbet pirenáico que Alan Furst le recuerda a Jopseph Kanon, otro escritor de novelas de espionaje situadas en los años de la Segunda Guerra Mundial. Hace unos meses se estrenó El Buen Alemán, escrita por Kanon, dirigida por William Sodenberg. Según Bombardier, los personajes y la acción nuclear de la novela son violentamente trastocados para adeptarla a una narración cinematográfica. Es decir, que le ha gustado más el libro que la película.
El Oficial Polaco tiene los ingredientes básicos de la novela de espionaje: acción, tensión, credibilidad, fatalismo. Se fija más en los seres humanos que en su calidad moral, y está armada sobre las rutinas (con frecuencia heroicas) de los espías, que tienen más que ver con la estadística que con la épica. Por ejemplo, recogiendo muestras de los trapos desechados por un regimiento de Panzers de la Wehrmacht y haciendo una análisis químico de ellos se puede deducir las intenciones de avance en teritorio ruso o no con anticipación.
Coincido con Bombardier en su preferencia del género de espionaje sobre el negro. Las novelas negras cada vez se basan más en las atrocidades y perversiones de mentes enfermas o en policías descastados, en corrupciones inverosímiles y cosas así. Para mí, y para Bombardier, los tiempos de la novela negra terminaron con la muerte de Dashiell Hammet y de Raymond Chandler.

jueves, 15 de mayo de 2008

El regreso del que se fue a Sevilla



Ya estoy de nuevo en casa, en Burjassot. Subo a la atalaya de mi terraza y reconozco la ciudad de Valencia extendiéndose hasta el mar. En medio de la planicie, la mole gris del monasterio de San Miguel de los Reyes, silueta geométrica y persistente de un siglo en el que las grúas, las antenas y los rascacielos ni siquiera eran un sueño. Por la noche, el rasgo distintivo del horizonte son las luces de las grandes rondas de la ciudad, los focos deslumbrantes de los estadios de fútbol los días de partido. Hacia el norte, me tengo que asomar a un rincón de la atalaya para ver aparecer, detrás de un edificio de viviendas de la acera de enfrente, el lomo de Sagunto, con las ruinas desdentadas de su castillo, que sólo se reconocen con los binoculares.
Todo está igual que cuando me fui a Sevilla, hace tres días. Y sin embargo, hay algo diferente. Percibo algo diferente. ¿Será el efecto melancólico de las nubes de esta primavera que hasta hace una semana era áspera como la piel de un elefante cubierto de barro seco, tras la euforia climática sevillana? Grisura donde suele resplandecer la luz. Atmósfera de lo inusual, de lo distinto. Algo ha cambiado, algo casi imperceptible, algo que una persona atareada, dirigente y diligente, no puede discernir porque los matices no merecen su atención selectiva.
Esta mañana, en Sevilla, en una callejuela vecina a la plaza de Santa Cruz, hemos entrado en una diminuta librería de viejo. No podría albergar una tertulia de más de cinco personas, pero está repleta de libros, en estanterías, en montones. La regenta una inglesa o una norteamericana de edad. Por treinta y tres euros, hemos comprado cinco libros. Uno policíaco, dos de teatro, otro de filosofía práctica y una novela de un autor desconocido, que mi mano encontró en la base de una columna tambaleante, y extraje con gran trabajo. “¿Qué tal es?”, pregunto a la vendedora. “La he cogido por intuición. Pero la intuición me ha engañado varias veces en cosa de libros.” “Esta vez ha acertado. La novela es buena. La leí hace años y no me acuerdo ni de qué trata, pero sé que me gustó.”
Y heme aquí de vuelta de Sevilla con mis sobados libros nuevos y la sensación de haber regresado a un lugar modificado. ¿Me habré equivocado de dimensión? ¿Habrá recorrido el aeroplano algo más que distancia y tiempo, y me habrá situado en un mundo paralelo casi exactamente igual al que abandoné el martes?
¿O habré cambiado yo mismo?
Pero, ¿por qué? ¿Cómo?
¡Ojala viniera Bombardier de pronto! Hablaría con él de todo esto, y empezaría a vislumbrar una explicación. Racional o irracional. Física o sobrenatural. Material o idealista.
Bombardier es un tipo raro. Se presenta en mi casa sin avisar. A veces, me llama por teléfono. Pero yo no puedo localizarle. No sé dónde vive. No tengo un número de teléfono móvil o fijo donde hallarle. Sé que suena inverosímil. Dos seres humanos se profesan una sincera amistad, carecen de secretos el uno para el otro, pero uno de ellos jamás ha proporcionado al otro ni su dirección ni ningún otro dato que no sea el de que es un ejecutivo medio alto del sistema de Correos. Viaja. Aparece. Desaparece.
Quizá la próxima vez que se descuelgue por aquí me atreva a preguntarle, me enfrente al tabú. Aunque, no sé. ¿Qué sentido tiene romper tabúes? ¿Con qué los sustituiremos, con otro tabú todavía más oscuro, con una mentira, con un mito?
También esta mañana en Sevilla, nos hemos asomado a la iglesia de Santa María la Blanca cuando un sacerdote tan achacoso que apenas se sostenía de pie, celebraba la Misa. El ámbito era un prodigio. Una pequeña iglesia de tres navecillas, de un barroco apabullante, con cuadros religiosos de gran valor artístico (e imagino que moral), una cúpula con unos altorrelieves tan retorcidos que resulta imposible limpiarlos, y sin embargo no estaban completamente sucios de siglos. Y encima del cura, al fondo de un iluminado camarín, la imagen de la Inmaculada vestida de seda blanca recién estrenada.
El cura ha iniciado la Misa disponiendo a las dos docenas de fieles (sin contarnos mi a mi mujer ni a mí) a recibir al Señor. Reconozcamos nuestros pecados y supliquemos el perdón y la gracia de Dios, ha venido a decir. Y ha seguido la vieja salmodia que resonaba en mis neuronas infantiles: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa…”
De pronto he imaginado que la cúpula grutesca se derrumbaba, y de entre el polvo de los cascotes emergía un ser indefinido, medio sobrenatural, medio animalesco, medio humano, se cruzaba de brazos o de patas, y decía con voz calmosa y convincente: “No perdáis el tiempo. Estáis dirigiéndoos a un mito. Romped el tabú. Salid a las calles de este barrio milenario y sentíos libres.”
¡Qué dolor tan terrible para aquellas personas! ¡Qué soponcio para el anciano cura!
Desentrañar un tabú. Bien. Pero, ¿sabremos cómo vivir sin él? La época de la razón nos ha dado muchos disgustos.
Y sin embargo, los filósofos y los teólogos de todos los tiempos han coincidido en que no tenemos otro medio para conocernos y conocer el mundo. La razón. La intuición. La reflexión. El esfuerzo. La confianza. La negación. La dialéctica.
¡Ojala apareciera Bombardier! Estas especulaciones son su gran campo de juego.

miércoles, 14 de mayo de 2008

La ineluctable restauración de la armonía

Me encuentro en Sevilla, acompañando a mi mujer, que interviene en un seminario de la Universidad. No he llegado aquí como turista. No he venido a realizar ningún negocio personal o social. Paseo por las calles de esta ciudad atestadas de turistas sin la menor obligación, sin el más mínimo compromiso, ocioso y contento de estarlo.
Estas circunstancias son excepcionales. Es como si me hubieran cogido con pinzas de mi casa en Burjassot y me hubieran transportado (de hecho hemos llegado volando) mágicamente a Sevilla y me hubieran soltado a la entrada de la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Universidad. Jardines con jarandás en flor y el suelo tapizado de pétalos morados, palmeras, la Giralda asomándose por encima de los tejados, un tranvía entrometido rodando por la avenida de la Constitución, por delante de la catedral, como si quisiera chulearla. Edificios centenarios mirando impertérritos el curso del vehículo aerodinámico. Las terrazas salpicadas de turistas. Sevillanos atareados de aquí para allá. Coches de caballos. La Torre del Oro mirándose en las aguas de lo que antes fue río Guadalquivir y hoy es un canal. En el autobús de Mairena a Sevilla, ciudadanos que charlan, señoras que se cuentan cosas con un gracejo que sólo se siente en Sevilla, emigrantes hispanoamericanos camino de su trabajo. Las obras de la línea 1 del Metro en la Avenida Blas Infante...
Yo puedo observar todo esto con un desapasionamiento total, con una calma absoluta. Resbalo sobre esta superficie erizada de cabezas, de antenas, de carteles de tiendas, de anuncios, de balcones, de iglesias, y en lugar de atascarme, danzo sobre ella con la habilidad de un maestro. Mi mente no está ocupada en ninguna preocupación. Miro con complacencia todo lo que veo. Absorbo toda la energía que emite una ciudad, su tráfago, sus ciudadanos en movimiento. Siento el mundo como un organismo equilibrado, comprendo íntimamente que más allá de los problemas de los individuos, personales y sociales, más allá de los intereses, de las obligaciones, de las ambiciones, de las frustraciones (o más acá, depende de cómo se mire) existe una armonía inexplicable que hace que todo funcione, que nada se atasque, que las mezquindades, las trapacerías, las angustias, los crímenes pequeños y grandes, queden absorbidos por la visión globalizadora que proporciona la armonía interior, el distanciamiento del que observa.
Y sin embargo, esta madrugada se ha cometido una atrocidad horrenda una vez más.
En este blog hay constancia de mi virulenta reacción ante la última. No he querido que hoy me sucediera lo mismo.
ETA seguirá matando. Puede que en las Vascongadas y el Cataluña lleguen a un grado de desestabilización que incida en la vida íntima de los ciudadanos inocentes y ajenos a esos tejemanejes. Puede que esa sensación se consiga extender a toda España, que nos veamos en peligro de desintegración una vez más. No lo sé. Ójala no llegue ese instante.
Pero hasta en las condiciones sociales más hirvientes, hasta en las revueltas más salvajes, la naturaleza humana acaba predominando, y en lugar de la destrucción buscada tozudamente por individuos desequilibrados, regresa el orden, la armonía, se vuelve a instalar la rutina orgánica de la vida social, en la que cada cual atiende su negocio, la vesania de los monstruos se desintegra, barrida suavemente por el aplastante instinto de sobrevivencia de la mayoría.
A pesar de todo, yo quiero que los monstruos pasen a la historia, que su nombre quede grabado e las piedras, que no los olvidemos. Que los asesinos sean siempre recordados como lo que fueron. ASESINOS. Héroes de mierda.

sábado, 10 de mayo de 2008

Cien personas se reunen para festejar el medio siglo de un amigo

Una noticia de como esta, del género positivo, no se encontrará fácilmente en un diario impreso. En los informativos de televisión o de radio también sería rara, salvo que estuviera protagonizada por un abuelito (en ese caso sería un siglo) o por una celebridad eclipsada que adquirió fama en su juventud por alguna razón escandalosa.
Las celebraciones, los cumpleaños sólo interesan a la prensa del corazón, a los programas de discos dedicados, y a las secciones de crónicas de sociedad pagadas de algunos diarios, bodas, comuniones, anuncios de compromiso matrimonial, y eventos de este género positivo.
Al contrario de lo que podría pensarse, estas secciones tienen muchos seguidores (audiencia) , sobre todo en la prensa local. O al menos la han tenido. Yo recuerdo la sorpresa que me causó la primera vez que salí a Francia y ví un diario de Burdeos con un par de páginas llenas de fotografías de niñas y niños vestidos de marineritos, de parejas casaderas, de familias entorno al hogar y retratos por el estilo. En la prensa española eso era una rareza. La cara bonita de la vida ciudadana.
Tal y como está hoy el mundo, este género positivo es casi una provocación. El mundo es una porquería, y no porque lo diga el tango, sino porque la televisión vierte en nuestras salas de estar porquería a todas horas, los diarios impresos están empapados de sangre, de corruptelas, de atrocidades, y determinaods programas de radio son enérgicas soflamas.
¿Y cómo logramos llevar una vida corriente, más o menos ordenada, cómo crecen nuestros hijos, cómo sobrevivimos en este panorama que se parece más al Beirut de estos días o a la Birmania arrasada por los ciclones que a una sociedad donde la mayoría casi total de las personas viven sin matarse?
Pues gracias a seres como Agustín Abarca y su mujer Mariángeles Rivas.
Los (para mí misteriosos y loables) visitantes de esta bitácora que me conozcan y conozcan a mis amigos saben de sobra quienes son Agustín Abarca y su Mujer Mariángeles Rivas.
Pero como puede que haya alguno de estos visitantes que no tenga ni idea de su existencia, me van a permitir unas líneas de crónica social.
Si existe la convencionalidad, es decir, si pudiera adquirir cuerpo, Agustín y Mariángeles darían la impresión de ser el matrimonio convencional por excelencia, con dos hijas sanas y radiantes, Irene y Clara, y una abuela, Maruja, que cada dos días debe acudir a hemodiálisis. Viven en un piso del barrio marítimo de Valencia, ambos trabajan (de lo lindo) en un despacho de gestión de empresas. Tienen un coche. Hacen vacaciones. Consumen quizá la media exacta de lo que atribuyen las estadísicas a una familia media... Son la familia media.


Pero cuando entras en ellos, en su casa, en sus vidas, empiezas a enredarte en una maraña de virtudes excepcionales. Y te dejas enmarañar muy a gusto, porque el afecto ilimitado e incondicional, la predisposición a servirte y atenderte son constantes en ellos.
¿Son una familia sin problemas íntimos, algo así como la familia Trap, capaz de superar las circunstancias más adversas?
Imagino que no. Agustín y Mariángeles protegen su intimidad de un modo tan firme como inapreciable. Quizá sea ese el secreto de su ¿éxito? No. ¿De su supervivencia matrimonial? No. De su convivencia.
Pero sea cual sea la intimidad más íntima de estos dos amigos míos, su externidad es lo que les hace excepcionales.
¿Cuántas personas podrían reunir a un centenar de amigos, amigos de verdad, en un cumpleaños?
Los que anoche acudimos al salón de actos de la Iglesia de Vera al convite del medio siglo de Agustín, no teníamos el más mínimo compromiso con él y con Mariángeles. Nada material nos llevaba allí, es más, lo material lo llevaba cada uno bajo el brazo, (en Valencia se llama cenar de sobaquillo a llevar cada uno un bocata). Aunque la verdad es que había aperitivo y bebida a discreción, regalada por el (los) homenajeados. No hubo discursos. No hubo corrillos de intereses. Sólo hubo afecto, limpio y a raudales, reunión de individuos que llevávamos casi décadas sin vernos, todos de la órbita de Agustín y Mariángeles. Hubo canciones, hubo "que se besen", y hubo una proyección de fotografías de la vida de Agustín y luego de la pareja, realizada con un gusto y una sensibilidad fuera de lo común por una de las amigas.
Y hubo champán, y tarta, y todo lo que hay en las Nocheviejas. Porque la noche de ayer no es de las que se prodigan en el año, ni en varios años.

viernes, 9 de mayo de 2008

UNA ALUCINACIÓN JOCOSA

A continuación copio un texto que Bombardier me ha enviado por e-mail desde Madrid, donde se encuentra desde hace varios días por asuntos de trabajo. Él asegura que está basado en hechos reales, una conversación que él escuchó en una cafetería de ese vestíbulo selvático que hay en la estación de Atocha.
Sin embargo, la historia o el cuento (porque yo creo que es un cuento en todos los sentidos del término) está narrado en primera persona, algo imposible para Bombardier, a no ser que, una, se lo haya inventado o, dos, lo haya protagonizado él mismo, y quiera salvaguardar la buena fama de su equilibrio mental. Además, que yo sepa, no ha habido ninguna huelga de Renfe, por lo que me inclino por la hipótesis uno.
En fin

Pere el Cerimoniós

Las cafeterías del invernadero vaporoso de la estación de Atocha estaban a reventar por la huelga de RENFE. Todas las mesas estaban ocupadas. Desde una de ellas, miraba distraídamente el telón de palmeras y bambúes de la falsa jungla, esperando la llamada para mi AVE a Sevilla, cuando escuché una voz masculina con señalado acento catalán, solicitando permiso para compartir la mesa y, acto seguido, presentándose.
- Soy profesor de Historia en un instituto de Badalona. Doctor por la Universitat de València. Autor de varios libros de texto y numerosos ensayos pedagógicos. Tengo mi propia página en la Red.
Lo tomé como una de esas divagaciones retóricas que los magos emplean para distraer la atención. Porque al levantar la vista le había reconocido de inmediato: era Pere el Cerimoniós, un ilusionista de trucos rutinarios que había visto actuar semanas atrás. No me cupo duda. Era él. Sus ademanes, su pedantería, su aura de mediocridad. Tomó asiento y pidió un café con leche.
- ¿Va usted a Barcelona? - , me preguntó.
En su voz había un eco trágico.
- No. A Sevilla.
- ¿Es usted sevillano?
- Tengo clientes por toda la península. Soy de Sitges.
- ¿Es usted catalán? - , preguntó espantado.
Instintivamente me puse a la defensiva. Los catalanes desconfiamos de nuestros paisanos, pero solemos disimularlo.
- Sí.
- No se le nota.
Sus ojos se encogieron. Su expresión de pánico se transformó en mueca ridícula. Si era Pere el Cerimoniós, y no un chiflado muy parecido a él, interpretaba su juego de distracción con pericia soberbia, muy superior a su tosquedad en el escenario.
- Déu ni do –, le dije en catalán, para ver su reacción -. Dissimular la realitat és bàsic en els negocis. I més encara si allò que es dissimula és l’accent.
Su respuesta me desconcertó. Se empeñaba en hablarme en castellano. Y lo hacía en un tono complaciente, como si oponerse a mí constituyera un peligro.
- Desde luego. Desde luego… - ¿Viene de Barcelona?
- Llevo una semana en Madrid. ¿No habrá desaparecido el Tibidabo, oi?
- Me gustaría hablarle de algo…, en fin… que puede sonarle raro… ¿Me permite?
- Naturalmente. Pero antes dígame. ¿Conoce a Pere el Cerimoniós?
Esperaba ver caer su máscara. Pero su respuesta me confundió todavía más.
- Claro que sí. En su reinado se constituyó la primera Generalitat o Diputació General. Tuvo dos hijos. Uno se mató en una cacería. El otro se metió a monje. Y en el reino de Aragón entró un Trastámara castellano. Fue el principio del fin de Cataluña… Pero al parecer, todo es una leyenda –, concluyó abatido.
- No me refería a ese Pere el Cerimoniós, sino a otro que tiene que ver con la magia. En Historia, soy un analfabeto. Ahora, si es de asuntos comerciales…
- ¡Magia! Usted sabe algo-, gimió -¿Qué está pasando?
- Nada. ¿Qué quiere decir? - Miré a mi alrededor, alarmado.
- Discúlpeme… Estoy un poco nervioso... Pero tengo que contarle lo que me ocurrió anteayer, en la biblioteca de Cataluña. Consultando unos viejos papelotes, me entró una modorra insoportable. Al despertarme estaban a punto de cerrar.
Al salir empezaron a sucederse una serie de alteraciones inquietantes. Los carteles del Metro estaban escritos en castellano, y algunos en catalán. Al llegar a mi casa de la calle Bailén descubrí que el monumento a Rafael Casanovas había desaparecido. Ya en el piso, puse la tele, y por más que lo intenté, no pude sintonizar TV3. Me quedé dormido en el sofá, hipnotizado por un programa basura de Telecinco. Al despertarme por la mañana, tampoco pude sintonizar Catalunya Ràdio. La quinta, última y devastadora alteración la protagonicé yo mismo en el instituto. La lección del día era: Conflictos medievales del siglo XI en la Cataluña Condal. ¿Los conoce usted?
- No tengo ni idea - , admití.
- Se lo resumiré. Los nobles se enfrentan con Ermesenda, que gobierna durante la infancia de su nieto, Ramón Berenguer. Desean imponer su criterio feudal, frente a la autoridad y los pactos reales con menestrales y moros, de quienes cobran suculentas parias. Esta rivalidad dura casi un siglo, hasta que Ramón Berenguer IV se casa con la heredera de Aragón, doña Petronila. El hijo de ambos, Alfonso el Casto consolida la potencia catalanoaragonesa frente a Castilla y León. Hasta llegar a Jaime el Conquistador, que empuja a los musulmanes hacia el sur y los echa de Valencia y las Baleares. Le suena, ¿verdad?
- Ya le digo que soy un desastre en Historia. Ni siquiera leo novelas. Mi tiempo libre lo dedico a bailar sardanas. Es mi pasión. Siento decepcionarle.
- Es igual
Me irritó su indiferencia hacia mi falta de cultura.
- El caso es que, a medida que iba explicando la lección, los chavales abrían los ojos más y más. Si no llego a parar, se les salen de las órbitas. Entonces voy y les pregunto desconcertado, “Si teniu algún dubte, per favor, pregunteu”. Siguió un silencio ominoso. ¿Qué estaba pasando? Al final de la jornada, se me acercó el director del instituto, y me invitó a tomar una cañita. Me lo dijo en castellano, “una cañita”. Era asombroso, casi nadie me hablaba en catalán.
“¿Qué has explicado a los chicos esta mañana en clase?”, me preguntó. Yo, mosqueado, le resumí, al igual que ahora hago con usted, la lección. “¿Te encuentras bien?”, me dijo, en el tono que se emplea para los que tienen flojo un tornillo. “Perfectamente.” “Pues no entiendo por qué estás falsificando la Historia.” “¿Falsificando la historia?”, salto, a punto de estallar. El tío me lleva a la biblioteca y me entrega un montón de libros, incluidos los de mi asignatura. ¿Sabe usted lo que pasó en el siglo XI en el Mediterráneo, según esos textos?
Negué con la cabeza.
- Pues que Fernando I de Castilla, León y Navarra, conquistó Valencia y se la entregó a su hijo Sancho que, con ayuda del Cid…
- Ese sí me suena - , le interrumpí. Ni siquiera me escuchó.
- Con la ayuda de Rodrigo Díaz de Vivar establecieron caballeros y pobladores castellanos en Valencia, y se expandieron hasta Vinaroz por el norte, y hasta Almería por el sur. Aragón llegó hasta la desembocadura del Ebro y se unió a Castilla. Mientras que los condados catalanes se mantuvieron independientes y al margen de todo…
- Prudentemente - , volví a interrumpirle sin el menor efecto.
- Lérida y Tarragona conquistadas por aragoneses… ¿Ha oído mayor estupidez? Lérida, la tierra del catalán occidental, del que procede el valenciano… Yo soy valenciano. Mi lengua materna es el catalán.
- Això sí que no ho puc creure -, salté irritado, mirando sus manos revolotear ante mi cara. El truco parecía no llegar nunca. – A València mai s’ha parlat el català.
- ¡Y me lo dice usted! ¡Un nativo de Sitges!
- Ni en Valencia ni en Tarragona ni el Lérida. Son territorios castellano parlantes de toda la vida. Con el Cid, sin el Cid, con Jaime el Conquistador, con Pere el Cerimoniós o sin ellos. De Historia estoy pelado, pero las evidencias son las evidencias.
- Pero, señor mío, ¡Fernando I de León cogió unas fiebres tifoideas en la Albufera de Valencia y regresó a León donde murió! ¡El Cid tomó Valencia más tarde, sí, pero los cristianos volvieron a perderla a su muerte!
- No se altere, por favor. ¿Me va a hacer el truco o no?
- ¿Qué truco? Yo no soy ningún ilusionista. He vuelto a la Biblioteca Nacional de Cataluña, y los mismos libros que hace dos días decían una cosa, ayer decían la contraria. Me he venido a Madrid a consultar los archivos castellanos, y reiteran esa fabulosa impostura. Cataluña no llega ni al Ebro. En Valencia se habla castellano con un curioso acento mozárabe, igual que en Mallorca. Fernando el Católico de Aragón casó a una hija suya con el Conde de Barcelona, y desde entonces Cataluña forma parte de España. ¡No puedo admitir que las cosas ocurrieran así! ¡Anteayer no era así! ¡Nunca ha sido así! ¡Impostura! ¡Manipulación!
De un salto, corrió hacia la falsa selva y se perdió entre los bananos y el cañaveral, gritando como un poseso.
Entonces solté la carcajada que había estado aguantando durante los últimos minutos.
Pero al serenarme, me quedé pensativo.
Algo no casaba.
¿Cómo era posible que el ilusionista y al parecer profesor de instituto Pere el Cerimoniós hubiera ratificado aquel delirio suyo en la Biblioteca Nacional de Cataluña y también en la Nacional de Madrid?
Ignoro quién fue Fernando I. Pero lo primero que haré al volver a casa será asegurarme de que en Lérida y en Tarragona se sigue hablando catalán.
Mira que si el tipo no ha soñado nada, y todo ha cambiado sin que nadie, salvo él y yo, nos hayamos enterado…


jueves, 8 de mayo de 2008

Rectificación a mí mismo

En la entrada de ayer sobre "Los Acontecimentos del 68" hice una referencia denigratoria a un suplemento dominical de ABC (27 de abril) que dedicaba varios artículos a aquello. Cometí una osadía frecuente entre periodistas (causa de nuestra mala fama) que fue no tener ante mis ojos el elemento que estaba criticando.
Luego de colgada la entrada, lo busqué, y al releerlo me di cuenta de la injusticia que había cometido. Salvo un largo artículo firmado por un escritor (tenía que ser escritor), que es un rollete prescindible, todo lo demás es interesante. Empieza con un texto de Juan Pedro Quiñonero, muy documentado y ponderado. Luego hay tres cortos artícuos dedicados al 68 estadounidense, al checo, y a Méjico, donde se produjo la matanza de la plaza de Tlatelolco, también de estudiantes. Nos saltamos el del escritor y nos encontramos con una sugestiva entrevista con Agustín García Calvo. Sigue una referencia a la atribución al Mayo 68 de la supuesta decadencia moral de occidente, eje de la campaña de Sarkozi, y la réplica que le hizo el venerable pero juvenil Cohn Bendit. Una doble página con una recreación fotográfica de las pinturas en los muros y una pequeña cronología de los Acontecimentos . Un artículo sobre el 68 gallego, donde su autor asegura que los que hoy mandan en aquellos pagos célticos proceden del 68 internacional. Unas crónicas de la época firmadas por el corresponsal de ABC, José Julio Perlado, donde se habla de "jornadas de violencia", que vistas en perspectiva son una confirmación de la mala opinión de García Calvo sobre los "Medios de Formación". Y un artículo de Valentí Puig que debió ser el que se me quedó en la memoria, porque lo que se saca en limpio después de leerlo es que Mayo del 68 fue una "fiesta para niños mimados" y una educación sentimental para privilegiados. Ambas cosas no son ciertas, o al menos no las veo yo así.
Yo visité París en julio de 1968. Tenía familia en una de las banlieu o ciudades del extrarradio. Apenas hablaba francés y muy poco inglés, y me entendía muy mal con los jóvenes de la época, pero la sensación que obtuve de aquel viaje en autostop por Europa fue que vivía en un mundo amable, solícito, casi generoso. Tanto por parte de los jóvenes como de los adultos conservadores. Mis tíos se empeñaron en pagarme el viaje de París a Bruselas en tren, porque temían que me pasara algo. El resto del recorrido lo hice en autostop con escasos incidentes.
Hasta la mili, hice varios viajes en autostop por Europa y por España, casi todos en compañía de amigos o de mi hermano. Yo pensaba que aquella posibilidad no cambiaría, que era yo el que , con la edad y mi establecimento en la sociedad me iba haciendo perezoso o comodón. Pero lo cierto es que hoy no se puede hacer austop, nadie sensato lo hace, sólo se ven por las carreteras secundarias a algunos desarraigados. Eso es uno de los fracasos del 68, y no porque los privilegiados que se educaron sentimentalmente en él se equivocaran de doctrina, sino porque no hemos sabido (o nonos hemos atrevido a) aplicarla. Porque el Dinero, según García Calvo, el Sistema o el Capitalismo, da igual el nombre, han sustituído inteligentemente aquel entramado obsoleto que dinamitaron los estudiantes del mundo entero en 1968, y nos tiene a todos envenenados con el mercado pletórico, el consumo. Las prácticas de cooperación, de altruismo, de lucha por la paz, de oposición a la violencia militarista, han sido secuestradas por políticos profesionales, por demagogos estilo Zapatero, que sólo engañan a los jóvenes que todavía no se han enterado de lo que vivieron sus padres o sus abuelos (también se implicaron adultos en el 68).
Acabo con una referencia a El Espíritu del Mayo del 68, un artículo publicado en ABC también el 27 de abril, firmado por Guy Sorman. De todos los mencionados es el más nítido, el más optimista. Mayo del 68 acabó con un sistema donde la jerarquía y el orden eran indiscutibles, y abrió una nueva época, viene a decir. Una nueva época que está necesitando como agua de mayo, otro Mayo semejante, que ajuste la medida de la globalización a las dimensiones de los seres humanos y no de las multinacionales.